Aplazar el Alca

Domingo Alberto Rangel

junio 2003

 

Quizás tenga razón el comandante Chávez cuando sugiere aplazar las
negociaciones que conducirían al Tratado Libre Comercio de las Américas
(Alca). Nada en el firmamento mundial o continental permite suponer que
existan condiciones para llegar a acuerdos positivos con los Estados
Unidos. La guerra del Irak, el giro de soberbia agresiva, el chovinismo
recalcitrante, todo en la política de los Estados Unidos induce a pensar
que América Latina nada conseguiría o conseguiría concesiones bien
magras en toda negociación enderezada hoy a la firma del aludido tratado.
Los Estados Unidos no sólo atraviesan una etapa de arrogancia imperial
sólo comparable con la de Roma cuando lo Césares rayaban en el apogeo.
Estados Unidos tienden a atricherarse en un proteccionismo incompatible
con un tratado de libre comercio. La administración Bush es la apoteosis
de ese espíritu imperial no sólo en lo político y militar, también en
lo económico. Desde hace años, aún antes del advenimiento del presente
gobierno, tanto en el Congreso como en el Poder Ejecutivo, las esferas
dirigentes de Washington marcaban una tendencia abultada hacia el
proteccionismo. Por paradoja que como la luna tiene su cara oculta, en este
caso el cinismo, los Estados Unidos acentuaban su proteccionismo
mientras sus mandatarios encomiaban el espíritu creador del libre cambio. La
hipocresía contribuye también a empedrar el camino del infierno aunque
Satanás, sabio por viejo, sabe reír de estas tretas.

El proteccionismo agrícola

Hay algo sintomático. Los Estados Unidos vienen recargando los
aranceles o acordando subsidios a productos agrícolas en los cuales tuvieron
ventajas comparadas desde los días en que todavía eran colonia británica.
El trigo, producto emblemático, al cual se le rinde tributo indirecto
en el "Thansgiving Day" que conmemora la primera cosecha recogida por
los "Pilgrim Fathers" en la América del Norte, ha sido objeto de medidas
de protección indirecta al acordar el gobierno federal un subsidio a
los "farmers" que lo cultivan. Medidas semejantes han sido otorgadas a
las naranjas y a la soya. Casi cuatrocientos mil millones de dólares,
cerca de cuatro veces el Producto Interno Bruto de Venezuela costarán al
fisco norteamericano estos subsidios. Es obvio que Argentina y el
Uruguay en nuestra América no quieran o no les convenga discutir un tratado
de libre comercio en el cual Estados Unidos crea para los productos
agrícolas que podrían exportar ambos países una situación de acceso muy
limitado a su mercado. Las pampas uruguayas y argentinas tendrían en un
régimen de libre comercio auténtico la posibilidad de penetrar el mercado
norteamericano, pero la política de subsidios adelantada por el
gobierno de Washignton les cierra el camino. Lo mismo pudiera decirse de las
naranjas y la soya, también subsidiadas por Estados Unidos, rubros en
los cuales el país competidor sería el Brasil.

Una creciente incompetencia


Parece que la economía norteamericana adoleciera de una creciente
incompetencia en la esfera de la producción material. Es una de las razones
por las cuales una cierta parte de la producción industrial
norteamericana se está haciendo, a través de las máquinas en México, Guatemala, El
Salvador y Honduras. Está naciendo o ha nacido ya un sistema productivo
para la industria que inicia sus actividades en México o Centroamérica
para culminarlas en los Estados Unidos. En industrias como la
electrónica muchos componentes se fabrican en las áreas mencionadas y sólo la
etapa final se cumple en los Estados Unidos. Tal mudanza geográfica de la
producción se explica por razones de costos. Influyen también los
adelantos en las comunicaciones que permiten hoy dirigir desde California
una fábrica ubicada en Honduras, pero si no mediara un factor de costos
ese desplazamiento hacia el exterior resultaría imposible. Todo este
horizonte impone a los Estados Unidos una cierta prudencia en sus
relaciones con América Latina. Ha habido dos cambios en nuestra posición.
Tenemos una agricultura que no es ya la tradicional del cacao, el café, el
azúcar y el añil. Y potentes industrias manufactureras. Hay un síntoma
sobre la progresiva incompetencia norteamericana. Hace días el gobierno
federal de Washington acordó elevar los aranceles del algodón porque
ese producto, de procedencia brasileña y africana, estaba rebosando el
mercado norteamericano. El algodón "King Cotton", fue el producto
característico de la economía norteameriana durante siglos con el "King
Tobacco", pero hoy sería arrollado por sus competidores lo cual ha impuesto
en su favor unas medidas proteccionistas, ayer inverosímiles.

La única propuesta


América Latina debiera, ante estas circunstancias, proponer la
postergación de los plazos adoptados para la discución y aprobación del Alca.
Estados Unidos tiene una estrategia clara. Blindarse adoptando ahora
medidas proteccionistas (aranceles, subsidios, etc.) para crear así una
situación de facto que coloque el proceso de negociaciones en el terreno
más favorable a sus intereses. Así se evita hacer concesiones, o estas
-las inevitables- serían las mínimas o poco menos, salvaguardados así
sus intereses en las órbitas críticas, el terreno quedaría ya despejado
para alcanzar todas las ventajas en las áreas donde su economía sea más
eficiente. Este esquema sólo puede romperlo América Latina con una
fórmula bien simple. Proponer el libre cambio, "laissez faire", más
absoluto. Sería lo adecuado para nosotros. En la agricultura aventajamos hoy a
los gringos. Si mediare una libertad absoluta o completa de comercio,
las naranjas del Brasil, el trigo de la Argentina y la soya del Brasil
arrollarían a los de Estados Unidos y en la industria ocurriría casi lo
mismo. Sólo en las industrias de punta tendrían ventaja los
norteamericanos, pero en ellas todo lo que se importe sería beneficioso para
nosotros, estaríamos importando progreso técnico.



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