EEUU, fábrica de armas y mentiras
Eduardo Galeano
El Mundo - www.Rebelión.org
19 de agosto del 2003
Las bombas inteligentes, que tan burras parecen, son las que más
saben. Ellas han revelado la verdad de la invasión. Mientras
Rumsfeld decía: «Estos son bombardeos humanitarios»,
las bombas destripaban niños y arrasaban mercados callejeros.
El país que más armas y más mentiras fabrica en
el mundo desprecia el dolor de los demás. «Nosotros no
contamos a los muertos», contestó el general Franks, cuando
alguien le preguntó sobre los daños colaterales, como
se llaman a los civiles que vuelan en pedazos sin comerlo ni beberlo.
Babilonia, la ramera del Antiguo Testamento, merece este castigo. Por
sus muchos pecados y por su mucho petróleo.
Los invasores buscan las armas de destrucción masiva que ellos
habían vendido, cuando el enemigo era amigo, al dictador de Irak,
y que han sido el principal pretexto de la invasión. Hasta ahora,
que se sepa, no han encontrado más que armas de museo, en muy
desigual combate.
Pero, ¿son armas de construcción masiva los misiles gigantes
que ellos disparan? Los invasores tienen a la vista las armas tóxicas
y las armas prohibidas: las están usando. El uranio empobrecido
envenena la tierra y el aire y los racimos de acero de las bombas de
fragmentación matan o mutilan en un área que va mucho
más allá de sus blancos.
En 1983, cuando los marines se apoderaron de la isla de Granada, la
asamblea de las Naciones Unidas condenó, por abrumadora mayoría,
la invasión. El presidente Reagan, respetuoso, comentó:
«Esto no ha perturbado para nada mi desayuno».
Seis años después, fue el turno de Panamá. Los
libertadores bombardearon los barrios más pobres, fulminaron
a miles de civiles -reducidos a 560 en la cifra oficial-, y eligieron
al nuevo presidente del país en la base militar de Fort Clayton.
El Consejo de Seguridad, casi por unanimidad, se pronunció en
contra. Estados Unidos vetó la resolución, y se puso a
trabajar en sus invasiones siguientes.
Las Naciones Unidas aplaudieron esas invasiones siguientes, o silbaron
y miraron para otro lado. Y fueron las mismas Naciones Unidas las que
decretaron el embargo internacional contra Irak, que asesinó
a mucha más gente que la guerra de Bush padre: más de
medio millón de niños muertos, a confesión de parte,
por falta de medicinas y alimentos.
Pero ahora, oh, sorpresa, las Naciones Unidas se han negado a acompañar
la nueva carnicería de Bush hijo. Para evitar que en las próximas
guerras se repita este episodio de mala conducta, me temo, no habrá
más remedio que contar los votos del Consejo de Seguridad en
el Estado de Florida.
No habían aparecido los primeros misiles en los cielos de Irak
cuando ya se había cocinado el Gobierno de ocupación,
democrático Gobierno, íntegramente formado por militares
de Estados Unidos; y ya se estaba haciendo el reparto de los despojos
del vencido.Todavía se sigue disputando el botín, que
no es moco de pavo: los fabulosos yacimientos de oro negro, el gran
negocio de la reconstrucción de lo que la invasión destruye...
Las empresas agraciadas celebran sus conquistas en las pizarras de
la Bolsa de Nueva York. Allí está el mejor noticiero de
la guerra. Los índices bailan al son de la carnicería
humana.
En 1935, el general Smedley Butler había resumido así
sus tres décadas de trabajo como oficial de marines: «Yo
fui un pistolero del capitalismo». Y había dicho que él
podía dar algunos consejos a Al Capone, porque los marines operaban
en tres continentes mientras el legendario mafioso actuaba nada más
que en tres distritos de una misma ciudad.
Y a mí qué tajada me va a tocar, se preguntan algunos
miembros de la coalición. Pero, ¿qué coalición?
Los cómplices de esta misión libertadora, que son 40,
como en el cuento de Alí Babá, integran un coro donde
abundan los violadores de los derechos humanos y las dictaduras lisas
y llanas. ¿Y desde dónde se ha lanzado la cruzada? ¿
Dónde están ubicadas las bases militares de Estados Unidos?
Basta con echar una ojeada al mapa: esas monarquías petroleras,
inventadas por las potencias coloniales, se parecen tanto a la democracia
como Bush se parece a Gandhi.
Es una alianza de dos. Uno que crece, el imperio de hoy, y otro que
encoge, el imperio de ayer. Los demás sirven el café y
esperan la propina.
Esta alianza de dos por la libertad del petróleo, que Irak nacionalizó,
no tiene nada de nuevo.
En 1953, cuando Irán anunció la nacionalización
del petróleo, Washington y Londres respondieron organizando juntos
un golpe de Estado. El mundo libre amenazado hizo correr la sangre y
el sha Pahlevi, estrella de las revistas del corazón, se convirtió
en el carcelero de Irán durante un cuarto de siglo.
En 1965, cuando Indonesia anunció la nacionalización
del petróleo, Washington y Londres también respondieron
organizando, juntos, un golpe de Estado. El mundo libre amenazado instaló
la dictadura del general Suharto sobre una montaña de muertos.
Medio millón, según los cálculos que más
cortos se quedan. De cada árbol colgaba un ahorcado. Todos comunistas,
aclaraba Suharto.
El siguió matando. Le quedó el tic. En 1975, pocas horas
después de una visita del presidente Gerald Ford, invadió
Timor Oriental y asesinó a la tercera parte de la población.
En 1991 mató, allí, a unos cuantos miles más. Diez
resoluciones de las Naciones Unidas obligaban a Suharto a retirarse
de Timor Oriental «sin demora».El, siempre sordo. A nadie
se le ocurrió bombardearlo por eso, ni las Naciones Unidas le
decretaron ningún embargo universal.
En 1994, John Pilger visitó Timor Oriental. Mirara donde mirara,
campos, montañas, caminos, veía cruces. La isla, toda
llena de cruces, era un gran cementerio. De esas matanzas, nadie se
había enterado.
El año pasado, Ana Luisa Valdés estuvo en Yenín,
uno de los campos de refugiados palestinos bombardeados por Israel.
Ella vio un inmenso agujero, lleno de muertos bajo los escombros. El
agujero de Yenín tenía el mismo tamaño que el de
las Torres Gemelas de Nueva York. Pero, ¿cuántos lo veían,
además de los sobrevivientes que revolvían los escombros
buscando a los suyos?
Las tragedias conmueven al mundo en proporción directa a la
publicidad que tienen.
Hay periodistas honestos, que cuentan la guerra de Irak tal como la
ven. Algunos lo han pagado con la vida. Pero hay periodistas disfrazados
de soldados, que más bien parecen soldados disfrazados de periodistas,
que ofrecen versiones adaptadas al paladar de las grandes cadenas de
la desinformación globalizada.
¿Matanzas en los mercados llenos de gente? Fueron bombas iraquíes.¿Civiles
muertos? Escudos humanos que usa el dictador. ¿Ciudades sitiadas,
sin agua ni comida? La invasión es una misión humanitaria.¿Resistieron
algunas ciudades mucho más de lo previsto? En la tele, se han
rendido todos los días.
Los invasores son héroes. Los invadidos que les hacen frente
son instrumentos de la tiranía: los acusan de defenderse.
La mayoría de los estadounidenses está convencida de
que Sadam Husein derribó las torres de Nueva York. Esa misma
mayoría también cree que su presidente hace lo que hace
por el bien de la humanidad y por inspiración divina. Los medios
masivos venden certezas, y las certezas no necesitan pruebas. Pero el
mundo está harto de que una vez más lo obliguen a tragarse,
cada día, los sapos de ese menú.
El país dedicado a bombardear a los demás países,
que desde hace años viene infligiendo al planeta una incontable
cantidad de 11 de Septiembres, ha proclamado la III Guerra Mundial infinita.
El presidente, que no fue a Vietnam gracias a papá, y que sólo
conoce las guerras de Hollywood, manda matar y manda morir.
No en nuestro nombre, claman los familiares de las víctimas
de las torres. No en nuestro nombre, clama la humanidad. No en mi nombre,
clama Dios.
* Eduardo Galeano es escritor y periodista uruguayo, autor, entre otros
libros, de Las venas abiertas de América Latina y Memorial del
fuego.
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