Costa Rica en la mira del militarismo de
Bush
José Merino del Río
Agosto del 2003
Un grupo de prestigiosos intelectuales y artistas estadounidenses acaba
de hacer un llamamiento invitando a la población de los Estados
Unidos a resistir frente a la guerra y a la agresión desatadas
por la administración Bush tras los terribles acontecimientos
del 11 de septiembre del 2001. Los responsables de los servicios de
seguridad dibujan diariamente a los norteamericanos una realidad de
amenazas terribles y casi inevitables, sin duda para tratar de justificar
la locura militarista que se ha apoderado de un gobierno controlado
por la rama más ultraconservadora de la política y de
los negocios estadounidenses.
Lo que Bush califica como "lucha titánica contra el terrorismo"
se ha convertido prácticamente en el único tema de su
presidencia. Su última medida, además de la licencia concedida
a la CIA para acabar con políticos extranjeros, ha sido el anuncio
de la creación de un megaministerio de seguridad con 170 mil
empleados y 37.000 millones de dólares de presupuesto. La militarización
de todas las fuerzas de seguridad y de policía, y la supresión
de importantes derechos civiles, hace temer a muchos norteamericanos
el regreso a los años infames del macartismo, ahora con los Estados
Unidos convertido en la única superpotencia y el señor
Bush dotado de poderes imperiales que le permiten con su sola firma
definir como "terrorista" a un país o a un grupo de
personas, y someterlos, en consecuencia, a los más terribles
castigos. El reino de la arbitrariedad, como denuncian los estadounidenses
que no tienen miedo, amenaza así con convertirse en la nueva
legislación local y global, paradójicamente de la mano
de un presidente que ocupa el sillón de Lincoln tras unas elecciones
calificadas por muchos de fraudulentas.
Es en este contexto que los costarricenses hemos recibido la noticia
de que los gobiernos de Estados Unidos y de Costa Rica firmaron el pasado
6 de mayo un convenio para establecer una Escuela Internacional de Policía
en nuestro país, dirigida por los estadounidenses, para adiestrar
a las fuerzas del orden de la región en la lucha contra el terrorismo
y el narcotráfico.
Lo primero que habría que decir es que al país no se
le está hablando con la verdad. Después de su visita a
Washington , el presidente Pacheco dio a entender que la idea de la
Escuela de Policía se le había ocurrido al presidente
Bush casi en el curso de la entrevista conjunta. Pero resulta que todo
venía bien cocinado desde la administración Rodríguez.
Es posible que en este caso, como en los de corrupción que sacuden
al gobierno anterior, don Abel Pacheco no haya sido suficientemente
informado, y algunos de sus colaboradores le quieran heredar las "tortas"
de la infausta administración Rodríguez; no es casual
que dos altos funcionarios del anterior gobierno que siguen con don
Abel , el ministro de Seguridad, Rogelio Ramos, y el embajador en Washington,
Jaime Daremblun, hayan llevado el peso de "las negociaciones"
y se hayan apresurado a convencer al presidente Pacheco de las bondades
de la firma del convenio, hasta el extremo de que sin estar siquiera
informada la Asamblea Legislativa, que debe ratificar o no el convenio
de marras, el ministro Ramos ya tiene el terreno donde se instalaría
la escuelita y hasta tiene pensado hablar con el Colegio de Licenciados
y Profesores para que se permita a los alumnos-gendarmes a retozar en
el centro de recreación de ese gremio nacional.
Sabemos ahora, también, que el gobierno de los Estados Unidos
pensó originalmente en instalar la escuela policial en Panamá,
pero desistió por "razones políticas", según
admitió un funcionario de la embajada de los Estados Unidos en
San José, que agregó que al final se decidieron por Costa
Rica por la "estabilidad democrática" de nuestro país.
En Panamá funcionó de 1946 a 1984 la Escuela de las Américas.
Por ahí pasaron y se graduaron más de 60.000 militares
y policías de América Latina, responsables, en su gran
mayoría, de las atrocidades y crímenes cometidos contra
nuestros pueblos. El Pentágono fue obligado a publicar los manuales
de entrenamiento utilizados en la escuela, en los que se abogaba por
el uso de la tortura, de la extorsión y de la ejecución.
Esa escuela de dictadores-por ahí pasaron Noriega, Banzer, los
que derrocaron a Allende y mataron a monseñor Romero--, torturadores
y asesinos, fue trasladada a Fort Benning, en Georgia, hasta que la
Cámara de Representantes votó por el cierre de la escuela
en 1999. Sin embargo, un comité de la Cámara y del Senado
votó finalmente por mantenerla abierta, siempre que la escuela
cambiara de nombre. Para exorcizar el templo de víctimas y de
verdugos, se le puso entonces el piadoso nombre de Instituto de Cooperación
en la Seguridad del Hemisferio Occidental.
Probablemente es una sucursal de ese "instituto" lo que se
quiere instalar en Costa Rica. El funcionario de la embajada de los
Estados Unidos en San José, Vance Stacy, admitió en declaraciones
publicadas el pasado 26 de junio por el periódico La República,
que "mundialmente hay países en que las fuerzas armadas
tienen funciones policiales, por esa razón no podemos decir que
no habrá militares". No hacían falta tampoco esas
declaraciones, para saber que en esa guerra que Bush le ha declarado
al terrorismo, y que dice que puede durar "una generación",
la frontera entre lo militar y lo policial ha desaparecido.
Costa Rica está así ante un enorme desafío. Conservar
su tradición de país civilista, sin ejército y
amante de la paz , o dejarse empujar y subirse al carro de la locura
represiva y belicista de los ultras que están hoy en la Casa
Blanca. Como dramáticamente nos dicen esos intelectuales y artistas
estadounidenses que acaban de alzar la voz contra la guerra y por la
paz: "Debemos tomarnos muy en serio a los gobernantes cuando hablan
de una guerra que durará una generación y cuando hablan
de un nuevo orden. Nos hallamos frente a una nueva política imperial
hacia el mundo y una política interior que genera y manipula
el miedo para limitar los derechos". Costa Rica no debe ser cómplice
de esa política del miedo y de la guerra. Nuestro camino no es
el de Bush. La violencia y el terrorismo no serán nunca erradicados
incrementando las máquinas de guerra y de represión. Es
una afrenta para el único país de América que abolió
el ejército, que se pretenda alquilar su territorio para entrenar
a quienes son responsables de tanto dolor y de tanta muerte.
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