Nuestra
América
José Martí, Cuba 1853-1895
México, 30 de enero de 1891
Cree el aldeano vanidoso que el mundo entero es su aldea, y con tal
que él quede de alcalde, o le mortifiquen al rival que le quitó
la novia, o le crezcan en la alcancía los ahorros, ya da por
bueno el orden universal, sin saber de los gigantes que llevan siete
leguas en las botas y le pueden poner la bota encima, ni de la pelea
de los cometas en el cielo, que van por el aire dormido engullendo mundos.
Lo que quede de aldea en América ha de despertar. Estos tiempos
no son para acostarse con el pañuelo a la cabeza, sino con las
armas de almohada, como los varones de Juan de Castellanos; las armas
del juicio, que vencen a las otras. Trincheras de ideas valen más
que trincheras de piedra.
No hay proa que taje una nube de ideas. Una idea enérgica, flameada
a tiempo ante el mundo, para, como la bandera mística del juicio
final, a un escuadrón de acorazados. Los pueblos que no se conocen
han de darse prisa para conocerse, como quienes van a pelear juntos.
Los que se enseñan los puños, como hermanos celosos, que
quieren los dos la misma tierra, o el de casa chica, que le tiene envidia
al de casa mejor, han de encajar, de modo que sean una, las dos manos.
Los que, al amparo de una tradición criminal, cercenaron, con
el sable tinto en la sangre de sus mismas venas, la tierra del hermano
vencido, del hermano castigado más allá de sus culpas,
si no quieren que los llame el pueblo ladrones, devuélvanle sus
tierras al hermano. Las deudas de honor no las cobra el honrado en dinero,
a tanto por la bofetada. Ya no podemos ser el pueblo de hojas, que vive
en el aire, con la copa cargada de flor, restallando o zumbando, según
la acaricie el capricho de la luz, o la tundan y talen las tempestades;
¡los árboles se han de poner en fila, para que no pase
el gigante de las siete leguas! Es la hora del recuento, y de la marcha
unida, y hemos de andar en cuadro apretado, como la plata en las raíces
de los Andes.
* * *
A los sietemesinos sólo les faltará el valor. Los que
no tienen fe en su tierra son hombres de siete meses. Porque les falta
el valor a ellos, se lo niegan a los demás. No les alcanza el
árbol difícil el brazo canijo, el brazo de uñas
pintadas y pulsera, el brazo de Madrid o de París, y dicen que
no se puede alcanzar el árbol. Hay que cargar los barcos de esos
insectos dañinos, que le roen el hueso a la patria que nos nutre.
Si son parisienses o madrileños, vayan al Prado, de faroles,
o vayan al Tortoni, de sorbetes. ¡Estos hijos de carpintero, que
se avergüenzan de que su padre sea carpintero! ¡Esos nacidos
en América, que se avergüenzan, porque llevan delantal indio,
de la madre que los crió, y reniegan, ¡bribones!, de la
madre enferma y la dejan sola en el lecho de las enfermedades! Pues,
¿quién es el hombre?, ¿el que se queda con la madre,
a curarle la enfermedad, o el que la pone a trabajar donde no la vean,
y vive de su sustento en las tierras podridas, con el gusano de corbata,
maldiciendo del seno que lo cargó, paseando el letrero de traidor
en la espalda de la casaca de papel? ¡Estos hijos de nuestra América,
que ha de salvarse con sus indios, y va de menos a más; estos
desertores que piden fusil en los ejércitos de la América
del Norte, que ahoga en sangre a sus indios, y va de más a menos!
¡Estos delicados, que son hombres y no quieren hacer el trabajo
de hombres! Pues el Washington que les hizo esta tierra ¿se fue
a vivir con los ingleses, a vivir con los ingleses en los años
en que los veía venir contra su tierra propia? ¡Estos "increíbles"
del honor, que lo arrastran por el suelo extranjero, como los increíbles
de la Revolución Francesa, danzando y relamiéndose, arrastraban
las erres!
* * *
Ni, ¿en qué patria puede tener un hombre más orgullo
que en nuestras repúblicas dolorosas de América, levantadas
entre las masas mudas de indios, al ruido de pelea del libro con el
cirial, sobre los brazos sangrientos de un centenar de apóstoles?
De factores tan descompuestos, jamás, en menos tiempo histórico,
se han creado naciones tan adelantadas y compactas. Cree el soberbio
que la tierra fue hecha para servirle de pedestal, porque tiene la pluma
fácil o la palabra de colores, y acusa de incapaz e irremediable
a su república nativa, porque no le dan sus selvas nuevas modo
continuo de ir por el mundo de gamonal famoso, guiando jacas de Persia
y derramando champaña. La incapacidad no está en el país
naciente, que pide formas que se le acomoden y grandeza útil,
sino en los que quieren regir pueblos originales, de composición
singular y violenta, con leyes heredadas de cuatro siglos de práctica
libre en los Estados Unidos, de diecinueve siglos de monarquía
en Francia. Con un decreto de Hamilton no se le para la pechada al potro
del llanero. Con una frase de Sieyés no se desestanca la sangre
cuajada de la raza india. A lo que es, allí donde se gobierna,
hay que atender para gobernar bien; y el buen gobernante en América
no es el que sabe cómo se gobierna el alemán o el francés,
sino el que sabe con qué elementos está hecho su país,
y cómo puede ir guiándolos en junto, para llegar, por
métodos e instituciones nacidas del país mismo, a aquel
estado apetecible donde cada hombre se conoce y ejerce, y disfrutan
todos de la abundancia que la Naturaleza puso para todos en el pueblo
que fecundan con su trabajo y defienden con sus vidas. El gobierno ha
de nacer del país, El espíritu del gobierno ha de ser
del país. La forma del gobierno ha de avenirse a la constitución
propia del país. El gobierno no es más que el equilibrio
de los elementos naturales del país.
Por eso el libro importado ha sido vencido en América por el
hombre natural. Los hombres naturales han vencido a los letrados artificiales.
El mestizo autóctono ha vencido al criollo exótico. No
hay batalla entre la civilización y la barbarie, sino entre la
falsa erudición y la naturaleza. El hombre natural es bueno,
y acata y premia la inteligencia superior, mientras ésta no se
vale de su sumisión para dañarle, o le ofende prescindiendo
de él, que es cosa que no perdona el hombre natural, dispuesto
a recobrar por la fuerza el respeto de quien le hiere la susceptibilidad
o le perjudica el interés. Por esta conformidad con los elementos
naturales desdeñados han subido los tiranos de América
al poder; y han caído en cuanto les hicieron traición.
Las repúblicas han purgado en las tiranías su incapacidad
para conocer los elementos verdaderos del país, derivar de ellos
la forma de gobierno y gobernar con ellos. Gobernante, en un pueblo
nuevo, quiere decir creador.
En pueblos compuestos de elementos cultos e incultos, los incultos
gobernarán, por su hábito de agredir y resolver las dudas
con su mano, allí donde los cultos no aprendan el arte de gobierno.
La masa inculta es perezosa, y tímida en las cosas de la inteligencia,
y quiere que la gobiernen bien; pero si el gobierno le lastima, se lo
sacude y gobierna ella. ¿Cómo han de salir de las universidades
los gobernantes, si no hay universidad en América donde se enseñe
lo rudimentario del arte del gobierno, que es el análisis de
los elementos peculiares de los pueblos de América? A adivinar
salen los jóvenes al mundo, con antiparras yankees o francesas,
y aspiran a dirigir un pueblo que no conocen. En la carrera de la política
habría de negarse la entrada a los que desconocen los rudimentos
de la política. El premio de los certámenes no ha de ser
para la mejor oda, sino para el mejor estudio de los factores del país
en que se vive. En el periódico, en la cátedra, en la
academia, debe llevarse adelante el estudio de los factores reales del
país. Conocerlos basta, sin vendas ni ambajes; porque el que
pone de lado, por voluntad u olvido, una parte de la verdad, cae a la
larga por la verdad que le faltó, que crece en la negligencia,
y derriba lo que se levanta sin ella. Resolver el problema después
de conocer sus elementos, es más fácil que resolver el
problema sin conocerlos. Viene el hombre natural, indignado y fuerte,
y derriba la justicia acumulada de los libros, porque no se la administra
en acuerdo con las necesidades patentes del país. Conocer es
resolver. Conocer el país, y gobernarlo conforme al conocimiento,
es el único modo de librarlo de tiranías. La universidad
europea ha de ceder a la universidad americana. La historia de América,
de los incas para acá, ha de enseñarse al dedillo, aunque
no se enseñe la de los arcontes de Grecia. Nuestra Grecia es
preferible a la Grecia que no es nuestra. Nos es más necesaria.
Los políticos nacionales han de reemplazar a los políticos
exóticos. Injértese en nuestra república el mundo;
pero el tronco ha de ser el de nuestras repúblicas. Y calle el
pedante vencido; que no hay patria en que pueda tener el hombre más
orgullo que en nuestras dolorosas repúblicas americanas.
* * *
Con los pies en el rosario, la cabeza blanca y el cuerpo pinto de indio
y criollo, vinimos, denodados, al mundo de las naciones. Con el estandarte
de la vida salimos a la conquista de la libertad. Un cura, unos cuantos
tenientes y una mujer alzan en México la república, en
hombros de los indios. Un canónigo español, a la sombra
de su capa, instruye en la libertad francesa a unos cuantos bachilleres
magníficos, que ponen de jefe de Centro América contra
España al general de España. Con los hábitos monárquicos,
y el Sol por pecho, se echaron a levantar pueblos los venezolanos por
el Norte y los argentinos por el Sur. Cuando los dos héroes chocaron,
y el continente iba a temblar, uno, que no fue el menos grande, volvió
riendas. Y como el heroísmo en la paz es más escaso, porque
es menos glorioso que el de la guerra; como al hombre le es más
fácil morir con honra que pensar con orden; como gobernar con
los sentimientos exaltados y unánimes es más hacedero
que dirigir, después de la pelea, los pensamientos diversos,
arrogantes, exóticos o ambiciosos; como los poderes arrollados
en la remetida épica zapaban, con la cautela felina de la especie
y el peso de lo real, el edificio que había izado, en las comarcas
burdas y singulares de nuestra América mestiza, en los pueblos
de pierna desnuda y casaca de París, la bandera de los pueblos
nutridos de savia gobernante en la práctica continua de la razón
y de la libertad; como la constitución jerárquica de las
colonias resistía la organización democrática de
la República, o las capitales de corbatín dejaban en el
zaguán al campo de bota-de-potro, o los redentores biblógenos
no entendieron que la revolución que triunfó con el alma
de la tierra, desatada a la voz del salvador, con el alma de la tierra
había de gobernar, y no contra ella ni sin ella, entró
a padecer América, y padece, de la fatiga de acomodación
entre los elementos discordantes y hostiles que heredó de un
colonizador despótico y avieso, y las ideas y formas importadas
que han venido retardando, por su falta de realidad local, el gobierno
lógico. El continente descoyuntado durante tres siglos por un
mando que negaba el derecho del hombre al ejercicio de su razón,
entró, desatendiendo o desoyendo a los ignorantes que lo habían
ayudado a redimirse, en un gobierno que tenía por base la razón;
la razón de todos en las cosas de todos, y no la razón
universitaria de uno sobre la razón campestre de otros. El problema
de la independencia no era el cambio de formas, sino el cambio de espíritu.
Con los oprimidos había que hacer causa común, para afianzar
el sistema opuesto a los intereses y hábitos de mando de los
opresores. El tigre, espantado del fogonazo, vuelve de noche al lugar
de la presa. Muere echando llamas por los ojos y con las zarpas al aire.
No se le oye venir, sino que viene con zarpas de terciopelo. Cuando
la presa despierta, tiene el tigre encima. La colonia continuó
viviendo en la república; y nuestra América se está
salvando de sus grandes yerros de la soberbia de las ciudades
capitales, del triunfo ciego de los campesinos desdeñados, de
la importación excesiva de las ideas y fórmulas ajenas,
del desdén inicuo e impolítico de la raza aborigen
por la virtud superior, abonada con sangre necesaria, de la república
que lucha contra la colonia. El tigre espera, detrás de cada
árbol, acurrucado en cada esquina. Morirá con las zarpas
al aire, echando llamas por los ojos.
* * *
Pero "estos países se salvarán", como anunció
Rivadavia el argentino, el que pecó de finura en tiempos crudos;
al machete no le va vaina de seda, ni en el país que se ganó
con lanzón se puede echar el lanzón atrás, porque
se enoja, y se pone a la puerta del Congreso de Iturbide "a que
le hagan emperador al rubio". Estos países se salvarán,
porque, con el genio de la moderación que parece imperar, por
la armonía serena de la Naturaleza, en el continente de la luz,
y por el influjo de la lectura crítica que ha sucedido en Europa
a la lectura de tanteo y falansterio en que se empapó la generación
anterior, le está naciendo a América, en estos tiempos,
el hombre real.
Eramos una visión, con el pecho de atleta, las manos de petimetre
y la frente de niño. Eramos una máscara, con los calzones
de Inglaterra, el chaleco parisiense, el chaquetón de Norte América
y la montera de España. El indio, mudo, nos daba vueltas alrededor,
y se iba al monte, a la cumbre del monte, a bautizar sus hijos. El negro,
oteado, cantaba en la noche la música de su corazón, solo
y desconocido, entre las olas y las fieras. El campesino, el creador,
se revolvía, ciego de indignación, contra la ciudad desdeñosa,
contra su criatura. Eramos charreteras y togas, en países que
venían al mundo con la alpargata en los pies y la vincha en la
cabeza. El genio hubiera estado en hermanar, con la caridad del corazón
y con el atrevimiento de los fundadores, la vincha y la toga; en desestancar
al indio; en ir haciendo lado al negro suficiente; en ajustar la libertad
al cuerpo de los que se alzaron y vencieron por ella. Nos quedó
el oidor, y el general, y el letrado, y el prebendado. La juventud angélica,
como de los brazos de un pulpo, echaba al Cielo, para caer con gloria
estéril, la cabeza, coronada de nubes. El pueblo natural, con
el empuje del instinto, arrollaba, ciego del triunfo, los bastones de
oro. Ni el libro europeo, ni el libro yankee, daban la clave del enigma
hispanoamericano. Se probó el odio, y los países venían
cada año a menos. Cansados del odio inútil, de la resistencia
del libro contra la lanza, de la razón contra el cirial, de la
ciudad contra el campo, del imperio imposible de las castas urbanas
divididas sobre la nación natural, tempestuosa o inerte, se empieza,
como sin saberlo, a probar el amor. Se ponen en pie los pueblos, y se
saludan, "¿Cómo somos?", se preguntan; y unos
a otros se van diciendo cómo son. Cuando aparece en Cojímar
un problema, no va a buscar la solución a Dantzig. Las levitas
son todavía de Francia, pero el pensamiento empieza a ser de
América. Los jóvenes de América se ponen la camisa
al codo, hunden las manos en la masa, y la levantan con la levadura
de su sudor. Entienden que se imita demasiado, y que la salvación
está en crear. Crear es la palabra de pase de esta generación.
El vino, de plátano; y si sale agrio, ¡es nuestro vino!
Se entiende que las formas de gobierno de un país han de acomodarse
a sus elementos naturales; que las ideas absolutas, para no caer por
un yerro de forma, han de ponerse en formas relativas; que la libertad,
para ser viable, tiene que ser sincera y plena; que si la república
no abre los brazos a todos y adelanta con todos, muere la república.
El tigre de adentro se entra por la hendija, y el tigre de afuera. El
general sujeta en la marcha la caballería al paso de los infantes.
O si deja a la zaga a los infantes, le envuelve el enemigo la caballería.
Estrategia es política. Los pueblos han de vivir criticándose,
porque la crítica es la salud; pero con un solo pecho y una sola
mente. ¡Bajarse hasta los infelices y alzarlos en los brazos!
¡Con el fuego del corazón deshelar la América coagulada!
¡Echar, bullendo y rebotando, por las venas, la sangre natural
del país! En pie, con los ojos alegres de los trabajadores, se
saludan, de un pueblo a otro, los hombres nuevos americanos. Surgen
los estadistas naturales del estudio directo de la Naturaleza. Leen
para aplicar, pero no para copiar. Los economistas estudian la dificultad
en sus orígenes. Los oradores empiezan a ser sobrios. Los dramaturgos
traen los caracteres nativos a la escena. Las academias discuten temas
viables. La poesía se corta la melena zorrillesca y cuelga del
árbol glorioso el chaleco colorado. La prosa, centelleante y
cernida, va cargada de ideas. Los gobernadores en las repúblicas
de indios, aprenden indio.
* * *
De todos sus peligros se va salvando América. Sobre algunas repúblicas
está durmiendo el pulpo. Otras, por la ley del equilibrio, se
echan a pie a la mar, a recobrar, con prisa loca y sublime, los siglos
perdidos. Otras, olvidando que Juárez paseaba en coche de mulas,
ponen coche de viento y de cochero a una bomba de jabón; el lujo
venenoso, enemigo de la libertad, pudre al hombre liviano y abre la
puerta al extranjero. Otras, acendran, con el espíritu épico
de la independencia amenazada, el carácter viril. Otras crían,
en la guerra rapaz contra el vecino, la soldadesca que puede devorarlas.
Pero otro peligro corre, acaso, nuestra América, que no le viene
de sí, sino de la diferencia de orígenes, métodos
e intereses entre los dos factores continentales, y es la hora próxima
en que se le acerque, demandando relaciones íntimas, un pueblo
emprendedor y pujante que la desconoce y la desdeña. Y como los
pueblos viriles, que se han hecho de sí propios, con la escopeta
y la ley, aman, a los pueblos viriles; como la hora del desenfreno y
la ambición, de que acaso se libre, por el predominio de lo más
puro de su sangre, la América del Norte, o en que pudieran lanzarla
sus masas vengativas y sórdidas, la tradición de conquista
y el interés de un caudillo hábil, no está tan
cercana aún a los ojos del más espantadizo, que no dé
tiempo a la prueba de altivez, continua y discreta, con que se la pudiera
encarar y desviarla; como su decoro de república pone a la América
del Norte, ante los pueblos atentos del Universo, un freno que no le
ha de quitar la provocación pueril o la arrogancia ostentosa,
o la discordia parricida de nuestra América, el deber urgente
de nuestra América es enseñarse como es, una en alma e
intento, vencedora veloz de un pasado sofocante, manchada sólo
con la sangre de abono que arranca a las manos la pelea con las ruinas,
y la de las venas que nos dejaron picadas nuestros dueños. El
desdén del vecino formidable, que no la conoce, es el peligro
mayor de nuestra América; y urge, porque el día de la
visita está próximo, que el vecino la conozca, para que
no la desdeñe. Por ignorancia llegaría, tal vez, a poner
en ella la codicia. Por el respeto, luego que la conociese, sacaría
de ella las manos. Se ha de tener fe en lo mejor del hombre y desconfiar
de lo peor de él. Hay que dar ocasión a lo mejor para
que se revele y prevalezca sobre lo peor. Si no, lo peor prevalece,
Los pueblos han de tener una picota para quien les azuza a odios inútiles;
y otra para quien no les dice a tiempo la verdad.
No hay odios de razas, porque no hay razas. Los pensadores canijos,
los pensadores de lámpara, enhebran y recalientan las razas de
librería, que el viajero justo y el observador cordial buscan
en vano en la justicia de la Naturaleza, donde resalta, en el amor victorioso
y el apetito turbulento, la identidad universal del hombre. El alma
emana, igual y eterna, de los cuerpos diversos en forma y en color.
Peca contra la Humanidad el que fomente y propague la oposición
y el odio de las razas. Pero en el amasijo de los pueblos se condensan,
en la cercanía de otros pueblos diversos, caracteres peculiares
y activos, de ideas y hábitos, de ensanche y adquisición,
de vanidad y de avaricia, que del estado latente de preocupaciones nacionales
pudieran, en un período de desorden interno o de precipitación
del carácter acumulado del país, trocarse en amenaza grave
para las tierras vecinas, aisladas y débiles, que el país
fuerte declara perecederas e inferiores. Pensar es servir. Ni ha de
suponerse, por antipatía, de aldea, una maldad ingénita
y fatal al pueblo rubio del continente, porque no habla nuestro idioma,
ni ve la casa como nosotros la vemos, ni se nos parece en sus lacras
políticas, que son diferentes de las nuestras; ni tiene en mucho
a los hombres biliosos y trigueños, ni mira caritativo, desde
su eminencia aún mal segura, a los que, con menos favor de la
Historia, suben a tramos heroicos la vía de las repúblicas;
ni se han de esconder los datos patentes del problema que puede resolverse,
para la paz de los siglos, con el estudio oportuno y la unión
tácita y urgente del alma continental. ¡Porque ya suena
el himno unánime; la generación actual lleva a cuestas,
por el camino abonado por los padres sublimes, la América trabajadora;
del Bravo a Magallanes, sentado en el lomo del cóndor, regó
el Gran Semí, por las naciones románticas del continente
y por las islas dolorosas del mar, la semilla de la América nueva!
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