El origen de la agitación socialAlvaro Montero MejíaComentario para Radio Santa Clara, San Carlos, Costa Rica 31 de agosto del 2004 El país entero se encuentra en un estado de intensa agitación social. Como dijimos la semana pasada, solo las personas superficiales se atreven a afirmar que la molestia demostrada por miles de agricultores, transportistas y empleados públicos, es el resultado de algunos agitadores que desean enfrentar las autoridades y crear zozobra y preocupación entre los productores o las comunidades. En ninguna parte del mundo y podemos incluso agregar, en ningún momento de la historia, un pequeño grupo de activistas o alborotadores pueden crear protestas o movilizaciones allí donde no existen justificadas razones para que el pueblo se lance a las calles. Por hábiles o inteligentes que sean algunos líderes, ningún ciudadano es conducido a una protesta si su conciencia no está impregnada de un sentimiento de enojo, de frustración o disconformidad por la situación prevaleciente. De modo que, para comenzar, es repudiable el argumento que le echa la culpa de las marchas o manifestaciones a “cuatro cabezas calientes o políticos frustrados que quieren llevar agua a su molino”. Los transportistas, taxistas, agricultores, servidores públicos o estudiantes que se han lanzado a las calles, lo hacen porque desde hace años los gobiernos no se ocupan de las preocupaciones de los pueblos. Lo hacen, porque están presenciado con sus propios ojos, que los gobiernos solo se ocupan de crearle ventajas a los grupos más favorecidos por la fortuna o a los vivos que desde tiempo atrás se metieron de cabeza con sus negocios en el aparato estatal y desde allí han logrado que muchas instituciones funcionen al servicio de sus grandes intereses. El pueblo no está ciego. El pueblo ha visto como se amarran los negocios, por ejemplo, recientemente, entre la CCSS y algunos proveedores de equipos o medicamentos; ha visto como algunas concesiones de obras o servicios públicos, como la revisión técnica o el aeropuerto Juan Santamaría, se realizan por medio de contratos movidos por contribuyentes de las campañas electorales o de las candidaturas de quienes hoy ocupan los puestos más altos de la jerarquía estatal. El pueblo ha visto como se crean monopolios, expresamente prohibidos por el art. 46 de la Constitución, ha visto como se desplaza a empresarios locales para entregarle la mesa servida a un monopolio extranjero. El pueblo ha visto como se ganan campañas electorales gracias a los oscuros y multimillonarios aportes sobre los que luego no se da ninguna explicación y con la mayor desfachatez los beneficiarios expresan que ignoran de donde provinieron. El pueblo ha visto como algunos tribunales de justicia se mueven al ritmo que les toquen los intereses económicos y las ambiciones desmedidas de políticos que intentan continuar con el poder en sus manos y desde allí consolidar su ya crecido poderío económico. El pueblo ha vista como ahora se intenta aprobar un TLC con los EEUU, haciendo entrega de un patrimonio económico, institucional y territorial, que solo le pertenece al mismo pueblo. ¿Qué quieren entonces? ¿Es que suponen que los pueblos no se cansan, que no se fatigan, que no se hartan de un engaño tras otro y que tienen como único destino continuar de rodillas? Hay otro argumento, empleado por los grupos gobernantes, no menos vulgar y descarado que el de los agitadores. Es el que afirma que son una minorías irresponsables las que ponen en peligro la paz social. Pues bien, supongamos por un momento que los que han salido a las calles no representan la totalidad de la población. Pero ahora preguntamos nosotros ¿No son acaso unos grupillos archi minoritarios, los que hacen negocios con las instituciones y los que han negociado el TLC en nombre de los millones de ciudadanos? ¿Quién nombró y autorizó a esos presumidos y arrogantes negociadores para entregarle a fuerzas extranjeras una gran parte del patrimonio nacional? Que nos digan si el pueblo con su voto le firmó un cheque en blanco al Presidente o a sus ministros para aplicar las políticas neoliberales que empobrecen a las grandes mayorías. A mi que me digan en nombre y con permiso de quién, Pacheco nos metió en el crimen sin nombre de la guerra y la invasión de Irak. Cómo se atreven a hablar de minorías los que amparados en sus grandes medios de comunicación o prensa, condenan a los ciudadanos por su sagrado derecho a protestar. Todos queremos la paz social, la armonía y el diálogo entre gobernantes y gobernados. Pero todo eso se inicia con la voluntad y la compresión de los gobernantes, de que sólo están allí para servirle al pueblo, para tenderle la mano a los que menos tienen y para apoyar a los productores locales por encima de cualquier interés foráneo. Están allí para servirle a Costa Rica y no para exhibir su brutalidad y matonismo, quebrándole los vidrios a los traileros o a los agricultores que con sus máquinas, se ganan el pan diario con el sudor de la frente. |