Los Estados Unidos y el TLC

Arnoldo Mora Rodríguez

Periódico La República, CR

7 de octubre del 2003

Reproducido con el gentil permiso de don Arnoldo


Un tratado es una relación entre dos agentes humanos que se hablan y que establecen un pacto con todas las formalidades en vista de un objetivo propio y con intenciones que no necesariamente son las mismas. Esto es sobre todo válido en tratados comerciales, pues el comercio es un trueque con objetos que a uno le sobran pero al otro le faltan pero que, al intercambiarse, se supone que ambos salen beneficiados. Nunca como en estos casos es indispensable preguntarse qué beneficio busca cada cual.

En el TLC entre los Estados Unidos y los países de Centro América, ambas partes tienen intenciones que no necesariamente coinciden, pues el bien que cada cual busca no es idéntico. Para nuestros países se trata de formalizar una relación comercial que ya existe y que ahora se busca ampliar y consolidar con el primer mercado mundial y que, por razones geográficas e históricas, nos es muy cercano. Por su parte, en el caso de los Estados Unidos los cálculos geopolíticos son preponderantes.

A finales del siglo XIX, los Estados Unidos emergieron como una potencia mundial, que exigía un lugar hegemónico en la geopolítica mundial. Las potencias europeas iniciaban su decadencia al enfrentarse entre sí por el control del mundo mediante la dominación colonial. Desde su unificación en la década de los sesenta, Alemania surgió como una potencia que disputaba con el Imperio Británico, hasta entonces amo del planeta, la hegemonía mundial. Esto condujo a la I Guerra Mundial. Los europeos se dividieron la tierra dominando Africa, Asia y Oceanía. Dejaron a los Estados Unidos su dominio sobre América. En esta división neocolonial, a Centro América se le asignó en el mercado mundial, suministrar el postre o el desayuno de la mesa de los ricos del Norte: café, bananos, cacao y, en tiempos recientes, flores y plantas ornamentales. Hoy día debe igualmente distraer, mediante el turismo, el ocio y el tedio de quienes buscan playas y bosques tropicales.
Nuestros países dependen, por ende, de la economía de los grandes para su comercio con la desventaja de que no poseen materias primas estratégicas, como son el petróleo abundante en el vecindario caribeño, o los cereales en el campo agrícola. Pero poseen una fortaleza en el otro campo, el político: su situación geográfica que los hace indispensables cuando de geopolítica se trata. La presencia al Sur del canal interoceánico más importante para la economía mundial y el poseer costas en el Mar Caribe, el equivalente al Mar Mediterráneo para Europa, aumentan la importancia geopolítica de la región centroamericana.

Después de la Guerra Fría, se da un renovado intento de repartición neocolonial por parte de las potencias industrializadas del Norte. Europa se unifica aceleradamente y pretende hacer realidad el sueño napoleónico de no tener fronteras políticas, sino solo naturales: los dos océanos más importantes para el comercio mundial, el Atlántico en Portugal e Irlanda y el Pacífico en Rusia. Si todo sigue como va, es probable que en una década lo puedan lograr. Los europeos seguirán controlando Africa, como lo vienen haciendo desde los días del Imperio Romano. Asia adquiere una personalidad propia gracias al surgimiento de China como la gran potencia militar y económica en la región.

¿Qué le queda a los Estados Unidos? Al igual que a finales del siglo XIX, tan solo su traspatio americano. Pero ahora el Cono Sur toma distancia del imperio americano con el Brasil de Lula, que exige un trato no colonial en sus relaciones con el Tío Sam. Pero los Estados Unidos pretenden dominar sin control todo el continente. Solo así podrán seguir siendo la potencia hegemónica mundial que han sido durante el siglo XX. Pero para acallar al nacionalismo brasileño, novena potencia económica mundial y apoyada por el capital europeo, debe primero controlar su traspatio natural: Centroamérica y el Caribe.

Esta es su debilidad y esta nuestra fortaleza a la hora de negociar. Nuestros intereses no son los mismos, nuestras debilidades y fortalezas tampoco. Debemos tener esto presente porque el deber de quienes nos representan es defender el bienestar del pueblo que los eligió. Para eso se requiere negociar con el mismo espíritu patriótico que, unidos bajo la misma bandera nacional, nos hizo grandes en 1856. Quienes no lo hagan, serán juzgados por la historia como apátridas.

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