Negociación del TLC:

Golpe de Estado técnico

Luis Paulino Vargas Solís

Mayo 2004


La negociación del TLC con los Estados Unidos estuvo
fundamentalmente marcada por el secretismo y la mentira. Se negó
información abiertamente o bien se daba información que, enredada en
medias frases, en jerigonza y un jueguito de te-digo-no-te-digo,
terminaba siendo un acertijo y un trabalenguas. Y se mintió con ímpetu
atlético. Explícitamente nunca se dijo nada del INS, pero resultó uno de
los patos de la fiesta. Y se afirmó que no se negociaba
telecomunicaciones, que UPOV no sería incorporado, que se eliminarían
los subsidios a la agricultura gringa. Y así, en cansina reiteración. Y por
si quedaba algún ingenuo, el relato de primera mano de Serrano Pinto
desnuda las más íntimas vergüenzas de los métodos retorcidos y
autoritarios a los que se recurrió.

Cuando al fin se conocieron los textos en borrador se confirmó que ni los
peores augurios resultaban excesivos. Es un asalto indiscriminado a la
institucionalidad y la normativa legal que fundamentan el Estado
costarricense. A estos efectos, la parte de liberalización comercial
resulta secundaria. Cierto que la actividad agropecuaria tradicional y la
industria farmacéutica nacional han sido grandes perdedoras. En ambos
casos tan solo cabe esperar una muerte lenta hasta su ruina definitiva.

En lo agrícola, la pérdida va más allá de lo productivo y se prolonga en lo
cultural. En cuanto a la industria farmacéutica, todos perdemos porque
pierde la Caja del Seguro Social. Por lo demás, las cosas no cambian
demasiado. Es falso que, excepto en contados casos, se mejore el
acceso al mercado de los Estados Unidos. Por otra parte, ya nuestros
niveles arancelarios promedio son muy reducidos.

Pero en lo normativo e institucional los cambios son sustanciales.
Telecomunicaciones, seguros y propiedad intelectual son
paradigmáticos, pero quizá nada sea tan arrasador como el capítulo 10
de inversiones, con esa película de terror llamada régimen inversionistaestado
que encuentra feliz complemento y refuerzo en otras partes, por
ejemplo el capítulo 11 sobre comercio de servicios. Se mutila toda
política de desarrollo y se subvierte gravemente el sistema judicial. Opera
una especie de "efecto plasticina" que modela toda la institucionalidad en
los altares de una cerrada dogmática del libre mercado y en función de
los intereses del capital transnacional estadounidense. Y esta
aseveración no tiene un ápice de panfletaria. Quien quiera constatarlo
que estudie con seriedad los contenidos del tratado, las experiencias
registradas en el Tratado de Norteamérica. y las realidades actuales de
la economía mundial.

El proceso posterior a la conclusión de la negociación aporta mayor
evidencia acerca del curso trazado. Todos los medios de comunicación
cierran filas. Se salvan el Semanario Universidad, Extra y algunas
pequeñas radioemisoras. La propaganda es masiva y atosigante; el
sesgo informativo ya perdió hasta los últimos rastros de pudor. Y los dos
partidos tradicionales -con el refuerzo de la brigada de choque libertaria-
han vuelto por sus fueros en un concubinato por completo escandaloso.

Si el proyecto neoliberal se estancó en los últimos años, el TLC devino el
instrumento idóneo para relanzarlo con todo y Arias es entonces la carita
linda y el discurso florido y hueco que el momento demandaba. Aprobar
el TLC por mayoría simple es así tan solo un detalle anecdótico en el
proceso de consumación de un golpe de estado técnico, que busca
legitimidad en una democracia-careta donde los artificios de marketing
disimulan el despojo y el vacío.

 

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