Ralph Waldo Emerson 1803-1882Autoconfianza

( Self -Reliance ) 1841

Ralph Waldo Emerson 1803-1882

Traducido y transcrito por

Gregorio Díaz Ducca para

www.Lospobresdelatierra.org

 

"Ne te quaesiveris extra" ( No busqués las cosas fuera de vos mismo )

"La persona es su propia estrella; y el alma que puede
crear una persona honesta y perfecta,
dirige toda la luz, todas las influencias, todo el destino;
nada para ella aparece muy temprano o muy tarde.
Nuestros actos son nuestros ángeles, buenos o malos,
Nuestras sombras fatales que caminan a nuestro lado".

Epílogo a "Honest Man's Fortune" de Beaumont y Fletcher.

Lance al niño contra las piedras,
amamántelo con la teta de la loba;
pasando inviernos con el halcón y la zorra,
el poder y la velocidad son sus manos y pies.

El otro día leí unos versos escritos por un pintor eminente que eran originales y no eran convencionales. El alma siempre escucha una advertencia en tales líneas, sin importar el tema del que traten. El sentimiento que inculcan es más valioso que cualquier pensamiento que contengan. Creer en tu propio pensamiento, creer que lo que es cierto en el fondo de tu corazón es cierto para todas las personas, eso es el genio. Exponé tu convicción latente, y será el sentido del universo; puesto que lo interior con el debido tiempo se torna lo exterior, y nuestro primer pensamiento nos es devuelto por las trompetas del Juicio Final. Familiar como lo es la voz de la mente para cada quien, el máximo mérito que les atribuimos a Moisés, Platón, y a Milton es, que tuvieron en nada los libros y las tradiciones, y hablaron lo que pensaban ellos, no lo que pensaba la gente. La gente debería aprender a detectar y observar ese destello de luz que atraviesa su mente desde adentro, más que el brillo del firmamento de los bardos y los sabios. Mas desecha su pensamiento sin tomarlo en cuenta, sólo porque es suyo. En toda obra genial reconocemos nuestros propios pensamientos rechazados: nos son devueltos con una cierta majestad ajena. Esa es la lección más conmovedora que nos pueden dar las grandes obras de arte. Nos enseñan a morar en nuestra impresión espontánea con inflexibilidad jovial, más aún cuando todas las voces están del otro lado. Sino, mañana un extraño dirá con sensatez magistral precisamente lo que sentimos y pensamos todo el tiempo, y nos veremos forzados a tomar con vergüenza nuestra propia opinión de parte de otro.

Hay un momento en la educación de toda persona en que se llega a la convicción de que la envidia es ignorancia; que la imitación es suicida; que debe aceptarse a sí mismo, para bien, para mal, como suyo; que aunque el ancho mundo está lleno de bienes, no hay grano de maíz nutritivo que no le venga a través de la faena hecha en ese pedazo de tierra que se le dio para labrar. El poder que reside en la persona es nuevo en la naturaleza, y nadie sino ella sabe lo que puede hacer, ni ella sabe hasta que lo intenta. No es por nada que una cara, un carácter, un hecho, le impresionan tanto, y otros no. Esta escultura hecha en su memoria no carece de armonía preestablecida. El ojo se situó donde caería un rayo, para dar testimonio de ese rayo en particular. Nos expresamos a medias, y nos apenamos de esa idea divina que representamos cada uno de nosotros. Puede confiarse como armónica y de buenos principios, por lo que puede ser impartida fielmente, pero Dios no hace manifiesta su obra mediante cobardes. Un ser humano se siente aliviado y alegre cuando ha puesto su corazón en su obra y dado lo mejor de sí; pero cuando lo que haya dicho o hecho no sea así, no se sentirá en paz. Es una liberación que no libera. Al intentarlo, su genio lo abandona; ninguna musa se acerca; no hay creaciones ni esperanza.

Confía en ti mismo: todo corazón vibra con esa nota. Aceptá el sitio que la divina providencia te asignó, la sociedad de tus contemporáneos, la conexión de los eventos. Las grandes personas siempre han hecho esto, y han confiado, como niños, en el genio de su era, negando su percepción de que lo completamente digno de confianza se asentaba en su corazón, que trabajaba con sus manos, que predominaba en todo su ser. Y ahora somos personas, y debemos aceptar con la mayor magnanimidad el mismo destino trascendental; no como menores o inválidos en un rincón seguro, ni como cobardes huyendo ante una revolución, sino como guías, redentores, y benefactores, obedeciendo el esfuerzo del Todopoderoso, y avanzando hacia el Caos y la Oscuridad.

¡Qué hermosos oráculos nos da la naturaleza en este texto, en las caras y acciones de los niños, los bebés, y hasta las bestias! Carecen de esa mente rebelde y fraccionada, de esa desconfianza ante un sentimiento porque nuestra aritmética ha computado la fuerza y los medios opuestos a nuestro propósito. Su mente es un todo, sus ojos están invictos, y cuando vemos sus rostros, nos desconcertamos. Los infantes no se amoldan a nada: todos se amoldan a ellos, por lo que un bebé equivale a cuatro o cinco adultos que charlan y juegan con él. Por lo que Dios ha armado a los jóvenes, los púberes y los adultos con su propio encanto y sabor, y los hizo envidiables y graciosos, sin que se puedan ignorar sus demandas, si permanecen fieles a sí mismos. No pensés que el joven no tiene fuerza, sólo porque no puede hablar con vos ni conmigo. ¡Oiga! en la siguiente oportunidad su voz es lo suficientemente clara y enfática. Parece que sabe cómo hablarle a sus contemporáneos. Tímido u osado, pues, sabrá cómo hacer de nosotros los mayores personas innecesarias.

La indiferencia de los muchachos que están seguros de una cena, y desdeñarían hasta a un noble por decir o hacer algo para atraerlo a uno, es la actitud saludable de la naturaleza humana. Un muchacho es en un salón lo que el pozo es en el coliseo; independiente, irresponsable, viendo desde su rincón a la gente y a las cosas como pasan, intenta sentenciarlas por sus méritos, de la forma rauda, sucinta en la que lo hacen los muchachos: bueno, malo, interesante, tonto, elocuente, problemático. Nunca se molesta por las consecuencias, por los intereses; da un veredicto genuino, independiente. Tenés que buscarlo: él no te busca. Pero la gente está, por decirlo así, encerrada en la cárcel por su conciencia. Tan pronto actúa o habla con esplendor, es una persona cautiva, observada por la simpatía o el odio de cientos de personas, cuyos afectos debe tener en cuenta. No hay Lethe ( olvido ) para esto. ¡Ah, si pudiera ser neutral de nuevo! Quien pueda así evadir toda prenda, y habiendo observado, observe de nuevo sin sentirse afectado, influido, sobornado, intimidado, de una manera inocente, siempre será formidable. Podría exponer su opinión en todos los asuntos pasajeros, que sería vista no como privada, sino como necesaria, y se hundiría como un dardo en los oídos humanos, y los atemorizaría.

Estas son las voces que oímos en la soledad, pero se debilitan y se callan cuando entramos al mundo. Las sociedades en todas partes conspiran contra la humanidad de cada uno de sus miembros. La sociedad es una sociedad anónima, en la que los miembros están de acuerdo en renunciar a la libertad y a la cultura para que cada uno de ellos reciba su pan con mayor seguridad. La virtud que más se exige es la sumisión. La autoconfianza es para ella una aversión. No le gustan las realidades ni los creadores, sino los nombres y las costumbres.

Quien quiera ser una persona debe dejar a un lado la sumisión. Aquel que desee las palmas inmortales no debe ser impedido en el nombre de la bondad, sino que debe explorarla para ver si es la bondad. Nada es a la larga sagrado excepto la integridad de tu propia mente. Absolvete vos mismo, y tendrás la aprobación del mundo. Recuerdo una respuesta que, cuando era muy joven, quise darle a un reputado consejero que pensaba importunarme con las viejas y queridas doctrinas eclesiales. Cuando le pregunté: ¿Qué tengo que ver yo con la santidad de las tradiciones, si vivo completamente de lo que tengo adentro?, mi amigo sugirió: "Pero esos impulsos pueden venir de abajo, no de arriba", y le respondí: "No me parece que sea así; pero si soy hijo del diablo, viviré según me diga el diablo". No hay ley sagrada para mí que no sea la de mi naturaleza. Bueno y malo son nombres fácilmente transferibles a esto o a lo otro; lo único recto es lo que es afín a mi temperamento, y lo único erróneo es lo que no es afín con él. Una persona debe llevarse a sí misma en presencia de las mayores oposiciones, como si todo fuera nominal y efímero excepto ella. Me avergüenza pensar cuán fácilmente capitulamos ante insignias y nombres, ante grandes sociedades e instituciones muertas. Todo individuo decente y cortés me afecta y me mueve más de lo que es justo. Debo ser fundamental y recto, y decir la dura verdad en todas sus formas. Si la malicia y la vanidad se visten de filantropía, ¿serán aceptadas? Si un fanático furioso toma esta causa generosa de la Abolición, y viene con las últimas noticias de Barbados, ¿por qué no decirle: "Ame al niño; ame al leñador: sea buena persona, sea modesto; sea así, y nunca disimule su ambición dura, poco benevolente con esta increíble ternura hacia los negros que están a miles de kilómetros de distancia. Su amor a lo lejos es odio de cerca". Una bienvenida así sería cruda y grosera, pero la verdad es más bella que la afectación del amor. Tu bondad debe tener dureza, o no es nada. La doctrina del odio debería ser predicada como la contraparte de la doctrina del amor cuando ésta gime o lloriquea. Esquivo a mi padre, a mi madre, a mi esposa, a mi hermano, cuando mi genio me llama. Escribiría en el dintel de la puerta: Capricho. Espero que sea algo mejor que un capricho a la larga, pero no puedo pasarme el día explicándolo. No esperen que muestre por qué busco o por qué evito la compañía. Pero, entonces, no me digan, como lo hizo un buen hombre hoy, que mi obligación es ayudar a todos los pobres. ¿Acaso son mis pobres? Le diré, tonto filántropo, que doy de mala gana el dólar, la moneda, el centavo que le doy a estas personas que no me conciernen ni yo a ellos. Hay una clase de personas por las que tengo tanta afinidad espiritual, que me siento muy comprometido con ellas; y por ellas iría a la cárcel, si fuera necesario; pero tus colectas de caridad misceláneas; la educación universitaria de los tontos; la construcción de capillas que terminarán tan mal como muchas lo están; limosnas para los borrachos; y las innumerables Sociedades de Ayuda; aunque confieso apenado que a veces sucumbo y doy el dólar, es un dólar malvado que luego debo tener la valentía de reprimir.

Las virtudes son, en la estima popular, más una excepción que una regla. Existe la persona y sus virtudes. La gente hace lo que llaman una buena acción, como algo valeroso o caritativo, de la misma forma que pagarían una multa para expiar su ausencia en la revisión diaria. Sus obras son como una apología o paliativo por vivir en el mundo, como los inválidos y los locos reciben comidas regulares. Sus virtudes son penitencias. Yo no quiero expiar nada, sino que quiero vivir. Mi vida es para sí, y no es un espectáculo. Preferiría que fuera de linaje menor, pero que fuera genuina y cabal, a que sea reluciente pero inestable. Me gustaría que fuera dulce y sana, y no que ocupe dietas y sangrías. Pido una evidencia primaria de que usted es un ser humano, y me niego a apelar a la persona por sus acciones. Sé que para mí no hay diferencia en que haga o me abstenga de hacer estos actos que se reconocen como excelentes. No puedo pagar un privilegio cuando tengo derecho intrínseco. Tal vez mis dotes sean pocos y malos, pero soy y no necesito, para mi certeza o la de mis amigos, de un segundo testimonio.

Lo que debo hacer es lo que me concierne, no lo que la gente cree. Esta regla, igual de dura en la vida diaria como en la intelectual, puede servir para hacer la distinción total entre grandeza y vileza. Es de la mayor dificultad, porque siempre te encontrarás con personas que creen saber, mejor que vos, lo que te compete. Es fácil vivir en el mundo siguiendo la opinión del mundo; es fácil vivir en la soledad siguiendo tu opinión; pero la persona grande es aquella que en medio de la multitud mantiene con dulzura perfecta la independencia de la soledad.

La objeción para apegarse a los usos que en tu opinión están muertos, es que dispersa tu fuerza. Te hace perder el tiempo y nubla la impresión de tu carácter. Si mantenés a una iglesia muerta, contribuís con una Sociedad Bíblica muerta, votás con un partido grande por el gobierno o en contra suya, ponés la mesa como los anfitriones normales; detrás de todas esas pantallas me cuesta detectar la persona que en verdad sos. Y, por supuesto, perdés mucha fuerza en tu vida auténtica. Pero hacé tu trabajo, y podré conocerte. Hacé tu trabajo, y te fortalecerás. Una persona debería ponerse a pensar que este juego del acatamiento es como el de la gallina ciega. Si sé a qué secta pertenecés, puedo anticipar tus argumentos. Escucho que un predicador anuncia que el tema de su sermón es la avenencia de una de las instituciones canónicas de su iglesia. ¿No sé, acaso, que es incapaz de decir una palabra nueva, espontánea? ¿No sé, acaso, que con toda esa ostentación de examinar los fundamentos de la institución, no hará tal cosa? ¿No sé, acaso, que está comprometido consigo mismo para ver sólo hacia un lado -el lado permitido-, no como una persona, sino como un párroco? Es un abogado contratado, y estos aires de tribunal son de la más vacua afectación. Bueno, la mayoría de la gente se ha vendado los ojos con uno o dos pañuelos, y se apegan a alguna de estas comunidades de opinión. Esta avenencia no sólo los hace falsos en algunos puntos, autores de algunas mentiras, sino que son falsos en todos los puntos. Sus misma verdad no es del todo cierta. Su "dos" no es el verdadero dos, ni su "cuatro" es el verdadero cuatro; por lo que cada una de sus palabras nos mortifica, y no sabemos por dónde debemos empezar a corregirles. Mientras tanto la naturaleza no tarda en vestirnos con el uniforme de presidiario del partido al que nos adherimos. Llegamos a usar un tipo único de cara y de cuerpo, y vamos adquiriendo gradualmente la más dócil y asnal expresión. Hay una experiencia que atormenta en particular, que no se ausenta con su cólera de la historia en general; me refiero a "el tonto semblante de la alabanza", la sonrisa forzada que usamos como respuesta, cuando estamos en un lugar y nos sentimos incómodos, oyendo una conversación que no nos interesa. Los músculos, que no se mueven espontáneamente, sino que lo hacen con una premeditación usurpadora, se traban en el contorno del rostro con una sensación desagradable.

Por la disidencia el mundo te flagela con su desagrado. Y por tal, una persona debe saber cómo apreciar una cara huraña. Los transeúntes la ven de soslayo en la calle o en los salones de reunión. Si este rechazo tuviera su origen en el desdén y la resistencia como la de esta persona, bien podría volver a su casa con un semblante triste; pero las caras hurañas de la multitud, al igual que sus caras amables, no tienen una razón de peso, sino que se las ponen o se las quitan según la dirección del viento o lo que digan los periódicos. Pero a pesar de eso, el descontento de la multitud es más formidable que el del senado o la academia. Es muy fácil para una persona firme que sabe del mundo tolerar la ira de las clases cultas. Dicha ira es decorosa y prudente, debido a que son tímidos, dado que son muy vulnerables. Pero cuando a su ira femenina se añade la indignación del pueblo, cuando se alborota a los pobres y a los ignorantes, cuando la fuerza bruta e irracional que subyace en el fondo de la sociedad gruñe y se mofa, se necesita el hábito de la magnanimidad y la religión para tratarla divinamente como una fruslería insignificante.

El otro terror que nos aleja de la confianza personal es nuestra conveniencia; una reverencia por nuestros acciones o palabras pasadas, porque los ojos de los demás no tienen más información para calcular nuestra órbita que nuestros actos de antaño, y somos renuentes para decepcionarlos.

¿Pero por qué tenés que estar vigilante? ¿Por qué arrastrar este cadáver de la memoria, por miedo a contradecirte en algo que dijiste en tal o cual lugar público? Suponé que te contradecís: ¿y qué pasa? Parece ser una regla sabia no confiar solamente en tu memoria, ni siquiera en los asuntos que requieran pura memoria, sino que es mejor traer el pasado al presente y juzgarlo con sus millares de ojos, y vivir siempre en un nuevo día. En tu metafísica le negaste personalidad a la Deidad: mas cuando lleguen los movimientos devotos del alma, dejate llevar por ellos, con todo el ser, aunque vistan a Dios con forma y color. Dejá tus teorías, como José dejó su ropa en manos de la ramera, y escapá.

Una conveniencia tonta es el duendecillo de las mentes pequeñas, adorado por estadistas, filósofos y teólogos pequeños. Con la conveniencia un alma grande no tiene nada qué hacer. Igual podría importarle su sombra en la pared. Decí hoy lo que pensás con palabras severas, y mañana decí lo que pensás mañana con palabras severas, aunque te contradigás en todo con lo que dijiste ayer. "Ah, pero muy seguramente serás incomprendido". ¿Y es tan malo ser incomprendido? Pitágoras fue incomprendido, y también Sócrates, y Jesús, y Lutero, y Copérnico, y Galileo, y Newton, y todo otro espíritu puro y sabio que se haya encarnado. Ser grande es ser incomprendido.

Supongo que ninguna persona puede violar su naturaleza. Todos los ímpetus de su voluntad se resumen en la ley de su ser, como las irregularidades de los Andes y los Himalayas son insignificantes para la curva del globo. No importa cómo lo midás o lo probés. Un carácter es como un acróstico o una estancia alejandrina: podés leerla al derecho, al revés o al través, y sigue diciendo lo mismo. En esta vida contrita y grata en el bosque que Dios me concedió, permítaseme apuntar a diario mi pensamiento sincero sin retrospección ni exploración, y, no lo dudo, será simétrico, aunque no sea mi propósito, o no lo vea así. Mi libro olería a pino y resonaría con el zumbido de los insectos. La golondrina en mi ventana enhebraría la pajita que lleva en el pico en mi telaraña. Pasamos por lo que somos. El carácter nos enseña más que nuestra voluntad. La gente piensa que pueden expresar sus virtudes o sus vicios sólo con sus acciones públicas, y no ven que la virtud y el vicio exhalan a cada paso.

Se dará un acuerdo en cualquier variedad de actos, y cada uno de ellos será natural y honesto en su momento. Porque venidas de una sola voluntad, las acciones serán armoniosas, aunque parezcan muy disímiles. Esta diversidad se pierde en la cercanía, cuando se piensa un poquito. Una tendencia las une. El viaje del mejor buque es una línea zigzagueante compuesta por centenares de virajes. Ve la línea desde una distancia apropiada, y se acerca a la tendencia promedio. Una de tus acciones genuinas se explica sola, y explicará tus otras acciones genuinas. Tu avenencia no explica nada. Actúa individualmente, y lo que hayás hecho individualmente te justificará hoy. La grandeza apunta hacia el futuro. Si puedo ser lo bastante firme hoy para hacer lo justo, y desdeñarlo, debo haber hecho tanta justicia antes como para defenderme ahora. Sea como sea, hacé lo justo hoy. Desdeñá siempre las apariencias, y siempre podrás hacerlo. La fuerza de carácter es acumulativa. Todos los días virtuosos que pasaron logran esto. ¿Qué compone la majestad de los héroes del senado y de los campos de batalla, que despierta así la imaginación? La conciencia de un caudal de días virtuosos y victorias respaldándolos. Iluminan todos juntos al actor que avanza. Es como si una legión de ángeles le sirvieran. Eso es lo que le da el trueno a la voz de Chatham, y la dignidad al puerto de Washington, y a Estados Unidos en el ojo de Adán. Nos parece venerable el honor porque no es efímero. Siempre es virtud antigua. Lo adoramos hoy porque no es de hoy. Lo amamos y le rendimos tributo, no porque sea una trampa que nos hace amarlo y rendirle tributo, sino porque es auto dependiente, se deriva de sí mismo, y por tal, es de un linaje antiguo e inmaculado, incluso si se da en una persona joven.

Espero que estos sean los últimos días en los que se escuche hablar de la conveniencia y la avenencia. Que esas palabras sean ridiculizadas y anunciadas a partir de hoy. En lugar de que nos llamen a comer con un gong, que nos silben con el flautín de Esparta. No nos inclinemos ni nos disculpemos de nuevo. Una gran persona vendrá a mi casa a comer. No deseo complacerlo; deseo que deseara complacerme. Seré un pilar para la humanidad, y aunque seré gentil, seré verídico. Afrontemos y reprendamos la uniforme mediocridad y el escuálido conformismo de los tiempos, y pasémosle por la cara a la costumbre, al oficio y al comercio, el hecho que constituye la secuela de toda la historia, de que hay un gran Actor y Pensador responsable trabajando donde actúa toda persona; que una persona auténtica no pertenece a ningún otro tiempo ni lugar, sino que es el centro de todas las cosas. Doquiera que esté, está la naturaleza. Te mide, nos mide a todos, mide todos los eventos. Ordinariamente, todo miembro de la sociedad se nos parece a algo más, o a alguien más. El carácter, la realidad, no se te parece a nada más; toma el lugar de la creación completa. El ser humano debe ser tal, que haga indiferentes todas las circunstancias. Toda persona auténtica es una causa, un país, y una era; requiere de infinidad de cantidades y espacios y tiempo para lograr sus designios; y la posteridad parece seguirle los pasos como si fuera una cartera de clientes. Nace César, y por siglos tenemos un Imperio Romano. Nace Cristo, y millones de mentes crecen y se ajustan a su genio, por estar condenado por la virtud y el potencial para la humanidad. Una institución es la sombra extendida de una persona; como el Monaquismo lo es de Antonio el ermitaño; la Reforma, de Lutero; el Cuaquerismo, de Fox; el Metodismo, de Wesley; la Abolición, de Clarkson. A Escipión, Milton lo llamó: "la cúspide de Roma"; y toda la historia se resume fácilmente en la biografía de algunas personas resueltas y diligentes.

Permitámosle a la gente conocer su valía, y mantener las cosas bajo sus pies. Que no sean fisgones ni ladrones, que no anden al acecho de aquí para allá, con los aires de un pordiosero, un bastardo, o un entrometido en el mundo hecho para ellos. Pero la gente en la calle, como no encuentra valor en sí misma que corresponda a la fuerza que erigió una torre o esculpió un dios de mármol, se siente mal cuando las ve. Para ellos, un palacio, una estatua o un libro costoso tienen un aire extraño y prohibido, como si fuera un equipaje, y parecen decir: "¿quién es usted, Señor?" Mas esas cosas le demandan la atención, le piden a sus facultades que salgan y tomen posesión. La pintura espera mi veredicto: no me ordena, pero voy a satisfacer sus demandas de alabanza. Esa fábula popular del borrachín que levantaron de la calle casi muerto en su ebriedad, que lo llevaron a la casa del duque, lo bañaron y lo vistieron y lo acostaron en la cama del duque, y cuando despertó lo trataron con toda pompa, como un duque, y le aseguraron que había sufrido de locura, le debe su popularidad al hecho de que simboliza muy bien el estado del ser humano, que es una especie de borrachín en el mundo, pero de vez en cuando se despierta, hace uso de la razón, y descubre que es un príncipe auténtico.

Nuestro estudio es mendicante y lisonjero. En la historia, nuestra imaginación nos engaña. Reino y señorío, poder y propiedades, son vocabulario más llamativo que Juan y Eduardo, los particulares, que viven en una casita y que tienen un trabajo común; pero los asuntos de la vida son los mismos para ambos; la suma total de ambos es la misma. ¿Por qué toda esta deferencia a Alfred, y a Scanderbeg y a Gustavus? Suponé que fueron virtuosos; ¿se les acabó la virtud? Se juega lo mismo en los actos privados de hoy, que en los pasos públicos y reconocidos. Cuando los particulares actúen con puntos de vista originales, el esplendor se transferirá de los actos de los reyes a los actos de los caballeros.

El mundo ha sido instruido por sus reyes, que han magnetizado así los ojos de las naciones. Por medio de este colosal símbolo se ha enseñado la reverencia mutua que le debe una persona a la otra. La lealtad gozosa con la que las gentes en todo el mundo han soportado que los reyes, los nobles o los grandes terratenientes anden entre ellas con una ley propia, que hagan su propio orden de personas y de cosas, e inviertan el de ellas, paga sus dividendos no con dinero sino con honor, y representa la ley en su persona, fue el jeroglífico mediante el cual oscuramente dieron a entender la conciencia que tenían de su propio derecho y gracia, el derecho de cada persona.

El magnetismo que ejerce toda acción original se explica cuando inquirimos la razón de la autoconfianza. ¿Quién es el Depositario? ¿Cuál es el Yo originario, en el que puede fundarse una confianza universal? ¿Cuál es la naturaleza y el poder de esa estrella que frustra a la ciencia, sin paralaje, sin elementos calculables, que envía un rayo de belleza incluso a las acciones triviales e impuras, si aparece la menor marca de independencia? La búsqueda nos lleva a esa fuente, que es a la vez la esencia del genio, de la virtud y de la vida, a la que llamamos Espontaneidad o Instinto. Denotamos esta sabiduría primordial como Intuición, mientras que todas las demás enseñanzas son instrucciones. En esa fuerza profunda, el hecho último que no puede ser penetrado por el análisis, todas las cosas encuentran un origen común. Puesto que, la sensación del ser que surge en horas tranquilas, no sabemos cómo, en el alma, no es diferente de las cosas, del espacio, de la luz, del tiempo, del ser humano, sino que es uno con ellos, y procede obviamente de la misma fuente de la cual proceden también su vida y su ser. Primero compartimos la vida mediante la cual las cosas existen, y después las vemos como apariencias en la naturaleza, y olvidamos que compartimos su causa. Esta es la fuente de la acción y del pensamiento. Estos son los pulmones de esa inspiración que le dio sabiduría al ser humano, y que no puede ser negada sin impiedad ni ateísmo. Descansamos en el regazo de una inteligencia inmensa, que nos hace receptores de su verdad y órganos de su actividad. Cuando discernimos la justicia, cuando discernimos la verdad, no hacemos nada nosotros, sino que permitimos que sus rayos pasen. Si preguntamos de dónde viene esto, si buscamos entremeternos con el alma que causa, toda filosofía está equivocada. Su presencia o su ausencia es todo lo que podemos afirmar. Toda persona discrimina entre los actos voluntarios de su mente, y sus percepciones involuntarias, y sabe que a sus percepciones involuntarias se les debe una fe perfecta. Puede errar al expresarlas, pero sabe que estas cosas son así, como el día y la noche, que no deben ser discutidas. Mis acciones premeditadas y adquisiciones son errantes; el ensueño más ocioso, la más ligera emoción primigenia, merece mi curiosidad y respeto. La gente irreflexiva contradice tan fácilmente la afirmación de las percepciones como la de las opiniones, o puede que más; ya que no distinguen entre percepción y noción. Se imaginan que escojo ver tal o cual cosa. Pero la percepción no es caprichosa, sino fatal. Si veo un rasgo, mis hijos lo verán después de mí, y con el paso del tiempo, lo verá toda la humanidad, aunque pueda ser que nadie lo haya visto antes que yo. Ya que sí lo percibo, y eso es tan cierto como el sol.

Las relaciones del alma con el espíritu divino son tan puras, que buscar interponer ayuda es una profanación. Debe ser que cuando Dios habla comunica, no una cosa, sino todas; llena todo el mundo con su voz; esparce luz, naturaleza, tiempo, almas, del centro del pensamiento presente; y fecha y crea todo de nuevo. Siempre que una mente es simple, y recibe sabiduría divina, lo viejo se desvanece: los medios, profesores, textos y templos se caen; vive ahora, y trae el pasado y el futuro al presente. Todas las cosas se sacralizan por su relación, una tanto como la otra. Todas las cosas son disipadas hacia su centro por su causa, y, en el milagro universal, los milagros particulares e insignificantes desaparecen. Si, por tal, una persona afirma que conoce a Dios y habla de Él, y te regresa a la fraseología de alguna nación vieja y desmoronada, en otro país, en otro mundo, no le creás. ¿Es la bellota mejor que el roble que es su totalidad y consumación? ¿Es el padre mejor que el hijo a quien le ha legado su maduro ser? ¿De dónde viene, entonces, esta idolatría al pasado? Los siglos conspiran contra la cordura y la autoridad del alma. El tiempo y el espacio son sólo colores fisiológicos creados por el ojo, pero el alma es luz; donde está, es de día; donde estaba, es de noche; y la historia es una impertinencia y un perjuicio, si es que hay algo más que un alegre apólogo o parábola de mi ser y mi transformación.

El ser humano es tímido y apologético; ya no anda derecho; no se atreve a decir: "Pienso", "Soy", sino que cita a algún santo o sabio. Se avergüenza ante la hoja de pasto o la rosa que florece. Estas rosas en mi ventana no hacen referencia a rosas anteriores o mejores que ellas; son lo que son; existen con Dios hoy. Para ellas no hay tiempo. Sólo existe la rosa; es perfecta en cada momento de su existencia. Antes de que se abra un botón, actúa toda su vida; en la rosa desarrollada no hay más; en la raíz deshojada no hay menos. Su naturaleza está satisfecha, y satisface a la naturaleza, siempre de la misma manera. Pero el ser humano pospone o recuerda; no vive en el presente, sino que volviendo los ojos llora el pasado, o, ignorando las riquezas que le rodean, se para de puntillas para anticipar el futuro. No puede ser feliz y fuerte hasta que viva con la naturaleza en el presente, por encima del tiempo.

Esto debería ser lo bastante sencillo. Mas ve cuántos intelectos fuertes todavía no se atreven a oír a Dios mismo, a menos que use la fraseología de no sé cuál David, o Jeremías, o Pablo. No deberíamos ponerle un precio tan alto a unos pocos textos, a unas pocas vidas. Somos como niños que repiten mecánicamente las aseveraciones de las abuelas y los tutores, y a medida que envejecen, de las personas de talento y carácter que hayan podido ver, recogiendo con penurias sus palabras exactas; después, cuando adoptan el punto de vista de aquellos que pronunciaron esos dichos, los entienden, y están dispuestos a dejar las palabras; puesto que, en cualquier momento, pueden usar palabras igual de buenas si llega la ocasión. Si vivimos auténticamente, veremos auténticamente. Es tan fácil para una persona fuerte ser fuerte, como para una débil ser débil. Cuando logramos una nueva percepción, jovialmente descargaremos la memoria de sus tesoros acumulados como si fueran basura vieja. Cuando una persona vive con Dios, su voz será tan dulce como el murmullo del arroyo y el crujido del maíz.

A la postre, la mayor verdad sobre este particular no se ha dicho todavía; y probablemente no se pueda decir; dado que todo lo que decimos es el recuerdo distante de la intuición. Ese pensamiento, con el cual me puedo acercar más a expresarlo, es esto. Cuando el bien está cerca de vos, cuando tenés vida en vos mismo, no se da por ninguna forma conocida o habitual; no discernirás las huellas de nadie más; no verás la cara del ser humano; no oirás ningún nombre; la forma, el pensamiento, el bien, serán completamente extraños y novedosos. Excluirá el ejemplo y la experiencia. Sacás el camino del ser humano, no hacia el ser humano. Todas las personas que han existido son sus ministros olvidados. El miedo y la esperanza bajo él son iguales. Hay algo bajo incluso en la esperanza. En la hora de la visión, no hay nada que pueda ser llamado gratitud, ni propiamente gozo. El alma erigida sobre la pasión contempla la identidad y el origen eterno, percibe la auto existencia de la Verdad y la Rectitud, y se calma al saber que todas las cosas marchan bien. Los lugares vastos de la naturaleza, el Oceano Atlántico, el Mar del Sur, --largos intervalos de tiempo, años, siglos--, no cuentan. Esto que siento y en lo que creo refuerza todo estado anterior de vida y de circunstancias, como refuerza mi presente, y lo que se llama vida, y lo que se llama muerte.

La vida sola vale, no el haber vivido. El poder cesa en un instante de reposo; reside en el momento de la transición de un estado antiguo a uno nuevo, en el retoñar del golfo, o cuando se apunta a un fin. Este es un hecho que el mundo odia: que el alma deviene; por ello degrada el pasado por siempre, convierte todas las riquezas en pobreza, toda la reputación en vergüenza, confunde al santo con el pícaro, empuja igualmente hacia un lado a Jesús y a Judas. ¿Por qué, entonces, hablamos de la autoconfianza? Porque el alma está presente, habrá poder que no es seguro, pero es activo. Hablar de confianza es una manera externa, y pobre, de expresarse. Mejor hablá de quien confía, porque funciona y es. Quien tiene más obediencia que yo me domina, aunque no mueva ni un dedo. Alrededor suyo debo girar por la gravitación de los espíritus. Cuando hablamos de la verdad eminente nos imaginamos que es retórica. Y no vemos que la virtud es Altura, y que una persona o un grupo de personas, permeables y plásticas hacia los principios, por la ley de la naturaleza deben subyugar y dirigir a todas las ciudades, naciones, reyes, ricos, poetas, que no lo son.

Este es el hecho fundamental al que llegamos tan rápido en este, como en todo tema, la resolución de todo en el siempre bendito UNO. La auto existencia es el atributo de la Causa Suprema, y constituye la medida del bien por el grado en el que entra en todas las formas más bajas. Todas las cosas verdaderas lo son dependiendo de la cantidad de virtud que contengan. El comercio, la agricultura, la cacería, la pesca de ballenas, la guerra, la elocuencia, la importancia personal son algunas, y se granjean mi respeto como ejemplos de su presencia y acción impura. Veo la misma ley operando en la naturaleza para la conservación y el crecimiento. El poder es en la naturaleza la medida esencial de la rectitud. La naturaleza no tolera en sus dominios a nada que no pueda ayudarse a sí mismo. El nacimiento y la madurez de un planeta, su equilibrio y su órbita, el árbol torcido enderezándose solo tras un viento fuerte, los recursos vitales de todo animal y vegetal, son demostraciones de la auto suficiencia, y por tal del alma que confía en sí misma.

Así todo se concentra: no vaguemos; quedémonos en casa con la causa. Aturdamos y asombremos a la chusma entrometida de personas, libros e instituciones, con una simple declaración del hecho divino. Ordenémosles a los invasores que se quiten el calzado de los pies, porque Dios está aquí adentro. Que nuestra sencillez los juzgue, y que nuestra docilidad a nuestra ley demuestre la pobreza de la naturaleza y la fortuna junto a nuestras riquezas nativas.

Pero ahora somos una gentuza. El ser humano no reverencia al ser humano, ni se le recomienda a su genio que se quede en la casa, y que se comunique con su océano interno, sino que van al extranjero a pedir una taza de agua de las urnas de otras personas. Debemos hacerlo solos. Me gusta cuando la iglesia está en silencio, antes de que comience el servicio, mucho más que cualquier sermón. ¡Cuán lejanas, cuán tranquilas, cuán castas se ven las personas, rodeadas cada una por un recinto o un santuario! Que nos sentemos así siempre. ¿Por qué deberíamos asumir los errores de nuestro amigo, o nuestra esposa, o nuestro padre, o nuestro hijo, sólo porque nos sentamos alrededor de la estufa, o porque se dice que tienen la misma sangre? Todas las personas tienen mi sangre, y yo la de todos. Pero no por ello adoptaré su petulancia o sus desatinos, hasta el punto de sentirme avergonzado. Pero tu aislamiento no debe ser mecánico, sino espiritual, esto es, debe ser elevación. En ocasiones todo el mundo parece conspirar para importunarte con fruslerías insistentes. Un amigo, un cliente, un hijo, la enfermedad, el miedo, la necesidad, la caridad, todos tocan a la vez la puerta de tu armario, y te dicen: "Vení hacia nosotros". Pero mantené tu estado; no te unás a su confusión. El poder que la gente posee para molestarme, se los doy por una débil curiosidad. Ninguna persona se me puede acercar sino es a través de mi acto. "Que amamos lo que tenemos, pero con el deseo nos privamos a nosotros mismos del amor".

Si no podemos de una vez elevarnos hasta las santidades de la obediencia y la fe, al menos resistamos nuestras tentaciones; entremos en un estado de guerra, y despertemos a Thor y a Odín, al valor y a la constancia, en nuestros pechos sajones. Esto debe hacerse en nuestros momentos de tranquilidad diciendo la verdad. Revisá esta hospitalidad mentirosa y este afecto mentiroso. Ya no vivás a la expectativa de estas personas engañadas y engañadoras con quienes conversamos. Deciles: Oh, padre, oh, madre, oh, esposa, oh, hermano, oh, amigo, hasta el momento he vivido con vos según las apariencias. A partir de ahora pertenezco a la verdad. Quiero que sepás que a partir de ahora no obedeceré ninguna ley inferior a la ley eterna. No tendré pactos sino aproximaciones. Me esforzaré por alimentar a mis padres, por mantener a mi familia, por ser el casto esposo de una sola mujer, pero estas relaciones debo llenarlas mediante una forma nueva y sin precedentes. Renuncio a tus costumbres. Debo ser yo mismo. No puedo romperme más por vos, ni vos por mí. Si podés amarme por lo que soy, seremos muy felices. Si no podés, aún buscaré merecer tu amor. No esconderé mis gustos ni mis aversiones. Por tal confiaré en que lo que es profundo es sagrado, que haré con entusiasmo bajo el sol y la luna lo que interiormente me regocije, y lo que me asigne el corazón. Si sos noble, te amaré; si no lo sos, no heriré a ninguno de los dos con atenciones hipócritas. Si seguís la verdad, pero no la misma que yo, adherite a tus compañeros; yo buscaré los míos. No hago esto de manera egoísta, sino con humildad y verdad. Es interés, tanto tuyo, como mío, como de toda la gente, vivir en la verdad, por más que hayamos morado en la mentira. ¿Suena muy duro esto hoy? Pronto amarás lo que te dicte tu naturaleza al igual que la mía, y, si seguimos la verdad, saldremos con bien al final. -Pero haciéndolo, le causarás dolor a estos amigos. Sí, pero no puedo vender mi libertad ni mi poder, para salvar su sensibilidad. Además, toda la gente tiene sus períodos de razón, cuando ven y examinan la región de la verdad absoluta; entonces me justificarán, y harán lo mismo.

El populacho cree que si rechazás los estándares populares rechazás todos los estándares, y que es una mera antinomia; y el sensualista osado usará el nombre de la filosofía para hacer brillar sus crímenes. Pero la ley de la conciencia persiste. Hay dos confesionarios, y en alguno de ellos debemos confesarnos. Podés cumplir con tu conjunto de deberes, absolviéndote de una manera, o directa o refleja. Considerá si han sido satisfactorias tus relaciones con tu padre, tu madre, tu primo, tu vecino, tu pueblo, tu gato y tu perro; o si alguno de ellos podría reprocharte. Pero también puedo desatender este estándar reflejo, y absolverme a mí mismo. Tengo mis propios reclamos severos y un círculo perfecto. Le niega el nombre de deber a muchos oficios que son llamados deberes. Pero si puedo eximir sus fallos, me permite renunciar al código popular. Si alguien se imagina que esta ley es vaga, que intente mantener su mandamiento un solo día.

Y en verdad que le demanda algo divino a aquel que haya renunciado a los motivos comunes de la humanidad, y que se haya aventurado a confiar en sí mismo para ser el capataz. ¡Será alto su corazón, fiel su voluntad, clara su visión, para que pueda con buena determinación ser doctrina, sociedad, ley, para sí mismo, que un simple propósito sea para él como el acero, tan fuerte como la necesidad es para otros!

Si alguna persona considera los aspectos presentes de lo que se llama por distinción sociedad, verá la necesidad de esta ética. La fibra y el corazón del ser humano parecen haber sido sacados, y nos volvemos tímidos y abatidos llorones. Le tememos a la verdad, a la fortuna, a la muerte, y a nosotros mismos. Nuestra era no produce personas grandes y perfectas. Queremos hombres y mujeres que renueven la vida y nuestro estado social, pero vemos que la mayoría de las naturalezas son insolventes, incapaces de satisfacer sus propias necesidades, poseen una ambición desproporcionada con respecto a su fuerza práctica, y se apoyan y ruegan día y noche sin parar. El manejo del hogar es mendicante, y nuestras artes, nuestras ocupaciones, nuestros matrimonios, nuestra religión, no hemos elegido, sino que la sociedad ha elegido por nosotros. Somos soldados de salón. Esquivamos la áspera batalla del destino, donde nace la fuerza.

Si nuestros jóvenes fallan en sus primeras empresas, pierden toda la esperanza. Si el joven comerciante falla, la gente dice que está arruinado. Si el mayor genio estudia en una de nuestras universidades, y no está instalado en un empleo al año siguiente en las ciudades y suburbios de Boston o de Nueva York, le parece a él y a sus amigos que tiene razón en descorazonarse, y en quejarse el resto de su vida. Un muchacho vigoroso de Nueva Hampshire o de Vermont, que a su vez trabaja en todo tipo de oficios, que enyuga, cosecha, es buhonero, se encarga de una escuela, predica, edita un diario, va al Congreso, compra un municipio, y así, en años sucesivos, y siempre, como un gato, cae sobre los pies, vale cien veces más que estas muñecas citadinas. Anda al tanto con sus días, y no se avergüenza de no "estudiar una profesión", ya que no pospone su vida, sino que ya vive. No tiene una oportunidad, sino ciento. Que un estoico descubra los recursos de la humanidad, y le diga a la gente que no son sauces reclinados, sino que pueden y deben separarse; que con el ejercicio de la auto confianza, aparecerán nuevos poderes; que una persona es el verbo hecho carne, nacido para esparcirle la cura a las naciones, que debería avergonzarse de nuestra compasión, y que en el momento en el que actúa desde sí mismo, arrojando las leyes, los libros, las idolatrías y las costumbres por la ventana, ya no nos compadecemos de él, sino que le agradecemos y lo honramos, y ese maestro restaurará la vida del ser humano hasta hacerla esplendorosa, y hará que su nombre sea querido por toda la historia.

Es fácil ver que una mayor autoconfianza logrará una revolución en todos los oficios y relaciones de las personas; en su religión; en su educación; en sus búsquedas; en sus modos de vivir; en sus asociaciones; en sus propiedades; en sus visiones especulativas.

1. ¡En qué oraciones los seres humanos se aprueban a sí mismos! Eso que llaman oficio religioso no es algo tan valiente ni tan animoso. La oración va al extranjero y pide añadiduras de afuera que vengan mediante virtudes de afuera, y se pierde en inacabables laberintos de índole natural y sobrenatural, mediadora y milagrosa. La oración que pide un beneficio en particular, --cualquier cosa que baje de lo mejor--, es malvada. La oración es la contemplación de la realidad cotidiana hecha desde el punto de vista más elevado. Es el soliloquio de un alma regocijada y observadora. Es el espíritu de Dios afirmando la bondad de sus obras. Pero la oración usada como medio para lograr un fin privado es una maldad y un robo. Supone dualismo y desunión con la naturaleza y la conciencia. Tan pronto como la persona es una con Dios, no rogará. Entonces verá la oración en toda su gloria. La oración del granjero inclinado en su campo desyerbándolo, la oración del remero inclinado por la palada del remo, son oraciones de verdad que se escuchan en toda la naturaleza, aunque sus consecuencias son pequeñas. Caratach, en la Bonduca de Fletcher, cuando se le advierte que investigue la mente del dios Audate, responde:

"Su significado oculto se encuentra en nuestros comportamientos;
Nuestros valores son nuestros mejores dioses".

Otra forma de falsa oración la constituyen nuestros pesares. El descontento es la necesidad de la autoconfianza: representa la debilidad de nuestra voluntad. Lamentate de las calamidades, si podés de algún modo ayudar a la víctima; si no podés, concentrate en tu labor, y ya el mal empieza a repararse. Nuestra simpatía es igual de baja. Nos sentamos con los que lloran tontamente, y los acompañamos con nuestros llantos, en vez de impartirles la verdad y la salud mediante bruscos choques eléctricos, poniéndolos de nuevo en contacto con su propia razón. El secreto de la fortuna es alegría en nuestras manos. Siempre bien recibida por los dioses y los humanos es la persona que se ayuda a sí misma. Para ella todas las puertas están abiertas de par en par: todas las bocas la saludan, todos los honores la coronan, todos los ojos la siguen con deseo. Nuestro amor va hacia ella y la rodea, porque no lo necesitaba. Con solicitud y apología la halagamos y celebramos, porque no dejó su camino y menospreció nuestros reproches. Los dioses la aman porque los humanos la odian. "Al mortal perseverante --dice Zoroastro--, los benditos Inmortales le ayudan con presteza".

Al igual que las oraciones de la gente son enfermedades de su voluntad, sus credos son enfermedades de su intelecto. Dicen, de la misma forma que esos israelitas tontos: "Que no hable Dios con nosotros, para que no muramos. Habla tú, o cualquier otro, y obedeceremos". Y por doquier se me impide encontrar a Dios en mis hermanos, porque han cerrado las puertas de sus templos, y recitan las fábulas de sus hermanos, o del Dios del hermano de su hermano. Toda mente nueva es una clasificación nueva. Si se prueba una mente de poder y actividades poco comunes, un Locke, un Lavoisier, un Hutton, un Bentham, un Fourier, le impone su clasificación a otras personas, y ¡he aquí un nuevo sistema! La complacencia es proporcional a la profundidad del pensamiento, y al número de objetos que toca y pone al alcance del pupilo. Pero principalmente es esta aceptación de los credos y las iglesias, que también son clasificaciones de una mente poderosa que actúa sobre el pensamiento elemental del deber, y la relación del ser humano con el Altísimo. Tal es el caso del Calvinismo, del Cuaquerismo, del Swedenborgismo. El pupilo se divierte tanto subordinándolo todo a la nueva terminología, como una niña que acaba de aprender botánica y que ve un mundo nuevo y estaciones nuevas a cada paso. Llegará un momento en que el pupilo notará que su poder intelectual ha aumentado tras haber estudiado la mente de su maestro. Pero en todas las mentes desequilibradas, la clasificación es idolatrada, se toma como el fin, y no como un medio rápidamente agotable, por lo que, para sus ojos, los límites del sistema se unen en el horizonte con los límites del universo; las luminarias del cielo le parecen sostenidas por el arco que su maestro diseñó. No pueden imaginarse cómo ustedes, los extranjeros, tienen derecho a ver, cómo pueden ver; "De algún modo, ustedes nos robaron la luz". Aún son incapaces de percibir, que la luz, carente de sistemas, indómita, irrumpirá en cualquier recinto, inclusive en el de ellos. Si son honestos y hacen el bien, pronto su lindo y nuevo redil será muy estrecho y pequeño, se partirá, se secará, se pudrirá y se desvanecerá; y la luz inmortal, llena de alegría y juventud, con millones de luces de colores, alumbrará el universo como si fuera la primera mañana.

2. Es por necesidad de autocultura, que la superstición de Viajar, cuyos ídolos son Italia, Inglaterra y Egipto, sigue fascinando a todos los estadounidenses cultos. Los que hicieron a Inglaterra, Italia, o Grecia venerables en la imaginación lo lograron manteniéndose en donde estaban, como un eje terrestre. En la hora del arrojo, sentimos que nuestro lugar es el deber. El alma no es viajera; el sabio se queda en casa, y cuando sus necesidades, sus deberes, en alguna ocasión lo sacan de su casa, o lo llevan a otras tierras, se está quieto en su casa, y hará a la gente sensata con la expresión de su semblante, ya que va como el misionero de la sabiduría y la virtud, y visita a ciudades y a las personas como un soberano, y no como un intruso o un criado.

No tengo ninguna objeción grosera a la circunnavegación del globo, para propósitos artísticos, de estudio y de beneficencia, por lo que la persona está domesticada, o no viaja esperando hallar algo mayor de lo que conoce. Aquel que viaja para divertirse, o para conseguir algo que no porta, viaja para alejarse de sí mismo, y envejece entre cosas viejas, aunque esté joven. En Tebas, en Palmira, su voluntad y su mente envejecen tanto como esas ciudades. Añade ruinas a las ruinas.

Viajar es el paraíso de los tontos. Nuestros primeros viajes nos demuestran la indiferencia de los lugares. En casa soñaba que en Nápoles, en Roma, me embriagaría de belleza, y perdería así mi tristeza. Empaco mi valija, reúno a mis amigos, me embarco, y al fin despierto en Nápoles, y veo ante mí la dura verdad, el triste yo, inexorable, idéntico, del cual huía. Busco el Vaticano, y los palacios. Busco embriagarme con visiones y sugerencias, pero no me embriago. Mi gigante me acompaña doquiera que vaya.

3. Pero la moda de los viajes es un síntoma de una corrupción profunda que afecta toda la acción intelectual. El intelecto vagabundea, y nuestro sistema educativo fomenta el desasosiego. Nuestras mentes viajan mientras nuestros cuerpos se ven forzados a quedarse en la casa. Imitamos; ¿y qué es la imitación sino un viaje de la mente? Nuestras casas están construidas según los gustos de afuera; nuestras estantes están llenos de adornos extranjeros; nuestras opiniones, nuestros gustos, nuestras facultades, flaquean, y siguen lo Pasado y lo Distante. El alma creó las artes en cualquier lugar que florecieran. Fue en su propia mente que el artista buscó su modelo. Fue una aplicación de su propio pensamiento a lo que debía hacerse y a las condiciones que debían observarse. ¿Y por qué tenemos que copiar el modelo Dórico o el Gótico? La belleza, la utilidad, la grandeza del pensamiento, y la expresión pintoresca están tan cerca de nosotros como de cualquier otro, y si el artista estadounidense estudia con amor y esperanza lo que debe hacer exactamente, considerando el clima, el suelo, los hábitos y la forma de gobierno, creará una casa en la que todas estas cosas hallarán un lugar apropiado, y también se satisfarán el sentimiento y el gusto.

Insistí en tus capacidades; nunca imités. Podés presentar en todo momento tu propio don con la fuerza que da toda una vida de cultivarlo; pero sobre el talento que adoptás de otro, sólo lo posees a medias, de improviso. Las cosas que cada quien puede hacer bien, sólo su Creador puede enseñárselas. Ninguna persona sabe lo que es, o de lo que es capaz, hasta que lo haya demostrado. ¿Dónde está el maestro que pudo haberle enseñado a Shakespeare? ¿Y dónde está el maestro que pudo instruir a Franklin, a Washington, a Bacon, o a Newton? Toda gran persona es única. El Escipionismo de Escipión es precisamente la parte que no podía tomar prestada. Nunca se logrará hacer un Shakespeare estudiando a Shakespeare. Hacé lo que se te asignó, y no podrás esperar demasiado ni atreverte a hacer demasiado. En este momento hay para vos una declaración valiente y grandiosa como la del colosal cincel de Fidias, el palustre de los egipcios, la pluma de Moisés, o la de Dante, pero diferente de todas ellas. Probablemente sea imposible que el alma que es toda riqueza, toda elocuencia, con lengua múltiple, se digne repetirse; pero si escuchás lo que dijeron estos patriarcas, de seguro podrás responderles con el mismo tono de voz; ya que los oídos y la lengua son dos órganos que comparten su naturaleza. Morá en las regiones simples y nobles de tu vida, obedecé a tu corazón, y reproducirás el Mundo Antiguo.

4. Como nuestra Religión, nuestra Educación, nuestro Arte ven al exterior, también lo hace nuestro espíritu social. Toda la gente se jacta de mejorar la sociedad, y nadie mejora.

La sociedad nunca avanza. Retrocede por un lado, tan rápido como avanza del otro. Sufre cambios continuos; es bárbara, es civilizada, es cristiana, es rica, es científica; pero este cambio no la adelanta. Por cada cosa que se agrega, otra se arranca. La sociedad requiere nuevas artes, y pierde viejos instintos. ¡Cuán grande es el contraste que se da entre el estadounidense bien vestido, que lee, que escribe, que piensa, que tiene reloj, un lápiz, y una letra de cambio en el bolsillo, y el Neozelandés desnudo, cuyas pertenencias son su maza, su lanza, su manta, y la décima parte de un cobertizo íntegro para dormir! Pero compará la salud de estos dos individuos, y verás que el blanco perdió su fuerza aborigen. Si el viajero nos dice la verdad, cuando herís al salvaje con un hacha, en un par de días la herida se cierra y sana, como si hubieras atacado un poco de brea, pero si herís así a un blanco, lo enviás a la tumba.

La persona civilizada hace coches, pero ya no usa los pies. Se apoya en muletas, pero no puede apoyarse en sus músculos. Tiene un bonito reloj genovés, pero no puede calcular la hora mediante el sol. Tiene un almanaque náutico de Greenwich, y por tal está seguro de tener la información a su alcance, pero no puede reconocer ni una estrella cuando sale a la calle. No observa los solsticios; casi no sabe nada de los equinoccios; y el brillante calendario anual carece de un indicador en su mente. Sus libretas de apuntes deterioran su memoria; sus bibliotecas sobrecargan su agudeza; la oficina de seguros aumenta el número de accidentes; y cabría preguntarse si las maquinarias no se dañan; si no hemos perdido por refinamiento parte de nuestra energía, por un cristianismo atrincherado en formas e instituciones, algo del vigor de la virtud salvaje. Como cada estoico era un estoico; ¿dónde está en el cristianismo el cristiano?

No hay mayor desviación en el estándar moral que en el estándar de la altura o el volumen. No hay hoy mayores hombres que antes. Se puede observar una igualdad singular entre los grandes hombres de los primeros y de los últimos siglos; ni pueden toda la ciencia, el arte, la religión y la filosofía del siglo diecinueve lograr educar mayores personas que los héroes de Plutarco, hace tres, o cuatro o veinte siglos. Ni progresa la raza con el tiempo. Foción, Sócrates, Anaxágoras, Diógenes, eran grandes hombres, pero no dejan clase. Aquellos que son de su clase no serán llamados por esos nombres, sino que serán personas propias, y a su vez, fundarán una secta. Las artes e inventos de cada periodo son sólo su vestido, y no fortifican a la gente. El daño de la maquinaria mejorada puede compensar su bondad. Hudson y Behring lograron tanto con sus barcos pesqueros, que impresionaron a Parry y a Franklin, cuyos equipos agotaron los recursos de la ciencia y el arte. Galileo, con unos anteojos para la ópera, descubrió una serie de fenómenos celestes más espléndidos que cualquiera de sus antecesores. Colón encontró el Nuevo Mundo en un barco que no tenía cubierta. Es curioso ver el desuso periódico en el que caen, para luego perecer, los medios y las maquinarias que fueron presentadas con grandes pompas hacía unos cuantos años o siglos. El gran genio regresa al humano esencial. Estimamos los avances en el arte de la guerra como uno de los triunfos de la ciencia, y sin embargo Napoleón conquistó Europa con el vivaque, que consistía en apoyarse en el valor puro, y desembarazándolo de toda ayuda. El Emperador no pudo hacer un ejército perfecto, nos dice Las Casas, "sin abolir nuestras armas, polvorines, comisarios y carruajes, hasta que, imitando la costumbre Romana, el soldado recibiera su porción de maíz, para que lo moliera en su molino y cocinara su propio pan".

La sociedad es una ola. La ola se mueve hacia delante, pero el agua que la compone no se mueve. La misma partícula no se levanta del valle a la colina. Su unidad es sólo fenomenal. Las personas que construyen una nación hoy, mueren mañana, y su experiencia con ellos.

Y así la confianza en la Propiedad, incluyendo la confianza en el gobierno que la protege, es la necesidad de autoconfianza. La gente se ha alejado tanto de sí misma y de las cosas, que ha llegado a estimar a las instituciones religiosas, eruditas, y civiles como guardianes de la propiedad, y desaprueba que las ataquen, porque siente que atacan a la propiedad. Miden la estima de cada persona no por lo que es, sino por lo que tiene. Pero una persona culta se avergüenza de sus propiedades, puesto que siente un nuevo respeto por su naturaleza. Odia particularmente lo que tiene, si ve que es un accidente, sea que lo obtuvo por medio de regalos, herencias, o robos; entonces siente que no tiene; porque no le pertenece, no tiene raíces personales, y meramente yace ahí, porque ni la revolución ni los ladrones se lo llevan. Pero lo que una persona es forzosamente lo adquiere, en todos los casos, y esto que adquiere es propiedad viviente, que no espera someterse ni a gobernantes, ni a las masas, ni a las revoluciones, ni a los incendios, ni a las tormentas ni a bancarrotas, sino que se renueva perpetuamente doquiera que la persona respire. "Tu heredad o porción de la vida -decía el Califa Alí-, es la búsqueda de ti mismo; por tanto no te afanes buscando otras cosas". Nuestra dependencia en estos bienes foráneos nos lleva a la esclavitud respetuosa por las cantidades. Los partidos políticos se reúnen en inmensas convenciones; mientras mayor sea la concurrencia, y con cada nuevo grito de anuncio: ¡La Delegación de Essex! ¡Los Demócratas de Nueva Hampshire! ¡Los Whigs de Maine!, los jóvenes patriotas se sienten más fuertes que antes porque se añaden miles de ojos y brazos. De igual manera los reformistas organizan convenciones, y votan y deciden en multitud. No es así, ¡oh amigos!, como Dios se dignará entrar en ustedes y vivir con ustedes, sino de un modo completamente opuesto. Sólo cuando una persona arroja de sí toda ayuda extranjera, y se yergue sola, la veo como una persona fuerte, que prevalece. Se debilita con cada persona que se reclute bajo su bandera. ¿No es una persona mejor que un pueblo? No le pidás nada a la gente, y en la mutación infinita, vos [debés ser] la única columna que debe aparecer como sostén de todo lo que te rodea. Aquel que sabe que el poder nace adentro, que es débil porque ha buscado el bien fuera de sí, en todas partes, y percibiendo esto, se deja caer de lleno en sus pensamientos, de inmediato se endereza, se mantiene firme, domina sus miembros, hace milagros; del mismo modo que una persona que se para sobre sus pies es más fuerte que aquella que se para sobre su cabeza.

Por tanto, usá todo lo que se llama Fortuna. La mayoría de la gente juega a la lotería con ella, y gana todo, y pierde todo, según gire la rueda. Pero vos consideralas ganancias ilícitas, y entendete con la Causa y el Efecto, los cancilleres de Dios. Adquirí y trabaja en la Voluntad, y habrás encadenado a la rueda de la Suerte, y ya no temerás sus giros. Una victoria política, un incremento en la renta, la recuperación de un enfermo, o el regreso de un amigo ausente, u otro evento favorable, elevan tu espíritu, y pensás que vienen tus días buenos. No lo creás. Nada te puede dar la paz, excepto vos mismo. Nada te puede dar la paz, excepto el triunfo de los principios.



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