Joaquín García Monge 1881-1958El Moto

Costumbres costarricenses

Joaquín García Monge,

Costa Rica 1881-1958


I

Era Desamparados por entonces un barrio de gamonales en su mayor parte, vecindario escaso repartido en unos cuantos caserones sembrados sin orden aquí o allá. Calles tiradas a cordel únicamente tenía las que formaban el cuadrante de una ermita sucia de forro, con las paredes sin encalar; por lo demás, una red de veredas al través de potreros y cercados le servía de comunicación con los pueblos limítrofes de Patarrá, las Cañas ( hoy San Juan de Dios ), Palo Grande ( San Rafael actual ) y un camino extenso conducía al viajero a la vecina aldea de San Antonio.

Por obra y gracia de algunos y de común acuerdo con el venerable Cabildo Eclesiástico de San José, el barrio había echado en olvido su primitivo nombre de Dos Cercas, para ponerse bajo el patronato de la Virgen de los Desamparados, la cual vivía a la sazón -sin perifollos en la vestidura- en el santuario dicho y ocupaba un altar, sin más adorno que las flores llevadas por sus feligreses.

Nada desamparados anduvieron, por cierto, nuestros abuelos: los maizales y frijolares se iban arriba con un vicio que hoy se pagaría por verlo -como dicen añejos restos de aquellas generaciones- ; los ganados se criaban retozones en los potreros y anualmente las trojes se llenaban de bote en bote.

La posición topográfica del barrio, magnífica de todo punto: situado a no larga distancia de las montañas que por el Sur y el Este lo rodean, por aquellos días ostentando el lejo de los bosques y hoy desfiguradas por el tijereteo de los cañadulzales, los marcos que señalan la división de potreros y bienes, y por las abras y zocolas; sin riesgo de que un viento se viniese revoltoso barriendo habitaciones y sembrados, ni de que un río se botara afuera y de un sorbo se tragase cuanto había.

Item más. La sociedad un tanto patriarcal de aquellas gentes, sujetas las voluntades a la del cura don Yanuario Reyes; por hombres de pro, el señor Alcalde y el no menos respetabilísimo señor Cuartelero -el Juez de Paz de antaño con las prerrogativas de hogaño-; señorón y medio lo era el maestro de escuela don Frutos y no menos encogollados lo fueron, tanto por su posición holgada, cuanto por el temple de carácter, tres o cuatro ricachos campesinos.

Uno de los cuales era don Soledad Guillén. Su casa, de techumbre empotrada sobre retorcido horconaje y paredes de un relleno macizo de adobes, hallábase situada en un altozano y a pocos pasos de los ríos Damas y Tiribí.

La tarde en que esta historia comienza, vísperas de la Concepción por más señas, era de harto trajín para los habitantes del barrio, pues una costumbre inmemorial los traía en carreras.

La luminaria de don Soledad era de lo más concurrido. Vistoso panorama ofrecía su casa, visitada por un sinnúmero de campesinos, enamorados hasta el tuétano y atraídos por las mozas que afluían por la tranquera de entrada, guapetonas ellas, cual más, cual menos airosa, cargando a los cuadriles hojas secas de plátano.

Interin, los labriegos, trayendo también su acopio de hojas de caña, aprovechaban las horitas muertas, robadas de cuando en cuando a sus labores diarias, para pescar, ya de un modo ya de otro, un meneo de cabeza, de esos que las novias saben dar tan bien y con esto un relampagueo de pasión.

Don Soledad se descoyuntaba en cumplidos con los señores de más copete, sentados en aquel momento en los toscos escaños del corredor, observando el animado bullicio de la muchachada -según decía el maestro don Frutos- a quien con sus asomos de regocijo, los ojos se le iban detrás de los rústicos y mozuelas, discípulos de otros años y a los cuales quería como hijos.

La luminaria empezó por fin: los jóvenes de ambos sexos puestos en cuclillas a ambos lados de una vara y con el brío de los dieciocho veranos, amarraban con presteza rollitos de hojas, cruzándose a medias cuartetos almibarados.

De entre aquel puñado de cabezas, salía de rato en rato una carcajada general motivada por las bromas del más atrevidón y la sangre se agolpaba en oleadas a las mejillas de las núbiles labradoras, al escuchar los requiebros de los mancebos.

Aclamado por un tata agüelo, tata agüelo, apareció en la solana un viejecito tembloroso, con su chaqueta de cuero de diablo lustrosa como un espejo, sus pantalones ajustados a unas piernas arqueadas que movía lentamente: era don Soledad.

Enternecido por el recuerdo de tiempos mejores lanzó un grito prolongado, seguido por los de los concurrentes: reventó cuantas bombas y cohetes pudo y acercándose a la luminaria -clavada ya en tierra y con sus hojas tendidas oblicuamente- la aplicó el fuego de un candil.

El abuelito -después de separarse de sus buenos amigos- entraba minutos más tarde a su cuarto y pasándose la palma sudorosa de la mano por sus ojos lacrimosos, concluyó por canturrear:

"Siempre pa la Conceición
ha de haber ceniza en el jugón".

Terminado el murmullo de las familias y convidados al despedirse, la casa quedó en silencio.
Afuera y muy cerca de la capilla de la Virgen, se desprendía a ratos un güipipía, güipipía; eran las explosiones amorosas del Moto, anunciando a su novia que ya iba lejos.

II

¡Ay de quien le hubiese sorprendido en aquellas ocupaciones! se habría llevado un redoble de pescozadas, así hubiese sido el mismísimo Presidente de la República o su más íntimo amigo don Sebastián Solano.

Esparrancado en un cuero, con el espinazo en arco como el de un gato sentado, las antiparras -de vidrios azules montados en armadura de madera negra- encajadas sobre el lomo de las narices, se hallaba don Soledad, contando las ganancias del año y con los ojuelos verdes y hundidos refijos en los montoncitos de reales, escudos y medios.

El vetusto lugareño, vestido con una camisa blanca en otros días y ahora tirando a semejar de zaraza por las manchas, y con los pies metidos en zapatones de capellada abierta, hablaba entrecortado y valiéndose de los dedos para llevar el cálculo:

-Un rial, dos riales, tres... diez riales, vengan p´acá. Un escudo... dos... cinco: a ver un escud... dos... cinco... y diez: éstos caminen p´allá -y poniéndose en pie agregaba un grupito a la hilera que se extendía en una larga mesa.

Así pasó todo el santo día, sin asomos de probar bocado, echa y más echa con fruición, las monedas en mochilas de cáñamo teñido y con las orejas sin repliegues atentas al menor ruido. Y cuando la tarde se vino encima, el gamonal, apeándose las antiparras y restregándose los ojos, -así que hubo asegurado las cerrajas que custodiaban las riquezas en una alacena- y después de un prolongado bostezo, salió por los amplios corredores a respirar el aire, que en bocanadas se dejaba venir fresquito y cosquilloso de los potreros. Con aire patriarcal y rezando una oración de gracias a Dios, se dio una vuelta por la casa: echó primero una mirada a las trojes, de allí al trapiche y se informó si los yugos y aperos de labranza se encontraban en su lugar; anduvo por el corral, pasó cerca de los chiqueros; tendió su vista por los campos y notó que los ganados, pasado el ramoneo del día, íbanse llegando a buscar el calorcito de la casa; miró a los vecinos del barrio que allá, en el bajo, cogían el agua del Tiribí y en cambio a la del Damas ni caso le hacían, porque según las creencias vulgares era salada.

A poco, con semblante algo mohíno y ya de regreso, desató la hamaca, que hecha un nudo colgaba de un extremo a otro de la sala y tendiéndose a la bartola, acomodó su rancia humanidad en la red de cáñamo.

De pronto alzando la cabeza dijo: -Miquela, el tibio y la rellena.

A la orden estuvo doña Micaelita, su esposa, de cuerpo echado delante y enaguas a media pierna, con una batidora de chocolate y una tortilla de queso. Temblando se acercó a su marido: ¡si bien sabía la pobre los berrinches que en tales ocasiones se gastaba Soledá!

Apenas el chicharrón desde un árbol cercano hubo anunciado las seis de la tarde e impuesto silencio al infierno de chicharras, que se habían llevado todo el día reventando los oídos con su fastidioso arruuuu, arruuuun, don Soledad rebulléndose en su hamaca, dijo con acento perentorio:

-Al rosario, muchachos.

Bien pronto, se agruparon los gañanes, mansos como bueyes, y en voz alta rezaron el rosario que don Soledad seguía.

Sin chistar palabra y pendientes de las miradas del gamonal, uno a uno fuéronse retirando a su tabuco, entre los muchos que había hacia el costado derecho de la casona.

Cada peón desarrolló su cuero, puso por almohada un palo de balsa envuelto en trapos y abrigándose en su chamarro se tendió a dormir con la más perfecta tranquilidad.

Don Soledad, a su vez, echado en su rústico camastro, pasó un rato en vela, pensando en sus negocios.

¡Hombre aquél, para quien la exigencia y el orden marchaban aunados! ¡Férrea mano que sujetaba muchas cervices! Varón virtuoso -que lo mismo se iba caballero sobre una mula de esta finca a la otra- como ocupaba el puesto de Alcalde o de Cuartelero cuando se ofrecía! Igual cosa era para él -irse con un par de alforjas al pico de la albarda y otro en la grupa de su cabalgadura, llegar a los sitios y con sus manos agrietadas esparcir en las piedras la sal y gritar: tom, tom, tom, llamando a los animales -como ponerse de rodillas, quitarse el sombrero y rezar al compás de los golpes de pecho, tres veces el ¡Ave María! -sin atender a horas ni a lugares- en el momento de Alzar en el sacrificio de la misa.

¡Y tal hombre era ni más ni menos que el padre de Cundila Guillén!

III

¡Ave María Purísima! ¡Ave María Purísima! ... exclamaba don Soledad desde su camastro, a las cuatro de la mañana del día siguiente, arrebujado aún en su cobo, con la cabeza ceñida por un pañuelo y con las manos llevadas a la frente.

-Gracia Concebida. Gracia Concebida. -respondió doña Micaela, luego Cundila y Rafael: por los cuartos sólo se oía el rumor de todos los peones contestando: Gracia Concebida.

El gamonal ensartóse los pantalones y los chanclos y publicó tres veces:


Todo el orbe cante
con gran voluntá
el trisagio santo
de la trenidá:
Santo, Santo, Santo
es Dios de verdá
siendo trino y uno
con toda igualdá

Las últimas palabras se las cogió doña Micaela, para seguir cantando el trisagio otras tantas veces, ínterin se ajustaba al cuerpo las enaguas y ponía en su lugar las gargantillas y escapularios que de su cuello pendían.

-Santo, Santo... Viva Jesús, viva su Gracia... -repitieron Cundila y la india Chon, inseparables siempre, llegando a la cocina, donde iba a preparar el desayuno para los trabajadores.

Así empezaron, pues, las tareas cotidianas. En los patios algunos de los gañanes pasaban y repasaban la hoja de los cuchillos, machetes y hachas por el mollejón; otros se hacían por las coyundas; cuáles, arremangándose las perneras, se las ligaban con un cordel a las canillas.

Con ser aquel lunes el primero del mes de marzo y observando la costumbre largos años implantada, los dos hijos mayores sacaron el ganado de los potreros para llevarlo a tomar las aguas tibias y salobres.

Don Soledad y las cuadrillas de peones que a su servicio tenía, se repartieron las tareas. Rafael y otros cuantos ataron las terneras, para quitarles las marañas pelosas de la cola y hacer de ellas los durables cabestros. Esto, cuando no había que poner la marca candente en las ancas de los animales jóvenes; ¡operación difícil, en la que hubo de tenérselas tiesas con el gamonal!
¡Cuántas ocasiones ya la becerra tirada de costados, por el descuido de alguno, se levantaba mugiendo y repartiendo cornadas! Entonces, pobre del que flaqueó: con tres varillazos le aseguraba don Soledad su dolorcito de espalda, dos días por lo menos.

Como a las ocho de la mañana de aquél, un mozo de agradable catadura, salió de su casa -sita, por más señas, detrás de la parroquia- a cumplir sus obligaciones diarias.

En la zurda llevaba unas cuerdas y apurando el paso decía de corrida:

-A recoger el diezmo por San Antonio; y brincando de alegría como un ternero, se perdió por entre los charrales, para dejarse ver minutos después, tirando del cabestro de dos mulas barrosas.

Cruzó el saludo de costumbre y el mozo, como entendido en su oficio, metióse por los cuartos traseros de la casa de don Soledad, sacó las enjalmas de ambas bestias y puso sobre cada una un par de árguenas y dándose una vueltecita por la cocina, dijo:

-Hasta luego.
-Sí, hasta luego -contestó doña Micaela.
-Dios lo lleve con bien -añadió Cundila, clavando unas miradas de las que ella tenía, al mancebo simpaticón, el cual repuso a su torno: -Amén.

Y atizando dos traillazos a cada acémila, salió a pedir el diezmo.

De acuerdo con Cundila, el guapetón silbó antes de salir a la calle una canción amorosa; a las doscientas varas siguió la ruta para San Antonio.

-¿Hay diezmo? -preguntaba de casa en casa, secamente o con un cuarteto oportuno a renglón seguido, por lo común.

-Sí, aguárdese un poquito -respondían de adentro- y vengan de aquí diez tapas de dulce y vengan de allá doce cuartillos de maíz y seis de frijoles.

Cuando tuvo rebasados los canastos de ofrendas, -el diezmo de la cosecha de don Soledad, mediante un contrato, se obligó a mandar a San José- el muchacho regresó a los Desamparados.

A poca distancia de la casa cantó:

Ya con ésta me despido
florecita de cubá
que no hay cosa más amarga
que un amor sin voluntá.

Y en la despensa, Cundila al escucharle, decía con el retozo que se le escapaba por todas partes:

-¡Oh, loquillo de José Blas, ya está de vuelta!

IV

José Blas era su nombre de pila, de acuerdo con don Yanuario, los tatas, el padrino y algunos allegados. Aún no le habían despechado, cuando murió su padre, un campesino buenote y como Dios manda, escaso de haberes, mas una chispa para el trabajo, a consecuencias de una fiebre pescadita allá por las Salinas, es un verano que pasó con don Soledad haciendo algunos contratos de tercios de sal.

La madre por de pronto, continuó viviendo junto con su hijo de los almuerzos que de la vecindad le enviaban, amén de los realitos ganados en rezos, para los cuales es fama que se pintaba, porque poseía un memorión bárbaro para aprender cuanto en letras de molde se escribió, sobre trisagios y letanías.

Por lo demás, sus congojas eran muchas, sobre todo en las noches por la escasez de luz. Hartas veces tuvo que salir a la calle alumbrada por un tizón encendido o cuando más por un sartal de higuerillas: el candil y la vela de sebo, eran un lujo que apenas se gastaban los ricos como don Soledad.

Un día, como por ensalmo -cansado Dios sin duda de verla tan acoquinada en este mundo- la mandó unos ataques del corazón y al contar tres, no hubo más, y la señora Nicolasa, pues así se llamaba, arrolló los petates para el otro barrio, y la miniatura de José Blas, con seis años justos, fue entregada a su padrino don Sebastián Solano.

Se crió José Blas algo canijo, con los perfiles de su madre, a la cual no le perdió patada -en el sentir del clérigo don Yanuario.

Cuando entró a la escuela, alguno de sus compañeros, con atisbos de encono, le llamó el Moto y así se prosiguió apellidándole dentro y fuera de su casa.

De la cual salía luego de asearse lo conveniente y en unión de sus amigos echaba a andar, repitiendo en coro el Dios te Salve, hasta llegar a la escuela, donde se elevaba a Nuestro Señor la oración de entrada.


Era el maestro don Frutos un hombre descalzo, metido de piernas en unas bragas azules amarradas a la cintura por una banda de redecilla morada; una chaqueta cerraba su busto corto y apretado; tirando a mestizo, tenía los carrillos lucios e inflados como los de un trompetero, el mostacho de pelambre ralo y tieso como el de un gato, la melena lucia, sin una cana y partido en el medio por una raya hecha en la cabeza. Setentón era él, con una musculatura envidiable y muy potente para alzar de las orejas, hasta hacer ver a Dios, a cualquiera de sus alumnos. Los cuales a la sazón ocupaban toscas bancas y escribían en hojas de plátano y sobre las rodillas; por única pluma la del chompipe unos, la del zopilote otros, y por toda tinta el jugo del ojo de buey cele.

Don Frutos, maestro y sacristán, vivía muy campante entre sus discípulos, mozos todos en el verdor de los años, sanotes en su mayoría, quienes bien pronto dejarían aquel cuartucho largo y bajo de techo como una caja de fósforos, de suelo hecho rajas y costurones, de paredes viejas y con grietas -a modo de muecas- por donde salía a tomar el sol tal cual lagartija. Pues digo que aquellos muchachos contaban ya pocos días para no respirar más el aire tibio del camaranchón escolar y partir para sus labranzas a echarle el ojo a la moza de su gusto. De las cuales, don Frutos guardaba su puñado y bajo su férula, junto con los mancebos y a las que trataba punto menos que con dureza, pues muchas de aquellas manecitas se habían soplado tres o cuatro palmetazos de los suyos.

Don Frutos, solterón hasta la pared de enfrente, componedor de altares y muy arrimado a la iglesia, parecía llevar estampado en su frente ancha y de angulosas entradas: "La letra con sangre dentra".

Y de veras que era un esclavo de este aforismo absurdo. ¿Qué el niño no sabía una de las cuatro reglas de aritmética ni las repetía como un loro? Allá te va tamaño reglazo por la cabeza. ¿Que no entendía en moral? Allá te va otro. ¿Qué no leía de corrido el Catón Cristiano o no recitaba al dedillo algún principio? Aguántese media docena de soplamocos por la cara o tres güizaros por las orejas. ¿Que alguno hacía de las suyas? Ándese por ahí y en un extremo del aula le ponía de rodillas sobre granos de maíz, con los brazos abiertos y una piedra en cada mano.

Los viernes llegaba don Frutos a la clase con un semblante alegrón -como que era el último día de su semana escolar- y aguardaba antitos de las nueve a sus discípulos, quienes junto con el Catón y el almuerzo, traían el punto. ¡Ah! ¡El punto! ¡Dios los librara! , si hubiesen llegado sin él a presencia del maestro, como quien dice, sin naranjas uno, sin dulce y bizcochos otros.

Entonces recogía los vales que durante la semana habían recibido algunos de sus alumnos, en cuanto del cuidadito que se tuvieron de llevarle el punto, de antes y con antes.

Al mediodía, don Frutos, saliéndose al umbral de la puerta y con la diestra sobre las cejas, miraba la carrera del sol calculando que serían las doce, después de las palmadas y el rezo de salida, hacía desfilar a sus discípulos, quienes marchaban para sus casas cantando el Santo Dios, Santo, Santo.

En esta escuela pasó José Blas hasta los catorce años. Después se le consideró en el pueblo como un poeta, un cancionero gracioso que desde chiquillo bailaba como el que más y para endilgarle un cuarteto a cualquiera era nones.

Así, pues, cuando algún amartelado quería halagar a la novia que habitaba por Cucubres o por las Cañas, buscaba uno que tocara la tinaja, otro la vihuela y quien acompañara con los caites y a José Blas para que soltase cuanto encerraba en verso dentro de las paredes del cráneo. El se ganaba la palma y a él se le prefería en los turnos, bailes y fandanguillos. Por esto y nada más, don Soledad habíalo dedicado a pedir el diezmo, por la gracia con que lo hacía.

José Blas a la sazón no tenía más amparo en el mundo que su padrino. La viejecita Avendaño, tía de don Sebastián y amiguísima de la que fue Nicolasa y con la que era como la uña y la carne, solía tratarle muy bien y decíale una vez que otra:

-¡Jesús, hijitico, ni cosa más parecida! ¡Si sos el retrato de la dijunta Colasa!

Tocaba ya los veintidos años y un ser no más era su encanto, por lo cual no se había ido a buscar una fiebre, por la costa y a cuyo recuerdo la muerte de su madre no le abatía por completo; para ese sólo iban sus requiebros de amor y por él, lo mismo recogía puntualmente el diezmo, como echaba abajo un árbol de la montaña.

Y era el tal ser Secundila Guillén, Cundila por cariño.

V

Las lluvias primeras habían caído: del suelo se exhalaba un vaho de remojada tierra; empezaban ya a verdeguear los prados, y a brotar los botones en los ramajes de los árboles y las Lágrimas de María por los cercados y el pasto tierno a puntear en los potreros.

Con ser el día tercero del mes de mayo, las gentes del barrio realizaban su devoción por la Santa Cruz y tenían arrimaditas al pie de los pilares de la solana, cruces de plátano y de madera, adornadas de cuantas flores dio la vega.

El sol ya rato salió y se dejaba sentir un calorcito fatigoso: de los platanares se desprendía un tenue vapor; las vacas ordeñadas tempranito, se arrimaban a lo largo de la cerca en actitud soñolienta.

Doña Benita Corrales, hermana de madre de don Soledad, pasaba por una de las viejas más devotas y acomodadas de los Desamparados.

Vivía sola, entregada a sus oraciones, al cuido de sus gallinas y demás quehaceres, Gran admiradora de los curas, manifestaba harto celo por todo lo que fuese solemnidades religiosas y según hablillas del vulgo, muy delicada para eso de velas, rosarios y otras alegrías populares. Iba únicamente a la ermita gastándose un airecito refunfuñón, sin detenerse a chismear con los vecinos, ni cruzarse más que los "buenos días le dé Dios" y éstos, muy secos e indiferentes.

Entrada en años, pero sin atisbos de canicie, recorría sin orden su cara desde la frente hasta el cuello, una de surcos, de los cuales dos eran tan profundos que partiendo de la barbilla subían por el labio inferior hasta la nariz; a esto se debió que de diario hiciese una mueca marcadísima.

Consistía su mayor gozo en el empleo de gran parte de su dinero en pólvora, condumios y lo demás para adorar la memoria de la Santa Cruz. De tal modo que su casa en aquel día, era punto menos que la de su hermano en las vísperas de la Concepción.

La casa de doña Benita, plantada en un extremo de la plazoleta ofrecía a la vista ventanas voladas con rejas de madera, puertas que giraban sobre ejes cortos y jardines a los costados.

Varias cruces pintadas en forma de franjas blancas, rojas y amarillas, pendían de las paredes y eran allí el único ornato: otras hechas de piñuela en sazón y cubiertas de chinitas, componían los regalos a la señora.

La sala era espaciosa. A un lado una mesa hermoseada: de sus bordes salen ramas de uruca en arcos, y de los ramos penden flores encendidas. En el fondo y como acurrucada entre la verdura, con abundancia de ribetes -como hecha de encargo-, la cubre el cuerpo; enaguas rameadas y con estrellitas, se ajustan al extremo inferior. Agréguese a esto algo que resalte, una tela chillona hecha un bulto redondo y puesta en la parte superior y tendremos una copia de esas muñecas de trapo que usan las niñitas y por la cual tienen veneración profunda los campesinos


Por añadidura: un pañuelo con pájaros caído hacia delante y encima de los brazos de la cruz y unidas a las puntas por una espina, le viene de rechupete.

Doña Benita, que de curiosa peca, ha colocado a guisa de gargantilla y junto con un rollo de cadenas, un rosario tradicional de cuentas de vidrio azul, con mexicanos y cortadillos de por medio.

Los gañanes se han entrado por los patios y corredores, como Pedro por su casa. Al pie de un mango, crecido número de hombres hacía rueda a dos, que apoyados en la pierna izquierda, jugaban a la tabla. Cuales más devotos están tragándose los rosarios, seguidos por un anciano de hablar gangoso, que tiene en la zurda tamaña sarta de cuentas de San Pedro: va enumerando los misterios.

Doña Benita, ora se dirigía a la despensa y sacaba un puñado de rosquetes de un baúl enorme, para dárselo a hurtadillas a una de sus comadres, ora apuraba a las muchachas de su servicio. De las cuales dos asomaron por la puerta de la cocina, muy agitadas y con la cara hecha una sonrisa.

-Por las cuartetas que en el trapiche te echó, da a conocer que te quiere mucho. Pobrecillos, viste cómo se jueron detrás de nosotras hasta el riu.
-Sí. Lo malo es tía Benita, bien sabés lo brava que se pone -respondió Cundila.
-Adió. Si hoy ni se conoce de buena; si hay que hacer una raya en el cielo.
-Esta noche en el fandango vas a ver qué contestadillas pa José Blas.

Y al decir esto, Cundila agarró la cara de su amiga, le imprimió un beso y dos palmotazos por un cachete y desapareció por entre los cuartos.

VI

Bien decía el padre Yanuario: -"Bonitas las mañanas de abril y las noches de octubre". Y aquélla con ser una noche del mes de mayo, no le iba en zaga a las anteriores; aquí abajo los campos respirando frescura y sosiego, y el Tiribí llevando la nota más alta del barrio al quebrar su corriente contra los pedrejones de su lecho; allá arriba el cielo limpio y azul, amplio escenario que servía de paseo a la luna, por entonces asomándose en la escotadura de dos jorobas, con su faz llena y radiante; las nubes formaban denso cendal por las laderas de las montañas y eran marcadísimo indicio de un aguacero contenido: ahora dejaban el valle e iban subiendo por las faldas o bien quedándose en la mitad parecían torres en el aire -ya se encaramaban por la cumbre y, como barridas en grupos unas detrás de otras-, a modo de grandísimos patos en desfile, si apenas le daban tiempo a tal cual picacho, para ostentar el azul oscurón de su frente.

Si en la naturaleza todo era quietud, en casa de doña Benita sucedía lo contrario : allí habíase concentrado la vida alegrona de las gentes del barrio.

Bajo el toldo de las cañas bravas al entrelazar sus copas y sobre un patio de suelo firme y plano, se desparramaban las agrupaciones de campesinos, dispuestos a bailar hasta más no poder.

Los músicos, a cual más parrandero, en su asiento de guayabo, arrancaban chillidos a la vihuela y al violín acompañados. De la masa compacta de hombres desprendióse uno y sacó sin cumplimientos la que fue de su agrado; corrieron luego otros y tirando de las jóvenes se prepararon a bailar. Ponían unos la diestra en la espalda y otros en los cuadriles de la pareja, levantaban por extremo el brazo izquierdo y harto separados, cogían una de dengues y meneos ridículos.

-¡El fandango, el fandango! -pidieron varios pasadas las tres primeras piezas-; ¡que salga el pueta con Cundila!


No se hizo aguardar el poeta y pareció entre el apretado círculo el mismísimo Moto, con su pelo arrollado en colochos por la cabeza, el ojo redondo y negro como el carbón, la oreja pequeña, delgado el cuello, el cuerpo enjuto y muy suelto de piernas.

Abriéndose campo y empujada por las amigas, estuvo después la más buena moza del barrio, y en los bailes la más espontánea. Con la frondosidad envidiable con que rompían sus tiernas envolturas las matas de maíz por los campos, así la galanota Cundila había desarrollado sus formas y adquirido esa redondez encantadora de una organización bien constituida.

A la sazón vestía ligeramente y era de verla con sus mejillas y brazos velludos, con toda la frescura de una calabaza en agraz y con sus dos trenzas echadas por la espalda y rubias como una melcocha de dulce.

Al rostro se le vinieron aquellos colores, por los cuales la india Chon acostumbraba decirla cuando la veía llegar de bañarse o de concluir alguna faena:

-Echá pa ver niña, esa cara es una rosa completa; parece rosa de Cartago con esas pinturas que Dios te ha dao.

Rompió la vihuela con el fandango y José Blas, en la misma dirección siempre, daba graciosos brincos.

Cundila alzó más arriba de la pantorrilla su enagua breve, movió las piernas y siguió a su novio. Este danzando alrededor de Cundila, la endilgó lo que sigue:

Asomate a esa ventana
linda cara y te veré
sacame una taza diagua
que vengo muerto de sé.

Cundila debía contestar y girando en rededor del Moto le dirigió con mil monadas esta cuarteta:

No tengo taza ni coco
nien que dártela a beber,
solo tengo mi boquita
qués más dulce que la miel.

Estos, al decir de los buenos viejos, "han quedao lucíos y tenía que ser asina, pos el pueta era muy listo y Secundila muy vivilla".

¡Cuánto saboreó el Moto aquellos minutos del suelto!; expansión única en sus horas de amor. ¡Qué rigurosidad la de los padres de Cundila y no menos la de su padrino! Salvo las miraditas que so pretexto del diezmo podía cruzar con ella, salvo tal cual palique cambiado en las tardes de molienda en el trapiche, o en una vela o a las orillas del Tiribí -lo demás del tiempo era de dura faena para él-. Por esto ... ¡oh, el fandanguillo!...

Pasaron nuevas piezas y volvieron a pedirlo. Bien pronto se vio entre todos una campesina redonda, encendida como una chira, que marcaba el compás con las piernas. Era la novia de Panizo y prima de Cundila. Cantó:

Ya con ésta me despido
paradita en la corriente
sólo mi negrito tiene
colochitos en la frente

Panizo por apodo -sin duda por su color moreno subido- el mejor amigo del Moto y el depositario de todas sus confidencias, turbado por la gallardía dominadora de su pareja, olvidó la contestación y exclamó con voz entrecortada:

Ya con ésta me despid...o
paradi...toen l´agua clara
sólo mi negrita tiene
camanances en la cara

Ya con ésta me despido
florecita azul celeste:
yo te he de querer negrita
aunque la vida me cueste.

Así, cual más cual menos, se dio el gustazo de decirle mil lindezas a su novia en aquella fiesta tradicional de la Santa Cruz, única en el año en que se divertían de veras.

Algunos emparrandados no poco, con el guarapo que se habían echado entre pecho y espalda, cantaban entre piruelas versitos non-sanctos, para diversión de los concurrentes, quienes por su parte se reían y zapateaban.

Andando un buen trecho de la noche, el Moto partió para su casa y al despedirse de Panizo éste le dijo:

-¿Idiay? ¿cómo le ha ido con la parrandita?
-Bien que ni pa qué, mano Grabiel. Primero Dios me divertío bastante. Cundila se quedó con la tía. Hasta mañana
-Que Dios lo acompañe, hermano.
-Amén.

VII

Seis meses habían corrido ya. Una tarde entraba don Soledad en la sala de su casa arrellanándose en su taburete de cuero, a pierna y brazos cruzados, la cachimba yendo de una comisura a otra de los labios, parecía satisfecho. Al verle -cambiando de posición- con su cara menuda y limpia de pelos sobre el puño de la mano, cogiéndose la barbilla salida y partida en dos y fijando la mirada largo rato en una de las pieles que pendían de los cuernos metidos en la pared a modo de perchas, se diría que un tumulto de ideas le agitaban y pensamientillos no comunes se le escurrían por los escondrijos del cerebro.

-Conque Sebastián se lleva a Cundila -habló por fin, dando un resoplido más de regocijo que de otra cosa. -Gracias a Dios, todo sea su santa voluntá.

¡Cundila! ¡Cuánto le costó a la pobre nacer! Fue el retoño tardío de ambos cónyuges, pero no se quedaba atrás -en robustez y gallardía- a sus once hermanos.

Estos habíanse casado ya, excepto Rafael -y por su fuerza de carácter -templado en la más rígida doctrina- semejaban peñascos y unas fortalezas en el trabajo.

Cundila era lo que se llama el querer de la casa. La india Chon, que desde la cuna velaba por ella, la adoraba más que a las niñas de sus ojos y era su compañera incansable en las faenas de la cocina y en las del campo. ¡Cuántas tardes la india zarandeó a Cundila entre sus brazos, cuando apenas tenía encima sus ocho años, y la entretuvo con los cuentos de la Cococa, la Tule Vieja y el Dueño del Monte!

Cundila por lo demás se fue arriba, andando los meses, con los bríos de una potranca y en la noche del fandango frisaba en los veinte abriles, días más días menos, es decir se encontraba en la verdura de los años.

Con el alba se ponía en pie: ella amarraba las vacas en el corral y con una fuerza no común apartaba los terneros de las mamas y gustaba verla arrepollada en el suelo tirando de las ubres henchidas; a la una de la tarde cogía los becerrillos por los potreros; tarea suya fue la de proporcionarse aclarandito el agua del río; no había ni en todo el barrio una que le pusiese la mano en aquello de lavar un motete de ropa o de moler una cajuela de maíz.

Estos y otros muchos recuerdos mascullaba don Soledad.

Media hora antes don Sebastián Solano -el padrino del Moto- se la había pedido, previo consentimiento de doña Micaela -con aquella franqueza que podía resumirse en estas palabras: -Y había de crer a lo que vengo Soledá: pos a pedirte a su muchacha; yo la jallo muy mujer en su casa.

-Todo sea lo que Dios quiera, Sebastián; si en tus papeles está escrito que Secundila ha de ser tu esposa, llevátela con bien-. Y era don Sebastián Solano lo que suele llamarse un buen sujeto. Años y más años habían caído sobre su cuerpo elástico y pellejudo y frisaba a la sazón en los cincuenta, aunque bien pudiera decirse que aparentaba diez menos. Como todos los de su época, a los veinte años no más, se hizo de una mujercita hacendosa y como bajada del cielo. Pero, como el hombre propone y Dios dispone, aquella vez no anduvo muy tardado el Señor en su decisión y de la noche a la mañana se llevó para el otro mundo a la cara mitad de don Sebastián, dejando por herencia no poco abatimiento en el ánimo de su marido y un diluvio de recuerdos entre las que vivió.
Canículas y más canículas pasaron sobre don Sebastián, desde entonces ocupado siempre en sus negocios de hombre rico. Un día viéndose tan solo, con sus muchas hermanas casadas, creyéndose muy redueño de sus potreros y montañas y advirtiendo qué a pelo le caía una tajada como la hija de don Soledad, se fue a pedirla y sería suya, según los perentorios designios del padre de doña Micaela, la cual echó para su saco lo que sigue: -Sebastián es muy bueno; yo me acuerdo como jué con la dijunta Trenidá. No le dio hijos, porque Dios no quiso, pero en cambios le dio más gustos...

Habíala visto primero muy engatusada con José Blas en el fandanguillo de la Santa Cruz y le encontró cuadriles de mujer hecha y derecha; después no perdió ocasión de echarle el ojo, disimuladamente es claro, como quien no quiere la cosa, sobre todo cuando pasaba por su casa con los almuerzos para los peones.

Está por demás decir que don Sebastián, un viejo frío y calculista, al principio sintió por Cundila algo así como un cosquilleo de ternura; luego un calorcito que se le fue asentando hacia el corazón, para ser después llamarada de amor.

Don Soledad, de común acuerdo con doña Micaela, recibió con los brazos abiertos a este chilindrinudo individuo y en consejo de familia, dispusieron que las bodas serían el veinte de enero del año siguiente.

VIII

No pocos pensamientos traían también al retortero a José Blas. Ni pizca había advertido de los apuntes amorosos de don Sebastián: ¡insensato él, si se hubiese metido en mala hora, en los asuntos que concernían a su padrino! Su adoración por Cundila redobló con los días, pero una barrera se le oponía a continuar adelante: ¿Cómo pedirla a los tatas? ¡Aquella sí era una empresa morrocotuda para el Moto!

-Sería alcanzar el cielo con las manos -dijo -ponérmele en frente a ñor Soledá-. No había más camino que seguir: irse al padre Yanuario; mediante él podría obtener lo que deseaba: ¡Era el clérigo tan bueno!: un paño de lágrimas para los necesitados. Cuando chiquillo muchos medios le dio y siempre que lo topaba por la calle decíale: -Ydiáy José Blas. Me voy a morir sin verte casado.

Y sin más ni más, aquel domingo se dirigió a casa del cura. Entróse el Moto por el portón de la calle, cruzó el patio empedrado, echó una ojeada a las trojes repletas de maíz y frijoles, a las pocilgas llenas de cerdos -fruto de las primicias- y a los corrales, oscuros por el sinnúmero de aves que había; llegó por la cocina, tuvo algunas palabras con mana Silvinia -beata al servicio de don Yanuario- y supo por ella que el cura estaba en la sala y su hermana en la iglesia. José Blas discurrió entonces de puntillas por las habitaciones interiores y tocó la puerta que daba al cuarto del Padre.

-Upe, upe, tata-padre -habló el Moto, impresionado no poco y con un friecito que le subía de las piernas a las caderas.
-Adelante, -respondió don Yanuario dirigiendo la vista por encima de los quevedos y fijándola en la puerta entornada ya por el Moto, quien se entró diciendo:

-Bendito, alabado sea el Santísimo Sacramento del altar; buenos días le dé Dios tata-padre- y poniéndose de rodillas besó la mano del cura.

El cual contestó:

-Así los tengas, hijo; que Dios te haga un santo- colocando una cinta de señal en la página de su lectura interrumpida de la Biblia.

Hizo crujir el sillón al dar la media vuelta sobre el asiento y como pudo acomodó el rollo de sus carnes.

El padre Yanuario era un misacantano de esos que se hacen estos cargos:

"Barriga llena, corazón contento y de ahí, vayan a la trampa ilustraciones y literaturas. Deme el Señor suerte, que el saber nada me importa; sepamos vivir como Dios manda y San Se Acabó.

Por lo demás su vida regalona podía resumirse así: levantarse tempranito, tomar leche al pie de la vaca, comer mucho, pero mucho; cristianar, casar o expedir el pasaporte para la otra vida a quien lo necesitase; darse una vuelta por sus hacienditas, leer una vez perdida y estar en la tertulia con don Frutos, el cuartelero y demás yerbas. Por toda sabiduría, sus refranes y unos adocenados latinajos.

-¿Y qué viento te ha echado por aquí? -preguntó al Moto, quien ocupaba una silla con los brazos cruzados y el sombrero a los pies.
-Pos cosillas que nunca faltan.
-Vamos a ver: algo te traés, porque un color se te va y otro se te viene a la cara.
-Pos es el caso que yo vengo a decile una cosa que ya días me tiene molesto.
-Afuera lo que traigás en el buche: para eso vivo en el mundo, para servir a quien me necesite. Ya se me pone, que no hay ni enredo... alguna noviecilla te ha hecho perder el tornillo.
-La verdad dice, tatica. Yo como no tengo en el mundo más amparo que el Señor, se me ha metido agora en la cabeza casarme -primero Dios y María Santísima- con la hija de ñor Soledá.
-¡Ajajá! con que a esa le has puesto la pista.
-A la mesma.
-Pero hay que amarrarse los pantalones con esa pieza de Judas.
-Sí padre. Pero a usted le consta que yo pa picar un trozo de leña -es feo decilo- me sobran fuerzas; pa esmatonar o paliar -aunque es mala la comparación- me ando en un pie; tengo mi yuntica de bueyes sardos y pailetas aperaditas y más que todo, Cundila me quiere mucho, pero muchísimo. Ella en sus rezos pide a Dios que me vaya con bien tuitico y otro tanto hago yo.

Cuando hubo concluído, creyó hallarse en el aire; no se atrevió a mirar de frente a don Yanuario; ¡cuánto dijo en un momento! Paseó entonces la vista por los armarios que guardaban las ropas y dinero del clérigo, los libros de consumo con el oficio, las piñas y cohombros esparcidos por las mesas, hasta que el padre Reyes se puso en pie, de cuerpo entero, un tanto echado adelante por la doble carga de la joroba que a las espaldas tenía y del abdomen extraordinario que le colgaba. Y continuó: -Así me gustás: siempre hombrecito. Yo andaré todo ese asunto: dormí tranquilo, que San Cayetano mediante, de aquí a tres días se ha resuelto la cosa.

-Bueno Padre. Dios se lo pague. Hasta más lueguito -concluyó el Moto, besándole otra vez la mano.

-Sí, hasta que Dios quiera, niño- dijo don Yanuario, cerrando la puerta y yéndose a ocupar el sillón, donde, un cuarto de hora después, resoplando como un fuelle y teniéndose la papada con una mano, dormía a pierna suelta.



IX

Yo tengo mi perro negro
negro como un sapoyol
que se metió a tu casa
a comerse el mistayol.

El cual perro se llamaba Singo e iba pocos pasos adelante del Moto. Era una mañana friísima de diciembre y el cielo aborregado hizo pensar a José Blas, como a la generalidad de los campesinos, en el anuncio de un temblor. La noche pasada le ordenó don Sebastián que fuese a los Horcones, a traerle el potro azulejo que ya días no se montaba. Iba pues con una coyunda en la diestra, subiendo pian piano el repecho de la montaña del Salitral. Al pasar por los potreros había quitado los bueyes de donde estaban echados, para acomodarse él entre el pasto calientito y atenuar así un poco el frío.

Ahora llegó a la cumbre, echó un vistazo a las pocas casas del barrio agazapadas entre el follaje y lanzó a los cuatro vientos su famoso güipipíaaa, que el eco repitió por el tronconaje de los árboles hasta llegar al pie del monte.

El asendereado mancebo, con el pensamiento fijo en Cundila, seguía a mal traer. Descendió la cuesta y al pensar en los pasos dados con el Padre Yanuario, una idea se le escapaba y otra se le venía.

-¿Qué irán a decir los tatas? -habló recio y como desahogando su pasión: ¡lo que le habría cantado mil veces a su novia, si las costumbres se lo hubiesen permitido!, agora cuando el Padre Reyes les diga lo que he pensado, ¿qué cara irá a poner ñor Soledá? Ña Miquela bien la conozco y estoy seguro de que me quiere. Yo no tengo reparos: si a picar un trozo de la montaña me ponen, lo hago como beber agua; Cundila ya va a cumplir los veintiuno de esigencia y cuando voy por el riu y onde quiera, me ha dicho que a ella le dita ser mi esposa. Contimás agora que padrino me va a dar en arriendo un cercadito de los dél, como quien dice, un solar primero y una casita endespués. Yo por ella lo hago todo; bien sabe Dios que ella a nadie quiere más quiamí, como lo puede probar Gabriel. Conque si el padre Yanuario me anda hoy el asuntico y sale bien, ¡ánimas benditas que sí!, a la tarde voy onde Cundila y diuna vez me hablo con los tatas pa´cordarnos cuando se ha de hacer el casamiento. Tirando algunos cárculos, diaquí a marzo estoy casao, si no me he muerto.

Esto y más se revolvía en la cabeza del Moto. Había pasado aquella región de Patarrá que cruza y entrecruza el Damas; subió en seguida por una ladera y pronto estuvo en los Horcones.

Con unos cuantos gritos puso al azulejo a dar vueltas. El bruto con los ojos saltados y lucio de puro gordo, azacatado, con las crines hechas una maraña, piafó sobre el suelo, dejando escapar unos relinchos que parecían decir: "patitas para qué te quiero", y arrancó veloz.

-Correee, correee -bramó José Blas a lo lejos-que ya te habís de cansar; parece que nunca hubieras visto gente.

Hizo varias tentativas para enlazarlo: pero todo en balde. Por fin en una lazada que vino y en otra que fue, quedó amarrado el azulejo por el cuello y mitad del pecho. Mas, ¡oh barbaridad!, el caballo, hecho un demonio, al sentirse prisionero, dio corcovos y sacudidas.

El Moto -modelo del campesino que prefiere morir antes que cejar su empeño- viéndose casi perdido, con las manos sobadas y en sangre, arrolló la cuerda en un brazo, pero el bruto siguió recula que te recula.

No hubo remedio, en un tirón que dio, José Blas se fue al suelo y arrastrado por el caballo, las espinas del potrero arañáronle la cara. Hizo un segundo esfuerzo.

-No faltaba más, darle yo gusto a un alunado ruco -dijo el Moto- y cruzóse la soga por mitad del cuerpo para así tener más apoyo con las piernas.

El Singo se guindó de las narices del potro y éste no hizo más que revolverse y desbocarse a la buena de Dios. El Moto atado por la cintura iba casi en el aire; aquí recibió un golpe en un muslo, al darse contra un tronco, ahí un batacazo contra una ondulación del terreno; allá de cabeza cayó en el Damas para salir en seguida hecho una sopa, goteando sangre de la nariz, sin sentido, descuajaringado el cuerpo por la molida de las piedras.

El ajetreo había sido extremado; el bruto con la panza dilatada buscó la sombra de un árbol y se limpiaba el hocico, metiendo la cabeza entre los brazos, minutos más tarde.

X

¡Está visto! -rugió en la tarde de aquel infausto día don Sebastián: -este Moto lo que merece es una pela de las que saben. Vean las horas que son y no parece con el azulejo.

Al cual aguardaba don Sebastián para recortarle las crines y dejarlo como nuevo para el día de sus bodas.

Vuelto un energúmeno con el retraso de José Blas, salió echando chispas por los ojos a la casa de la madre de Panizo, a la cual dijo:
-Si está Grabiel, mandámenlo.

En dos trancos se puso Panizo a sus órdenes.

-Andá a los Horcones y ves qué le pasa a José que no llega.

Y corre que te corre fue a cumplir lo dicho:

-Allá está el potro, ¡él me ha de dar cuenta! -habló Panizo cuando lo vio en una planada del potrero ramoneando muy tranquilo.

-¡José Blas! ¿Qué es eso, hombré? Ñor Sebastián está muy bravo. Vámonos -insistió Gabriel mirando a su amigo oculto entre el zacate y con la posición de quien duerme incómodamente.

-¡Qué aigriada se va a dar, allí tirao tan a la pampa! -prosiguió Panizo, quitándose su chaqueta, le abrigó la nuca.

-¡Santo Dios!, si José está hecho una lástima, -e hincando las rodillas, por un sudor frío bañado, examinó el cuerpo de su amigo: la cara ensangrentada, desfigurada, con una herida en la cabeza y las manos y los pies llenos de arañazos y lo peor, una calentura en que ardía todo él.

Y llevándose ambas manos por delante de su boca, rezó un credo a la finada Colasa, para que ella desde el cielo mejorase a su hijo.

A pesar de los ayes lastimeros de José Blas, su amigo le alzó por peso y echó a andar, con permiso por supuesto del Singo, que un poco refunfuñón le siguió paso a paso, con el rabo entre las piernas, hasta llegar a la casa.

-¡Vean lo que conviene! No hay caso: en su libro estaba escrito -decía una hora después don Sebastián, cuando Panizo vino a contarle lo ocurrido y a avisarle que se dejaba al Moto en su casa porque era imposible traerlo hasta la de su padrino.

Y el viejo sin echar una lágrima fue a ver al herido, alegrándose de encontrarse, gracias al caritativo Panizo, libre de las molestias y cuidados consiguientes. ¡Bonito estaría él, cuidando enfermos, en vísperas de su casamiento!

La noticia de lo acaecido al Moto, corrió al día siguiente de boca en boca, arrancando expresiones de dolor a cuantos la recibían: -¡Pobre José Blas, yo creí que su sino era más favorable! -exclamó don Frutos. -¡Tan inteligente el muchachillo! Entre los de su edad fue el primero que aprendió la cartilla.

-¿Si no se persignaría Blas antes de irse? ¿Quién sabe a qué santo se encomendó? -apuntaba apesarado don Yanuario.

-Pero vé, Soledad, cómo nadie está a salvo de una desgracia: diz que al ahijado de Sebastián lo maltrató un indino caballo ayer:
-Chi, chi, chi... Posible... Hágase tu voluntá Señor, así en la tierra como en el cielo.
-Pero ya ve... -interrumpió doña Micaelita anegada en lágrimas -lo que conviene, viene: pa la suerte y pa la muerte no hay escape.

El corazón se lo avisaba cuando llegó Gabriel y le dijo:

-Cundila, José está impedío... Muy grave... pida a Dios por él.
-Y eso de quéeee... no digás esooo...miráaaa...ingratísimo- vociferó la moza corriendo detrás de Panizo, el cual dio la noticia y se largó.
-¿Será posible?...¡Dios libre! ¿Y agora qué hagoo?-; mesándose el cabello se llevó en seguida las manos a la cara y soltó unos gritos de dolor.

Con el pelo destrenzado y caído en desorden por la cara y el cuello, con los párpados hinchados se presentó ante Chon. La india la recibió con estas palabras:

-Niñá, te me has parecío a la Llorona, así como venía. Mirá lo que hace Dios, tu negrito crespo iz que lo escuartizó un caballo.
-¡Por José lloro y nada más! -zumbó Cundila, con aspecto huraño y dando un golpe con el pie. -Bien sabe Choncita cuánto lo quiero. ¿Se acuerda lo que de él he dicho? ¿Se acuerda cuando viene con el diezmo, lo contento que se toma l'agua dulce que yo le tengo lista? Y en las tardes... cuando la molida en el trapiche... Y en el fandango... y agora qué hagoo... ¡oh Dios tan ingrato! Vea Chon, parece que yo era sabia: el corazón no me cabía en el pecho de un gran susto...:desde que llegué al río, un grillo estuvo gritando pero muchísimo y al motete de ropa llegó una gran paloma negra.
-¡No digás eso, hijitica! Mana Miquela y yo no jallábamos qué hacer con unas tortolillas, que por los mangos del cercado cogieron un cucuuu, cucuuu, que partía el alma.

Y ambas encendieron una vela, rogando a la Negrita de los Ángeles, para que mejorase al Moto.

XI

El cuartito de paredes bajas y ahumadas, recibía la luz por una ventanilla abierta en el fondo y que daba a un potrero.

En un camastro de cañas cubierto por un cuero de buey, se hallaba arropado en su cobo el Moto. Junto con él, respirando el aire tibio de la pieza y esbozadas apenas en la sombra se distinguían la madre de Panizo, alerta a lo que pidiese el enfermo, la india Chon sentada en su banquillo y Cundila a la cabecera de su novio.

Con ser el mediodía y so pretexto de buscar una gallina que dejaba los huevos por el monte, ambas hacían aquella visita furtiva a José Blas, aprovechando también las navidades tan frecuentes durante el mes de diciembre y que ahora caían silenciosas sobre la vega. La impresión de Cundila es honda cuando ve a José Blas en tal estado, se llega al borde de la cama, castamente le huele y toca, le anima para que hable, le nombra cien veces a su Cundila y el mozo, sin pizca de conocimiento, ajeno a todo lo que lo rodea, suelta palabras incoherentes -fragmentos quizás de recuerdos muertos-, se fatiga y prorrumpe en quejidos.

-Cundila, si partía el corazón velo como me lo trujo ayer Gabriel: le lavé con agua tibia toda la sangre y le puse el vestido más limpio de mi hijo, Ñor Inocencio le sobó una pierna y ¡oh, gritos daba esta criatura, por Dios Santo! El tata padre mandó muchos remedios.

A cada explicación de aquella buena mujer, Cundila contraía el semblante, como si algo muy doloroso le sacasen de adentro, y los lagrimones -amargos como su desventura- bajaban hasta sus labios.

-Sí, pero se mejora, ¿no le parece? -observó Cundila.
-Puede ser, hijita; renco tal vez queda y lo peor es que el padre Reyes asegura que seguirá ido de la cabeza.
-¿Trastornao?
-Así es hija.

Y Cundila, sin chistar palabra, se mantuvo con el índice de una mano sirviendo de broche a sus labios que no se movían, la cabeza inclinada, turbia la mirada y con toda la actitud de quien siente el atropello de los recuerdos y el vacío de una esperanza que fenece.

Al despedirse, Cundila acercóse al Moto y trazando sobre la frente calenturienta del mancebo la señal de la cruz, lo encomendó a Dios. Las navidades habíanse contenido en lo alto de la colina y de las praderas rociadas por aquella delicada silampa, se levantaba un vapor caliente cuando el sol caía a plomo.

Cundila y Chon salieron, pues, de la casa. Era la una de la tarde y los peones estarían aguardando la comida.

La joven casadera, con el corazón transido, andaba, no con el movimiento de antes, la gallardía y el retozo de otros días, sino con aire distraído, indiferente a lo que veía.

Era su pensamiento único, la suerte infausta de José Blas. ¡Del pobre Moto, a quien no volvería a visitar!

Pasaron los días y la moza sintió en su ánimo la inquietud desesperante de un amor que se escapa, para dar cabida a un sentimiento que nace: el de la compasión.

XII

-Hombré, como que oyí no sé onde, que mano Sebastián se casa con Cundila. ¿Vos qué sabés d'eso?
-Asina corre el cuento. La verdad es que dende le pasó el percance a Blas, yo no he vuelto por aquellos laos-contestó Panizo.
-Ya ves lo que es ser torcío. Al Moto no le conviene casarse con esa muchacha.
-Está perdido. ¿Qué tal? Con mano Sebastián pidiendo a Cundila, ¿quién se tiene?
Bien conocío lo tenés, que nosotros podemos querer mucho a la novia, pero si a un viejo de estos se le antoja casarse con ella, no hay tu tía; no le queda a uno más recurso que safase, aunque uno sea rico, trabajador y tenga el Catón necesario.
-Blas me lo ha dicho siempre: "Si me quitan a Cundila, no hay más que irse".
-Pos es claro. ¿Ydiáy, qué le pasó a Ismael, el de mana Alifonsa? que pidió una muchacha y se la negaron porque no era un hombre, ni tenía el juicio y cárculo de viejos. Y a todo esto, iz que los novios van a ser de mucho rango.
-Sí, mama me contó que aquello parece un avispero, por el trajín que hay.

Este diálogo de ambos individuos, era punto menos que general en todo el barrio. Ya de paso o en visita ex profeso, los comentarios eran palpables. Aquí que: "¡Achará tan guapa muchacha pa un viejo!"; allá que : "Cundila se compuso llevándose un señorote como don Sebastián".

¿Y el Moto? Desde la primera semana de su enfermedad apuntaron algunos vislumbres de razón: luego mejoró rápidamente, gracias a los exquisitos cuidados de la familia y un mes después de su desgracia preguntó a su amigo por Cundila.

No fueron pocos los apuros del pobre Panizo para ocultarle la verdad e impedir que llegasen al enfermo los rumores que corrían por el pueblo.

En uno de los primeros días de enero, don Soledad llamó a Cundila para decirla:

-Te hemos buscao pa esposo a Sebastián: el veinte se casan.
-Sea lo que usted diga, tatica -aprobó Cundila- con aquella sumisión que constituye el carácter saliente de la familia de antaño.

¡Así eran aquellos benditos tiempos y costumbres! Con esta resolución Cundila, por de pronto, quedóse perpleja. Más tarde un pensamiento la consoló: ¡Blas se quedaría, seguro, con don Sebastián! ¡Lo cuidaría como a un niño y mucho, ya que el estado de su espíritu así lo exigía! Esto guardaba, pues, de su amor: extremada compasión por José Blas.

A pocos pasos de la hija siguió doña Micaela y en conversación con su marido se dijeron:

-Como el día del matrimonio está cerca, es bueno que te busqués unas mujeres que te ayuden.
-Sí viejó, ya mandé a Rafelito a buscar aquellas cartagas, que iz que son de lo mejor pa eso de novios.
-Agora que me acuerdo, mañana voy onde la familia de Sebastián a dar el "parte"-
-También hay que encargar a Cartago, cinco docenas de platos y cucharas diuna vez, algunas docenas de tortillas bien aliñadas pa la gente de copete que venga.

Dicho esto, el par de cónyuges se retiró.

Muy avanzada iba la mañana del día siguiente, cuando el novio se encaminó a San José, a buscar la ropa adecuada a la condición de su prometida.

Muchos -entre ellos el alcalde y el cuartelero- habían deseado que se alquilase a la señora Berta un vestido de pursiana o de gasa que adrede tenía para esos casos, mas don Sebastián que en punto de orgullo era extremado, prefirió comprar en la tienda de don Maurilio, esquina opuesta al antiguo Mercado -hoy Parque Central- unas enaguas altas con tres guardas coloradas y otras oajacas, también de tres guardas azules a cuadros rojos, una toalla con crespones y una camisa semejante al corpiño actual, sin dobleces y con randas en forma de encajes o de patas de gallo. Los padrinos serían una hermana de don Yanuario y el Alcalde, personas ambas, que por su puesto y lustre darían más realce a las bodas.

Por lo demás, en casa de Cundila todo era preparativos: ya contaban degollados tres terneros y cuatro cerdos; las cartaginesas componían, con el gusto exquisito que las caracteriza, los lomos, lechones, rosquetes, picadillos y frituras.

Los parientes del novio, luego que daban los parabienes a la nueva pareja, dejaban su regalo de boda; aquéllos una pañuelada de huevos, éstos un par de pollos cañamazos o un marranito y cuáles una canastilla de bizcochos.

XIII



Amaneció al fin el veinte de enero. La noche anterior había sido de silampa densa y el cielo apareció encapotado. Corrido un buen trecho de la mañana, dos nubes se abrieron a modo de paréntesis y el sol se descubrió colorando la extensión campestre.

Las montañas del Sur -que en las tardes de julio presentaban un turquí intenso y en las noches un color de negro humo acentuado- ofrecían entonces un paisaje raro: los montecillos echados unos sobre otros parecían escalas para llegar a la cresta; las copas verdeoscuras de los árboles semejaban -vista de lejos- ondulaciones que morían en la cumbre; detrás de la montaña dos magníficos arco iris derramaban una luz celeste clara y uno como rosado velo tendido sobre la ladera completaba la vista.

La pareja se dirigía ya a la ermita: don Sebastián, delgaducho y tieso como una caña, lampiño, con sus pantalones de mandil. su cotona de jerga limeña y su guacalona prendida a la banda roja que cruza su cintura; Cundila, bien trajeada, coloradita como una acerola, con unos senos de conformarse apenas con el olor, un cuerpo de ver y desear y toda ella, como Dios quiso que fuera.

Cuando el momento de entregar las arras llegó, don Sebastián sacó del bolsillo con sus manos callosas, trece monedas ensartadas en una cinta y repartidas en reales y medios escudos.

El mueble aquel, de anchísima tabla puesta sobre patas cuadradas se las tenía en medio de los bancos, como el mejor de la sala y se llamaba -según don Soledad- el estrao. Encima de este se alzó el tálamo. Ahí subieron el padrino, la madrina, los desposados, don Frutos y lo más lujoso del acompañamiento: el resto ocupó los lugares bajos. Después de rezar en alta voz y en el coro el Padre Nuestro, don Yanuario se sentó en un extremo de la mesa y sin cumplidos puso las manos en el cuerpo doradito de una gallina y abriéndolo buscó la higadilla y las partes menudas.

Mientras los comensales saboreaban aún el huevo, ya el fraile tocinudo, el bendito clérigo de misa y olla, habíase dado unos atracones de picadillo y tortas.

-Traeme un poco de tibio -ordenó a la sirvienta- y sacando del bisunto bolsillo de la sotana un negro y labrado coquito, con borde de oro, siguió: -Aquí q'me lo echen, tomá.

Concluído el almuerzo cada cual cogió su potro y montó sobre su aparejo; la novia se acomodó en un sillón forrado en pana roja, rodeado de barandilla adelante y atrás y por estribo tenía una tableta. En grupo cabalgaron hacia la casa de doña Benita, donde se les recibió con música de cuerda, papín cortado y conserva de chiverre.

Al caer de la tarde, don Soledad Guillén sólo pensaba en los trabajos del día siguiente.

Los novios se instalaron en uno de los cortijos de don Sebastián y los asistían los padrinos, quienes, ya entrada la noche, se retiraron no sin haberlos antes conducido al lecho nupcial e indicándoles las múltiples ocupaciones que ambos llevaban al nuevo hogar.

XIV

La esquila de la ermita llamaba a la oración. El Padre Yanuario, con las manos sobre la barriga, se hallaba muy tranquilo en el umbral de la capilla, como contemplando el cariz luminoso de aquella tarde veraniega, cuando se llegó a él un mancebo macilento, a quien saludó diciendo: -Hola José Blas: ¡cuánto me alegro de verte! ¿Con que ya estás bueno?

-Hoy me levanté y aunque Panizo no quería dejarme salir, me le escapé esta tarde pa venir hablar con usté. Dígame -porque me muero por saberlo-. ¿Qué hubo del asunto que tratamos hace días? -apuntó el Moto con voz apagada.
-Hijo mío: no te aflijás. Nosotros proponemos y el Altísimo dispone. Secundila es hoy la esposa de tu padrino.
-¡Ella! ... ¡Se casaron! ... No puede ser.
-Es cierto, pobre José Blas.
-Sii... ¡ah! Maldito azulejo... ¿Onde estás Grabiel mentiroso...? no hay más... rugió con las manos temblorosas en puño, sacudiendo obstinadamente la cabeza.
-No hay más que resignarse, hijó.
-El Moto no replicó: un profundo sollozo salió de su pecho: quedóse inmóvil un instante y luego se alejó lentamente.
-¿Dónde vas? -le gritó don Yanuario.
-A las Salinas... al fin del mundo.... pa no volver. ¡Adiós, padre!

Y la campana con sus toques parecía responder al último adiós del Moto, el cual, claudicando de la pierna derecha partió al ocaso, sin rumbo , sin volver la cabeza: iba abrigado en las sombras de la noche, por entre la red de veredas, al través de potreros y cercados.



Desamparados, enero de 1900

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