Joaquín García Monge 1881-1958José Martí en Costa Rica

Joaquín García Monge, Costa Rica 1881-1958

Repertorio Americano 39:87, 1942

 

Como viador de libertad, José Martí estuvo dos veces en Costa Rica: en 1893, una semana del mes de julio en esta ciudad de San José y, más tarde, del 11 al 18 de junio de 1894, en el puerto de Puntarenas. De esto ha hablado en términos cabales Carlos Jinesta en su folleto José Martí en Costa Rica (1933). La causa de la libertad de Cuba fue popular entre los costarricenses despiertos de aquellos años. En Costa Rica vivió Antonio Maceo una temporada, con otros cubanos conocidos. En busca de ellos, a coordinar esfuerzos, precisamente, vino Martí. Los "hombres cordiales" de entonces, letrados y periodistas casi todos, lo recibieron con entusiasmo. Una noche dio en la Escuela de Derecho una conferencia; el Colegio de Abogados y los estudiantes le formaron un auditorio selecto. A la sala de la reunión entró del brazo de nuestro gran don Mauro Fernández. Se conserva en uno de los periódicos de la época una crónica de tal suceso; la suscribe el poeta Emilio Pacheco. Martí esa noche dejó huella imborrable en el alma de los jóvenes.

De su paso por Costa Rica, que yo sepa, quedan en espíritu una carta (julio 8) a Pío Víquez, su amigo y Director de El Heraldo de Costa Rica, y unos renglones de aprecio por esta patria, al principio del artículo Antonio Maceo (v. el vol. VI de las Obras de Martí compiladas por Gonzalo de Quesada). Por cierto que releo la carta a Pío Víquez en estos días trémulos de 1942 y la hallo, como numerosas páginas suyas, tan previsora. Habla del "tierno agradecimiento con que recordaré siempre la bondad con que Costa Rica ha premiado en mí, viajero humilde y silencioso, el amor y vigilancia con que los americanos, unos en el origen, en la esperanza y en el peligro, hemos de mantener a esta América nuestra, sorprendida en su cruenta gestación, en los instantes en que por sus propias puertas muda de lugar el mundo ..." Y añade: ".. . no será Costa Rica, entre las naciones de América, la que llegue a la cita de los mundos, harto próxima para no disponerse a ella, sin el desenvolvimiento y persona nacional indispensable para medirse en salvo con el progreso invasor. Ya han caído los muros y el hombre ha echado a andar. Quien no se junte a la cohorte le servirá de alfombra".

Y en las casas de sus amigos costarricenses ("hombres plenos y buenos de América", los llama), se anduvo fijando si había libros. Ese cuidado tuvo Martí, lector asiduo: buscar libros, enterarse si los había buenos, por ejemplo, en los Casinos* de las ciudades por donde andaba, si las gentes los leían. Por eso tuvo razón Gabriela Mistral cuando en 1931, de paso por acá, les pidió a los maestros de mi tierra nativa, Desamparados, que a la Biblioteca de la Escuela que lleva mi nombre le pusieran el de José Martí. Y así se ha hecho. Otras salas de lectura, con los años, en Costa Rica y en América, han de llamarse José Martí. Compruebo lo antedicho con estos renglones del artículo "Antonio Maceo": "De tomos de París y de lo vivo americano está llena, allá al patio, entre una fuente y una rosa, la librería del hijo joven". Seamos fieles al testimonio de Martí y no les tengamos miedo a las ideas cuando dijo recordándonos: "Y si hay justa de ideas en un salón glorioso, apriétanse a la entrada, para beber primero, magistrados y presidentes, sastres y escolares, soldado y labrador". Como que en estos años últimos, en eso de temerles, a las ideas, de rehuírlas, nos hemos encogido bastante.

De Costa Rica escribió primores: "De las gracias del mundo, Costa Rica es una..." "La cáscara aún la oprime, pero ya aquello es república."

Contemos ahora de qué modo hemos correspondido al cariño y aprecio en que nos tuvo José Martí.

Me he referido ya a un folleto de Jinesta. Señalemos también otro folleto: Víctor Manuel Cañas: Martí o de la Patria, en que se habla con acierto y donaire de su vida y obra. Se publicó en junio de 1935 como uno de los cuadernos de la Escuela Costarricense, lo que hace pensar que circuló satisfactoriamente entre los maestros y que han debido leerlo con cuidado y provecho.

En 1914, edité, en la Colección Ariel, con el título de Versos, una selección del Ismaelillo, de los Versos sencillos y Versos libres, cogidos de los volúmenes XI y XII de las Obras de Martí, servicio de Gonzalo de Quesada. A esta selección, nuestro R. Brenes Mesen le puso un prólogo memorable.

En 1917 di sobre Martí algunas conferencias en el Ateneo de Costa Rica, ante un selecto auditorio. A ellas asistió —lo recuerdo emocionado— el prócer don Cleto González Víquez. Impresionaron bien. En escuelas y colegios hace años que me vivo poniendo el ejemplo de José Martí en su vida y en su obra. Para mucha gente nueva costarricense, Martí ya es familiar. Pude apreciarlo una de estas noches; en un centro libre de estudios se me pidió que algo les contara del otra gran antillano: Hostos. Revisaba el diario, las cartas, las ideas de Hostos y alguna de las alumnas, con sus preguntas, obligaba a hallar ciertos parecidos entre la vida y el pensamiento de ambos libertadores.

Por medio del Dr. Regino E. Boti y de mi amigo y colaborador Félix Lisazo, obtuve en 1921 del bienamado Dr. Gonzalo Aróstegui un ejemplar de La Edad de Oro (Roma, 1905, edición de Gonzalo de Quesada) que perteneció a su tía, la noble poetisa cubana Aurelia Castillo de González. El Dr. Aróstegui fue tan generoso y patriota que se desprendió de su querido ejemplar. Lo aproveché para la edición costarricense de 1921, en dos tomitos y con ilustraciones. Fue una novedad y un acierto editorial para los americanos del Sur amigos de los niños y admiradores de Martí. La edición se agotó pronto. Todavía la buscan.

También con el nombre de La Edad de Oro —bajo la influencia martiana, por supuesto—, saqué de 1925 a 1930 seis libritos de 160 páginas cada uno, con lecturas para niños. Ha sido la única de mis publicaciones que ha hallado casa editorial, la poderosa Librería Lehmann, y por falta de apoyo en las escuelas y colegios oficiales, no siguió la empresa.

Digamos también que la presencia de José Martí en el Repertorio Americano ha sido de la mayor importancia. No hay volumen —y ya son XXXVIII los publicados— en que de él no se hable. Es mucha la devoción que le profeso a José Martí en el caso ejemplar y saludable de su vida y de sus obras. He anhelado que América, la suya, arrime el oído al corazón de Martí y coja su voz monitora. Martí, con Sarmiento, Bolívar, Hostos, es uno de los seis o siete profetas y conductores de la América hispana. Seguirlos, atenderlos (que es comprenderlos) es cuestión de tiempo y de cultura mayor. Es su deber, si quiere crecer.

Un dato más: En nuestra Biblioteca Nacional están las Oíros de José Martí, según Gonzalo de Quesada.- Entraron como regalo de una de las hijas del Lic. don Pedro Pérez Zeledón, finado ilustre.

Y concluyo: algunos jóvenes preocupados abrirán este año en Puntarenas un colegio que en ese puerto hace falta. Han convenido en que se llame Liceo José Martí, que ha de ser, así lo espero, seminario, plantel y casa de juntarse y de quererse para los estudiantes de Puntarenas. ¡Todo un símbolo y una esperanza!: Un Liceo José Martí mirando hacia el océano Pacífico, el espacio abierto —en la previsión de Hostos— a la posible cultura américo-hispana que estamos obligados a crear.

J. García Monge

Enero de 1942

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* Casino: Casa de recreo o club.


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