Perú, 1895-1930
1924
Los pobres de la tierra.org
Publicado en Mundial, Lima, 7 de noviembre
de 1924.
En una tierra de gente melancólica,
negativa y pasadista, es posible que la Torre de Marfil tenga
todavía algunos amadores. Es posible que a algunos artistas
e intelectuales les parezca aún un retiro elegante. El
virreinato nos ha dejado varios gustos solariegos. Las actitudes
distinguidas, aristocráticas, individualistas, siempre
han encontrado aquí una imitación entusiasta.
No es ocioso, por ende, constatar que de la pobre Torre de Marfil
no queda ya, en el mundo moderno, sino una ruina exigua y pálida.
Estaba hecha de un material demasiado frágil, precioso
y quebradizo. Vetusta, deshabitada, pasada de moda, albergó
hasta la guerra a algunos linfáticos artistas. Pero la
marejada bélica la trajo a tierra. La Torre de Marfil
cayó sin estruendo y sin drama. Y hoy, malgrado la crisis
de alojamiento, nadie se propone reconstruirla.
La Torre de Marfil fue uno de los productos
de la literatura decadente. Perteneció a una época
en que se propagó entre los artistas un humor misántropo.
Endeble y amanerado edificio del decadentismo, la Torre de Marfil
languideció con la literatura alojada dentro de sus muros
anémicos. Tiempos quietos, normales, burocráticos,
pudieron tolerarla. Pero en estos tiempos tempestuosos, iconoclastas,
heréticos, tumultuosos. Estos tiempos apenas si respetan
la torre inclinada de Pisa, que sirvió para que Galileo,
a causa tal vez del mareo y el vértigo, sintiese que
la tierra daba vueltas.
El orden espiritual, el motivo histórico
de la Torre de Marfil aparecen muy lejanos de nosotros y resultan
muy extraños a nuestro tiempo. El "torremarfilismo"
formó parte de esa reacción romántica de
muchos artistas del siglo pasado contra la democracia capitalista
y burguesa. Los artistas se veían tratados desdeñosamente
por el Capital y la Burguesía. Se apoderaba, por ende,
de sus espíritus una imprecisa nostalgia de los tiempos
pretéritos.
Recordaban que bajo la aristocracia y la Iglesia, su suerte
había sido mejor. El materialismo de una civilización
que cotizaba una obra de arte como una mercadería los
irritaba. Les parecía horrible que la obra de arte necesitase
reclame, empresarios, etc., ni más ni menos que una manufactura,
para conseguir precio, comprador y mercado. A este estado de
ánimo corresponde una literatura saturada de rencor y
de desprecio contra la burguesía. Los burgueses eran
atacados no como ahora, desde puntos de vista revolucionarios,
sino desde puntos de vista reaccionarios.
El símbolo natural de esta literatura,
con náusea del vulgo y nostalgia de la feudalidad, tenía
que ser una torre. La torre es genuinamente medioeval, gótica,
aristocrática. Los griegos no necesitaron torres en su
arquitectura ni en sus ciudades. El pueblo griego fue el pueblo
del demos,1 del ágora, del foro. En
los romanos hubo la afición a lo colosal, a lo grandioso,
a lo gigantesco. Pero los romanos concibieron la mole, no la
torre. Y la mole se diferencia sustancialmente de la torre.
La torre es una cosa solitaria y aristocrática; la mole
es una cosa multitudinaria. El espíritu y la vida de
la Edad Media, en cambio, no podían prescindir de la
torre y, por esto, bajo el dominio de la iglesia y de la aristocracia,
Europa se pobló de torres. El hombre medioeval vivía
acorazado. Las ciudades vivían amuralladas y almenadas.
En la Edad Media todos sentían una aguda sed de clausura,
de aislamiento y de incomunicación. Sobre una muchedumbre
férrea y pétrea de murallas y corazas no cabía
sino la autoridad de la torre. Sólo Florencia poseía
más de cien torres. Torres de la feudalidad y torres
de la Iglesia.
La decadencia de la torre empezó con
el Renacimiento. Europa volvió entonces a la arquitectura
y al gusto clásicos. Pero la torre defendió obstinadamente
su señorío. Los estilos arquitectónicos
posteriores al Renacimiento readmitieron la torre. Sus torres
eran enanas, truncas, como muñones; pero eran siempre
torres. Además, mientras la arquitectura católica
se engalanó de motivos y decoraciones paganas, la arquitectura
de la Reforma conservó el gusto nórdico y austero
de lo gótico. Las torres emigraron al norte, donde mal
se aclimataba aún el estilo renacentista. La crisis definitiva
de la torre llegó con el liberalismo, el capitalismo
y el maquinismo. En una palabra, con la civilización
capitalista.
Las torres de está civilización son utilitarias
e industriales.
Los rascacielos de Nueva York no son torres
sino moles. No albergan solitaria y solariegamente a un campanero
o a un hidalgo. Son la colmena de una muchedumbre trabajadora.
El rascacielos, sobre todo, es democrático en tanto que
la torre es aristocrática.
La torre de cristal fue una protesta al mismo
tiempo romántica y reaccionaria. A la plaza, a la usina,
a la Bolsa de la democracia, los artistas de temperamento reaccionario
decidieron oponer sus torres misantrópicas y exquisitas.
Pero la clausura produjo un arte muy pobre. El arte, como el
hombre y la planta, necesita de aire libre. "La vida viene
de la tierra", como decía Wilson. La vida es circulación,
es movimiento, es marea. Lo que dice Mussolini de la política
se puede decir de la vida. (Mussolini es detestable como condottiere
2 de la reacción, pero estimable como
hombre de ingenio.) La vida "no es monólogo".
Es un diálogo, es un coloquio.
La torre de marfil no puede ser confundida,
no puede ser identificada con la soledad. La soledad es grande,
ascética, religiosa; la torre de marfil es pequeña,
femenina, enfermiza. Y la soledad misma puede ser un episodio,
una estación de la vida; pero no la vida toda. Los actos
solitarios son fatalmente estériles. Artistas tan aristocráticos
e individualistas como Oscar Wilde han condenado la soledad.
"El hombre —ha escrito Oscar Wilde— es sociable
por naturaleza. La Tebaida misma termina por poblarse y aunque
el cenobita realice su personalidad, la que realiza es frecuentemente
una personalidad empobrecida." Baudelaire quería,
para componer castamente sus églogas, coucher aupres
du del comme les astrologues.3 Mas toda
la obra de Baudelaire está llena del dolor de los pobres
y de los miserables. Late en sus versos una gran emoción
humana. Y a estos resultados no puede arribar ningún
artista clausurado y benedictino. El "torremarfilismo"
no ha sido, por consiguiente, sino un episodio precario, decadente
y morboso de la literatura y del arte. La protesta contra la
civilización capitalista es en nuestro tiempo revolucionaria
y no reaccionaria. Los artistas y los intelectuales descienden
de la torre orgullosa e impotente a la llanura innumerable y
fecunda. Comprenden que la torre de marfil era una laguna tediosa,
monótona, enferma, orlada de una flora palúdica
o malsana.
Ningún gran artista ha sido extraño a las emociones
de su época. Dante, Shakespeare, Goethe, Dostoievsky,
Tolstoy y todos los artistas de análoga jerarquía
ignoraron la torre de marfil. No se conformaron jamás
con recitar un lánguido soliloquio. Quisieron y supieron
ser grandes protagonistas de la historia. Algunos intelectuales
y artistas carecen de aptitud para marchar con la muchedumbre.
Pugnan por conservar una actitud distinguida y personal ante
la vida. Romain Rolland, por ejemplo, gusta de sentirse un poco
au dessus de la melée.4 Mas
Romain Rolland no es un agnóstico ni un solitario. Comparte
y comprende las utopías y los sueños sociales,
aunque repudie, contagiado del misticismo de la no-violencia,
los únicos medios prácticos de realizarlos. Vive
en medio del fragor de la crisis contemporánea. Es uno
de los creadores del teatro del pueblo, uno de los estetas del
teatro de la revolución. Y si algo falta a su personalidad
y a su obra es, precisamente, el impulso necesario para arrojarse
plenamente en el combate.
La literatura de moda en Europa —literatura
cosmopolita, urbana, escéptica, humorista—, carece
absolutamente de solidaridad con la pobre y difunta torre de
marfil, y de afición a la clausura. Es, como ya he dicho,
la espuma de una civilización ultrasensible y quintaesenciada.
Es un producto genuino de la gran urbe.
El drama humano tiene hoy, como en las tragedias
griegas, un coro multitudinario. En una obra de Pirandello,
uno de los personajes es la calle. La calle con sus rumores
y con sus gritos está presente en los tres actos del
drama pirandelliano. La calle, ese personaje anónimo
y tentacular que la torre de marfil y sus macilentos hierofantes
ignoran y desdeñan. La calle, o sea, el vulgo; o sea,
la muchedumbre. La calle, cauce proceloso de la vida, del dolor,
del placer, del bien y del mal.
Notas:
1 En griego significa pueblo y se le emplea
para referirse a la ciudadanía.
2 Caudillo de soldados mercenarios.
3 Acostarse cerca del cielo como los astrólogos
4 Por encima de la contienda, al margen del conflicto.
Notas de editorial Casa de las Américas,
Cuba, 1982.