El
Padre Las Casas
José
Martí
Tomado
de La Edad de Oro
1889
CUATRO SIGLOS ES MUCHO, son cuatrocientos años. Cuatrocientos
años hace que vivió el Padre las Casas, y parece
que está vivo todavía, porque fue bueno. No se puede
ver un lirio sin pensar en el Padre Las Casas, porque con la bondad
se le fue poniendo de lirio el color, y dicen que era hermoso
verlo escribir, con su túnica blanca, sentado en su sillón
de tachuelas, peleando con la pluma de ave porque no escribía
de prisa. Y otras veces se levantaba del sillón, como si
le quemase: se apretaba las sienes con las dos manos, andaba a
pasos grandes por la celda, y parecía como si tuviera un
gran dolor. Era que estaba escribiendo, en su libro famoso de
la Destrucción de las Indias, los horrores que
vio en las Américas cuando vino de España la gente
a la conquista. Se le encendían los ojos, y se volvía
a sentar, de codos en la mesa, con la cara llena de lágrimas.
Así pasó la vida, defendiendo a los indios.
Aprendió
en España a licenciado, que era algo en aquellos tiempos,
y vino con Colón a la isla Española en un barco
de aquellos de velas infladas y como cascara de nuez. Hablaba
mucho a bordo, y con muchos latines. Decían los marineros
que era grande su saber para un mozo de veinticuatro años.
El sol, lo veía él siempre salir sobre cubierta.
Iba alegre en el barco, como aquel que va a ver maravillas. Pero
desde que llegó, empezó a hablar poco. La tierra,
sí, era muy hermosa, y se vivía como en una flor:
¡pero aquellos conquistadores asesinos debían de
venir del infierno, no de España! Español era él
tambien, y su padre, y su madre; pero él no salía
por las islas Lucayas a robarse a los indios libres: ¡porque
en diez años ya no quedaba indio vivo de los tres millones,
o más, que hubo en la Española!: él no los
iba cazando con perros hambrientos, para matarlos a trabajo en
las minas: él no les quemaba las manos y los pies cuando
se sentaban porque no podían andar, o se les caía
el pico porque ya no tenían fuerzas : él no los
azotaba, hasta verlos desmayar, porque no sabían decirle
a su amo donde había más oro: él no se gozaba
con sus amigos, a la hora de comer, porque el indio de la mesa
no pudo con la carga que traía de la mina, y le mandó
cortar en castigo las orejas: él no se ponía el
jubón de lujo, y aquella capa que llamaban ferreruelo,
para ir muy galán a la plaza a las doce, a ver la quema
que mandaba hacer la justicia del gobernador, la quema de los
cinco indios. Él los vio quemar, los vio mirar con desprecio
desde la hoguera a sus verdugos; y ya nunca se puso más
que el jubón negro, ni cargó caña de oro,
como los otros licenciados ricos y regordetes, sino que se fue
a consolar a los indios por el monte, sin más ayuda que
su bastón de rama de árbol.
Al
monte se habían ido, a defenderse, cuantos indios de honor
quedaban en la Española. Como amigos habían recibido
ellos a los hombres blancos de las barbas: ellos les habían
regalado con su miel y su maíz, y el mismo rey Behechío
le dio de mujer a un español hermoso su hija Higuemota,
que era como la torcaza y como la palma real: ellos les habían
enseñado sus montañas de oro, y sus ríos
de agua de oro, y sus adornos, todos de oro fino, y les habían
puesto sobre la coraza y guanteletes de la armadura pulseras de
las suyas, y collares de oro: ¡y aquellos hombres crueles
los cargaban de cadenas; les quitaban sus indias, y sus hijos;
los metían en lo hondo de la mina, a halar la carga de
piedra con la frente; se los repartían, y los marcaban
con el hierro, como esclavos!: en la carne viva los marcaban con
el hierro. En aquel país de pájaros y de frutas
los hombres eran bellos y amables; pero no eran fuertes. Tenían
el pensamiento azul como el cielo, y claro como el arroyo; pero
no sabían matar, forrados de hierro, con el arcabuz cargado
de pólvora. Con huesos de frutas y con gajos de mamey no
se puede atravesar una coraza. Caían, como las plumas y
las hojas. Morían de pena, de furia, de fatiga, de hambre,
de mordidas de perros. ¡Lo mejor era irse al monte, con
el valiente Guaroa, y con el niño Guarocuya, a defenderse
con las piedras, a defenderse con el agua, a salvar al reyecito
bravo, a Guarocuya! Él saltaba el arroyo, de orilla a orilla;
él clavaba la lanza lejos, como un guerrero; a la hora
de andar, a la cabeza iba él, se le oía la risa
de noche, como un canto; lo que él no quería era
que lo llevase nadie en hombros. Así iban por el monte,
cuando se les apareció entre los españoles armados
el Padre las Casas, con sus ojos tristísimos, en su jubón
y su ferreruelo. Él no les disparaba el arcabuz: él
les abría los brazos. Y le dio un beso a Guarocuya.
Ya
en la isla lo conocían todos, y en España hablaban
de él. Era flaco, y de nariz muy larga, y la ropa se le
caía del cuerpo, y no tenía más poder que
el de su corazón; pero de casa en casa andaba echando en
cara a los encomenderos la muerte de los indios de las encomiendas;
iba a palacio, a pedir al gobernador que mandase cumplir las ordenanzas
reales; esperaba en el portal de la audiencia a los oidores, caminando
de prisa, con las manos a la espalda, para decirles que venía
lleno de espanto, que habla visto morir a seis mil niños
indios en tres meses. Y los oidores le decían: "Cálmese,
licenciado, que ya se hará justicia": se echaban el
ferreruelo al hombro, y se iban a merendar con los encomenderos,
que eran los ricos del país, y tenían buen vino
y buena miel de Alcarria. Ni merienda ni sueño había
para Las Casas: sentía en sus carnes mismas los dientes
de los molosos que los encomenderos tenían sin comer, para
que con el apetito les buscasen mejor a los indios cimarrones:
le parecía que era su mano la que chorreaba sangre, cuando
sabía que, porque no pudo con la pala, le habían
cortado a un indio la mano: creía que él era el
culpable de toda la crueldad, porque no la remediaba; sintió
como que se iluminaba y crecía, y como que eran sus hijos
todos los indios americanos. De abogado no tenía autoridad,
y lo dejaban solo: de sacerdote tendría la fuerza de la
Iglesia, y volvería a España, y daría los
recados del cielo, y si la corte no acababa con el asesinato,
con el tormento, con la esclavitud, con las minas, haría
temblar a la corte. Y el día en que entró de sacerdote,
toda la isla fue a verlo, con el asombro de que tomara aquella
carrera un licenciado de fortuna: y las indias le echaron al pasar
a sus hijitos, a que le besasen los hábitos.
Entonces
empezó su medio siglo de pelea, para que los indios no
fuesen esclavos; de pelea en las Américas; de pelea en
Madrid; de pelea con el rey mismo: contra España toda,
él solo, de pelea. Colón fue el primero que mandó
a España a los indios en esclavitud, para pagar con ellos
las ropas y comidas que traían a América los barcos
españoles. Y en América había habido repartimiento
de indios, y cada cual de los que vino de conquista, tomó
en servidumbre su parte de la indiada, y la puso a trabajar para
él, a morir para él, a sacar el oro de que estaban
llenos los montes y los ríos. La reina, allá en
España, dicen que era buena, y mandó a un gobernador
que sacase a los indios de la esclavitud; pero los encomenderos
le dieron al gobernador buen vino, y muchos regalos, y su porción
en las ganancias, y fueron más que nunca los muertos, las
manos cortadas, los siervos de las encomiendas, los que se echaban
de cabeza al fondo de las minas. "Yo he visto traer a centenares
maniatadas a estas amables criaturas, y darles muerte a todas
juntas, como a las ovejas." Fue a Cuba de cura con Diego
Velázquez, y volvió de puro horror, porque antes
que para hacer casas, derribaban los árboles para ponerlos
de leñas a las quemazones de los tainos. En una isla donde
había quinientos mil, "vio con sus ojos" los
indios que quedaban: once. Eran aquellos conquistadores soldados
bárbaros, que no sabían los mandamientos de la ley,
¡y tomaban a los indios de esclavos, para enseñarles
la doctrina cristiana, a latigazos y a mordidas! De noche, desvelado
de la angustia, hablaba con su amigo Rentería, otro español
de oro. ¡Al rey había que ir a pedir justicia, al
rey Fernando de Aragón! Se embarcó en la galera
de tres palos, y se fue a ver al rey.
Seis
veces fue a España, con la fuerza de su virtud, aquel padre
que "no probaba carne". Ni al rey le tenía él
miedo, ni a la tempestad. Se iba a cubierta cuando el tiempo era
malo; y en la bonanza se estaba el día en el puente, apuntando
sus razones en papel de hilo, y dando a que le llenaran de tinta
el tintero de cuerno, "porque la maldad no se cura sino con
decirla, y hay mucha maldad que decir, y la estoy poniendo donde
no me la pueda negar nadie, en latín y en castellano".
Si en Madrid estaba el rey, antes que a la posada a descansar
del viaje, iba al palacio. Si estaba en Viena, cuando el rey Carlos
de los españoles era emperador de Alemania, se ponia un
hábito nuevo, y se iba a Viena. Si era su enemigo Fonseca
el que mandaba en la junta de abogados y clérigos que tenía
el rey para las cosas de América, a su enemigo se iba a
ver, y a ponerle pleito al Consejo de Indias. Si el cronista Oviedo,
el de la "Natural historia de las Indias", había
escrito de los americanos las falsedades que los que tenían
las encomiendas le mandaban poner, le decía a Oviedo mentiroso,
aunque le estuviera el rey pagando por escribir las mentiras.
Si Sepúlveda, que era el maestro del rey Felipe, defendía
en sus "Conclusiones" el derecho de la corona a repartir
como siervos, y a dar muerte a los indios, porque no eran cristianos,
a Sepúlveda le decía que no tenían culpa
de estar sin la cristiandad los que no sabían que hubiera
Cristo, ni conocían las lenguas en que de Cristo se hablaba,
ni tenían más noticia de Cristo que la que les habían
llevado los arcabuces. Y si el rey en persona le arrugaba las
cejas, como para cortarle el discurso, crecía unas cuantas
pulgadas a la vista del rey, se le ponía ronca y fuerte
la voz, le temblaba en el puño el sombrero, y al rey le
decía, cara a cara, que el que manda a los hombres ha de
cuidar de ellos, y si no los sabe cuidar, no los puede mandar,
y que lo había de oír en paz, porque él no
venía con manchas de oro en el vestido blanco, ni traía
más defensa que la cruz.
O
hablaba, o escribía, sin descanso. Los frailes dominicanos
lo ayudaban, y en el convento de los frailes se estuvo ocho años,
escribiendo. Sabía religión y leyes, y autores latinos,
que era cuanto en su tiempo se aprendía; pero todo lo usaba
hábilmente para defender el derecho del hombre a la libertad,
y el deber de los gobernantes de respetárselo. Eso era
mucho decir, porque por eso quemaban entonces a los hombres. Llórente,
que ha escrito la Vida de Las Casas, escribió
también la Historia de la Inquisición,
que era quien quemaba: el rey iba de gala a ver la quemazón,
con la reina y los caballeros de la corte: delante de los condenados
venían cantando los obispos, con un estandarte verde: de
la hoguera salía un humo negro. Y Fonseca y Sepúlveda
querían que "el clérigo" Las Casas dijese
en sus disputas algún pecado contra la autoridad de la
Iglesia, para que los inquisidores lo condenaran por hereje. Pero
"el clérigo" le decía a Fonseca: "¡Lo
que yo di go es lo que dijo en su testamento la buena reina Isabel;
y tú me qu ieres mal y me calumnias, porque te quito el
pan de sangre que comes, y acuso la encomienda de indios que tienes
en América!" Y a Sepúlveda, que ya era confesor
de Felipe II, le decía: "Tú eres disputador
famoso, y te llaman el Livio de España por tus historias;
pero yo no tengo miedo al elocuente que habla contra su coraz
ón, y que defiende la maldad, y te desafío a que
me pruebes en plática abierta que los indios son malhechores
y demonios, cuando son claros y buenos como la luz del día,
e inofensivos y sencillos como las mariposas." Y duró
cinco dios la plática con Sepúlveda. Sepúlveda
empezó con desdén, y acabó turbado. El clérigo
lo oía con la cabeza baja y los labios temblorosos, y se
le veía hincharse la frente. En cuanto Sepúlveda
se sentaba satisfecho, como el que hincó el alfiler donde
quiso, se ponía el clérigo en pie, magnífico,
regañón, confuso, apresurado. "¡No es
verdad que los indios de México mataran cincuenta mil en
sacrificios al año, sino veinte apenas, que es menos de
lo que mata España en la horca!" "¡No es
verdad que sean gente bárbara y de pecados horribles, porque
no hay pecado suyo que no lo tengamos más los europeos;
ni somo s nosotros quién, con todos nuestros cañones
y nuestra avaricia, para compararnos con ellos en tiernos y amigables;
ni es para tratado como a fiera un pueblo que tiene virtudes,
y poetas, y oficios, y gobierno, y artes!" "¡No
es verdad, sino iniquidad, que el modo mejor que tenga el rey
para hacerse de subditos sea exterminarlos, ni el modo mejor de
enseñar la religión a un indio sea echa rio en nombre
de la religión a los trabajos de las bestias; y quitarle
los hijos y lo que tiene de comer; y ponerlo a halar de la carga
con la frente como los bueyes!" Y citaba versículos
de la Biblia, artículos de la ley, ejemplos de la historia,
párrafos de los autores latinos, todo revuelto y de gran
hermosura, como caen las aguas de un torrente, arrastrando en
la espuma las piedras y las alimañas del monte.
Solo
estuvo en la pelea; solo cuando Fernando, que a nada se supo atrever,
ni quería descontentar a los de la conquista, que le mandaban
a la corte tan buen oro; solo cuando Carlos V, que de niño
lo oyó con veneración, pero lo engañaba después,
cuando entró en ambiciones que requerían mucho gastar,
y no estaba para ponerse por las "cosas del clérigo"
en contra de los de América, que le enviaban de tributo
los galeones de oro y joyas; solo cuando Felipe II, que se gastó
un reino en procurarse otro, y lo dejó todo a su muerte
envenenado y frío, como el agujero en que ha dormido la
víbora. Si iba a ver al rey, se encontraba la antesala
llena de amigos de los encomenderos, todos de seda y sombreros
de plumas, con collares de oro de los indios americanos: al ministro
no le podía hablar, porque tenía encomiendas él,
y tenía minas, o gozaba los frutos de las que poseía
en cabeza de otros. De miedo de perder el favor de la corte, no
le ayudaban los mismos que no tenían en América
interés. Los que más lo respetaban, por bravo, por
justo, por astuto, por elocuente, no lo querían decir,
o lo decían donde no los oyeran: porque los hombres suelen
admirar al virtuoso mientras no los avergüenza con su virtud
o les estorba las ganancias; pero en cuanto se les pone en su
camino, bajan los ojos al verlo pasar, o dicen maldades de él,
o dejan que otros las digan, o lo saludan a medio sombrero, y
le van clavando la puñalada en la sombra. El hombre virtuoso
debe ser fuerte de ánimo, y no tenerle miedo a la soledad,
ni esperar a que los demás le ayuden, porque estará
siempre solo: ¡pero con la alegría de obrar bien,
que se parece al cielo de la mañana en la claridad!
Y
como él era tan sagaz que no decía cosa que pudiera
ofender al rey ni a la Inquisición, sino que pedía
la bondad con los indios para bien del rey, y para que se hiciesen
más de veras cristianos, no tenían los de la corte
modo de negársele a las claras, sino que fingían
estimarle mucho el celo, y una vez le daban el titulo de "Protector
Universal de los Indios", con la firma de Fernando, pero
sin modo de que le acatasen la autoridad de proteger; y otra,
al cabo de cuarenta años de razonar, le dijeron que pusiera
en papel las razones porque opinaba que no debían ser esclavos
los indios; y otra le dieron poder para que llevase trabajadores
de España a una colonia de Cumaná donde se había
de ver a los indios con amor, y no halló en toda España
sino cincuenta, que quisieran ir a trabajar, los cuales fueron,
con un vestido que tenía una cruz al pecho, pero no pudieron
poner la colonia, porque el "adelantado" había
ido antes que ellos con las armas, y los indios enfurecidos disparaban
sus flechas de punta envenenada contra todo el que llevaba cruz.
Y por fin le encargaron, como por entretenerlo, que pidiese las
leyes que le parecían a él bien para los indios,
"¡cuantas leyes quisiera, pues que por ley más
o menos no hemos de pelear!", y él las escribía,
y las mandaba el rey cumplir, pero en el barco iba la ley, y el
modo de desobedecerla. El rey le daba audiencia, y hacía
como que le tomaba consejo; pero luego entraba Sepúlveda,
con sus pies blandos y sus ojos de zorra, a traer los recados
de los que mandaban los galeones, y lo que se hacía de
verdad era lo que decía Sepúlveda. Las Casas lo
sabía, lo sabía bien; pero ni bajó el tono,
ni se cansó de acusar, ni de llamar crimen a lo que era,
ni de contar en su "Descripción" las "crueldades",
para que el rey mandara al menos que no fuesen tantas, por la
vergüenza de que las supiera el mundo. El nombre de los malos
no lo decía, porque era noble y les tuvo compasión.
Y escribía como hablaba, con la letra fuerte y desigual,
llena de chispazos de tinta, como caballo que lleva de jinete
a quien quiere llegar pronto, y va levantando el polvo y sacando
luces de la piedra.
Fue
obispo por fin, pero no de Cusco, que era obispado rico, sino
de Chiapas, donde por lo lejos que estaba el virrey, vivían
los indios en mayor esclavitud. Fue a Chiapas, a llorar con los
indios; pero no sólo a llorar, porque con lágrimas
y quejas no se vence a los pícaros, sino a acusarlos sin
miedo, a negarles la iglesia a los españoles que no cumplían
con la ley nueva que mandaba poner libres a los indios, a hablar
en los consejos del ayuntamiento, con discursos que eran a la
vez tiernos y terribles, y dejaban a los encomenderos atrevidos
como los árboles cuando ha pasado el vendaval. Pero los
encomenderos podían más que él, porque tenían
el gobierno de su lado; y le componían cantares en que
le decían traidor y español malo; y le daban de
noche músicas de cencerro, y le disparaban arcabuces a
la puerta para ponerlo en temor, y le rodeaban el convento armados,—todos
armados, contra un viejo flaco y solo. Y hasta le salieron al
camino de Ciudad Real para que no volviera a entrar en la población.
Él venía a pie, con su bastón, y con dos
españoles buenos, y un negro que lo quería como
a padre suyo: porque es verdad que Las Casas, por el amor de los
indios, aconsejó al principio de la conquista que se siguiese
trayendo esclavos negros, que resistían mejor el calor;
pero luego que los vio padecer, se golpeaba el pecho, y decía:
"¡con mi sangre quisiera pagar el pecado de aquel consejo
que di por mi amor a los indios!" Con su negro cariñoso
venía, y los dos españoles buenos. Venía
tal vez de ver cómo salvaba a la pobre india que se le
abrazó a las rodillas a la puerta de su templo mexicano,
loca de dolor porque los españoles le habían matado
al marido de su corazón, que fue de noche a rezarle a los
dioses: ¡y vio de pronto Las Casas que eran indios los centinelas
que los españoles le habían echado para que no entrase!
¡Él les daba a los indios su vida, y los indios venían
a atacar a su salvador, porque se lo mandaban los que los azotaban!
Y no se quejó, sino que dijo así: "Pues por
eso, hijos míos, os tengo de defender más, porque
os tienen tan martirizados que no tenéis ya valor ni para
agradecer." Y los indios, llorando, se echaron a sus pies,
y le pidieron perdón. Y entró en Ciudad Real, donde
los encomenderos lo esperaban, armados de arcabuz y cañón,
como para ir a la guerra. Casi a escondidas tuvo que embarcarlo
para España el virrey, porque los encomenderos lo querían
matar. Él se fue a su convento, a pelear, a defender, a
llorar, a escribir. Y murió, sin cansarse, a los noventa
y dos años.
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